Bernadette no pensó. Caminó. Un paso, dos, el tercero ya dentro del territorio del peligro. Tenía la respiración atrapada en la garganta y, aun así, habló primero con la piel: alzó la mano, le sostuvo el rostro entre los dedos enguantados y acercó la boca. Rozó. Probó. Decidió. Lo besó. Lucien respondió como si llevara meses esperándolo sin saberlo. La primera caricia de sus labios fue contenida, casi incrédula; la segunda, una concesión; la tercera, una invasión. Su mano se cerró sobre la cintura de ella y la pegó a su cuerpo, sin dejar un pliegue de tela inútil entre ambos. El florete que en Londres era precisión y control se convirtió en abrazo, en apremio. La sujetó por la nuca, los dedos abiertos bajo el antifaz, y la profundizó sin pedir permiso, tomando el aire que ella le regala

