Aquel nuevo mundo parecía inmenso para ellas dos. El día en la rue Saint-Sulpice era húmeda y gris, con esa luz opaca de París que no disimula ni el polvo ni la pobreza. Claire ajustó el pañuelo sobre su cabeza, mirando en todas direcciones. Aún sentía que alguien podía reconocerlas, aunque allí nadie sabía quiénes eran. —Tenemos que vestirnos como lo que somos —había escrito Bernadette para que Claire leyera—. Como damas que merecen ser recibidas. Al lugar al que vamos… las apariencias importan demasiado. Claire frunció el ceño. No se sentía muy cómoda aparentar algo más. —No tenemos dinero para frivolidades. Pero Bernadette ya estaba de pie, con los labios apretados y la mirada clavada en una pequeña boutique al final de la calle. No era una tienda para mujeres de paso. Era un

