Bernadette se fue directo a su habitación, fue demasiado aquella charla con su padre; no esperó nada bueno, pero sentía que fue peor de lo que esperaba. “Sigo teniendo la culpa de las cosas que haga mi esposo. ¿Hasta cuando serán mis culpas sus actos?” Al abrir la puerta, el olor cerrado de la habitación la golpeó con la misma fuerza que la nostalgia. Todo estaba igual. Las sábanas planchadas con esmero, la silla donde solía dejar el abrigo, la peinadora que se usaba todas la mañanas, aquel dibujo mal hecho que solía presumirle a su madre, pero que su padre tanto criticaba, las líneas en la pared donde su madre solía medir su estatura, convenciéndola de que sería tan alta como su padre, incluso ahora veía cosas que al marcharse no le prestó tanta atención, olvidando todas las veces que

