Capítulo Cuatro: El plan del esposo

1117 Words
Silas Deveraux estaba sentado en una silla de madera tallada en la habitación del hotel en Rouen, los documentos de las tierras de los Laurent extendidos sobre la mesa. La luz de una lámpara de aceite parpadeaba, iluminando los mapas y contratos que detallaban la dote. Tierras fértiles a las afueras de Villa Lys, un par de granjas, y una suma en francos que, aunque no era inmensa, bastaría para aliviar sus deudas. Era una buena oferta, mejor de lo que esperaba de un hombre como Marcel Laurent, cuya desesperación apestaba más que el tabaco que fumaba. Pero Silas no podía mostrarse entusiasmado. No iba a ponérselo fácil a Marcel, ni a nadie. Se recostó en la silla, los dedos deslizándose sobre los papeles. Bernadette era hermosa, todo el mundo lo sabía. Ojos verdes, cabello como oro líquido, un busto que hacía que los hombres giraran la cabeza. Pero su mutismo era un problema. Una esposa muda no era precisamente un orgullo en los salones de la alta sociedad. Las murmuraciones serían inevitables: “Deveraux se conformó con una defectuosa.” Silas lo sabía, pero también sabía que no estaba en posición de rechazar la dote. Sus arcas estaban vacías, la mansión Deveraux era una ruina gótica que se desmoronaba, y su apellido, aunque aún respetado, no pagaba las cuentas. Había aceptado por las tierras, por los francos, por la oportunidad de recuperar la gloria que los Deveraux habían perdido. No por ella. Ni por su belleza, ni por su piano, ni por sus sonrisas tímidas. La puerta de la habitación se abrió con un crujido. Su hermana, Camille, entró, su vestido de lana gris susurrando contra el suelo. Tenía diecisiete años, el cabello castaño recogido en un moño apretado, y una sonrisa ladina que siempre significaba problemas. Se sentó en la cama de Silas, cruzando las piernas con una familiaridad que ignoraba el decoro. —¿Entonces es cierto que es muda? Silas alzó la vista de los documentos, estudiándola. Camille tenía los mismos ojos grises que él, pero los suyos brillaban con malicia. Dejó los papeles en la mesa y se levantó, cruzando la habitación para sentarse junto a ella. Tomó su mano, besó el dorso con una reverencia burlona, y sonrió. —No dice nada. Ni media palabra. Y su padre está desesperado por casarla. Camille ladeó la cabeza, su sonrisa ensanchándose. —¿Has mostrado interés? Silas soltó su mano y se recostó contra el cabecero de la cama, los brazos cruzados. —No. Y eso, querida, ha dejado las cosas tensas. Pareció que sí, cuando la vi tocar el piano. Tiene… presencia, lo admito. Pero al final, hablé con Marcel. Le dije que necesitaba pensarlo, que una esposa así era una elección complicada. —Perfecto. Haz que sude. Una vez que te cases, nos vamos de este agujero. No soporto Rouen. El aire huele a estiércol y la gente es insoportable. Silas se puso de pie, caminando hacia la ventana. La ciudad estaba envuelta en niebla, las luces de las farolas apenas visibles. Se metió las manos en los bolsillos, su mente trabajando rápido. —Marcel querrá verme otra vez. Está desesperado. Nadie en esta ciudad tocaría a su hija ni con un palo. Soy su última opción, y lo sabe. Cerraremos el acuerdo, pero no sin hacerlos sufrir un poco. Que piensen que podrían perderme. Camille se levantó, ajustándose el vestido. —¿Y ella? ¿No te da pena? Tan bonita, tan callada, atrapada con ese padre horrible. Silas giró hacia ella, su rostro endureciéndose. —No estoy aquí para salvarla, Camille. No me interesa su belleza, ni sus ojos tristes, ni su maldito piano. Quiero las tierras. Quiero el dinero. Quiero que el nombre Deveraux vuelva a significar algo. Ella es el precio que Marcel paga, y yo el que él tiene que aceptar. Camille alzó una ceja, pero no dijo nada. Cruzó los brazos, observándolo como si midiera sus palabras. Silas volvió a los documentos, hojeándolos con dedos precisos. Las tierras eran buenas, sí, pero no tanto como para olvidar el riesgo. Una esposa muda era una carga social, un chisme asegurado en cada cena, cada baile. Pero él era Silas Deveraux. Había sobrevivido a peores humillaciones. Sobreviviría a esta. —¿Crees que Marcel subirá la oferta? Silas cerró los documentos, guardándolos en una carpeta de cuero. —Quizás. Está tan asustado de quedarse con ella que podría ofrecer más. Pero no lo presionaré demasiado. No quiero que piense que estoy desesperado. Soy mejor que ellos, Camille. Mejor que él, mejor que ella, incluso si mis bolsillos están vacíos. Camille se acercó a la mesa, tomando una manzana de un cuenco. Dio un mordisco, el crujido rompiendo el silencio. —¿Y si ella no es tan obediente como dice su padre? Esa sonrisa que mencionaste… no suena a una muñeca rota. Silas frunció el ceño, recordando el momento en el salón. Bernadette, sentada al piano, sus dedos volando sobre las teclas, y luego esa sonrisa, breve, casi desafiante. Había algo en sus ojos, algo que no encajaba con la imagen de la esposa perfecta que Marcel vendía. Pero no importaba. Él no necesitaba su alma. Solo su silencio y la dote que venía con ella. —No es mi problema. Si tiene fuego, lo apagaré. O lo usaré. Pero no dejaré que me complique las cosas. Camille terminó la manzana y dejó el corazón en la mesa. —Eres frío, hermano. Pero me gusta. Haz que Marcel tiemble. Haz que ella tiemble. Y cuando tengas las tierras, nos iremos lejos, a París, a Londres, donde sea. Donde los Deveraux puedan brillar de nuevo. Silas se acercó a la lámpara y bajó la mecha, dejando la habitación en penumbra. —Exacto. Esto no es sobre ella. Es sobre nosotros. Sobre lo que merecemos. Marcel cree que me está usando, pero soy yo quien lo tiene en la palma de mi mano. Se sentó en la silla, mirando los documentos una vez más. Las tierras, los francos, el futuro. Todo estaba allí, esperando a que él lo tomara. Bernadette no era más que una llave, una herramienta para abrir la puerta. No sentía nada por ella. Ni pena, ni deseo, ni curiosidad más allá de lo que su silencio podía ofrecerle. Era un medio para un fin, y él no iba a olvidarlo. Camille se levantó, alisándose el vestido. —Duerme, Silas. Mañana tendrás que jugar tu papel de pretendiente dudoso. Y lo harás bien. Siempre lo haces. Cuando la puerta se cerró tras ella, se quedó solo, los documentos frente a él como un mapa de su salvación. Era ella su salvación y no iba a perderla.
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