Deja que se libere y se esparza libremente ese pensamiento corrosivo. Deja que vuele entre el nido de serpientes con los seres infectados de desconocidas intenciones. Deja que nazca lo que deba nacer, y que muera lo que deba morir. Deja que todo transcurra mientras eres arrastrado por el limbo y la inopia, llevado de la mano por el tiempo; siendo solo un pasajero más del tren que se dirige hacia el túnel sin salida, sellado con rocas de ultratumba. Tan solo acomódate en tu asiento, cierra los ojos y deja en libertad aquel pesar sin igual que promete, entre muchas cosas, aligerarte la carga, al menos hasta que se acabe el viaje. Tú no tienes las riendas ni el volante, no hay guías ni direcciones. Eres una hoja en el viento siendo llevada sin poder oponerse; intentarlo sería comprometer tu estabilidad y con una ráfaga serías cortado en la inmensidad de lo azul antes de caer a lo impenetrable del suelo. Eres la estación que inicia sabiendo que va a morir. Eres el sol que sale sabiendo que se ocultará. Eres…
⸻Qué estación de mierda.
Samuel Mcfly apagó la radio del automóvil con un gesto grosero e intentó sintonizar una mejor mientras conducía. Ryan Mayz se lo agradeció. Estaba de un humor taciturno y una radio melancólica no le ayudaba en nada. Esa mañana cuando se reunieron, Ryan estuvo tentado en más de una ocasión de cancelar los planes, de retratarse y ocultar todos esos pensamientos florecidos en la butaca del teatro, pero la determinación sin forma le obligó a seguir adelante. Una decisión tomada debe ser llevada hasta sus últimas consecuencias, y él había tomado la decisión. Todo lo que eso implicaba era ya una historia. Un niño recién nacido no piensa en correr cuando se agarra de los brazos de su madre e intenta dar sus primeros pasos; sueña con hacerlo, pero no lo piensa. Así que él tampoco pensaría en eso, aún no. Todavía no. Implicaba demasiado. Pesaba demasiado. Todo a su tiempo.
Samuel aceleró y salieron de la autopista para irse por una avenida atestada de plazas. Si Hernán Savelli sentía alguna aversión por su familia, no se molestó en disimularlo al ocupar su residencia en lo más alejado que pudo de su antigua casa familiar. No debió mejorar su autoestima tener que limitarse a ver como su padre le pagaba el apartamento, pero al menos eso le sirvió para guardar distancia. Hernán se había alojado en una zona acomodada; un conjunto de casas y edificios modernos con estructuras elegantes pero simples, muy en contraste con la casa victoriana de los Savelli. Estaba casi en la cima de una colina; un laberinto de casas al pie de ellas, y en la cima, los edificios divididos en secciones según su economía. Hernán se establecía en la mejor de todas.
⸻Muchos problemas con su familia y todo eso, pero el bastardo se gozaba el dinero que le daban ⸻opinó Samuel. Ryan no respondió.
Después de que Mcfly tuviera que usar su placa para que un vigilante necio los dejara pasar, los cuatros edificios que albergaba la sección les dieron la bienvenida. Cuatro edificios que bien podrían ser considerados torres en una ciudad pequeña. Se ganaban su nombre a pulso con sus penhouses acariciando el cielo, como si quisieran abrirle una rasgadura. Las paredes eran verdes y oscuras con pilares blancos. El vestíbulo, con su correspondiente portero, dejaba en evidencia su nivel social con una entrada de cristal dando paso a un vestíbulo lujoso con paredes granizadas, un suelo de mármol y un pequeño ⸻el más pequeño que Ryan hubiese visto jamás⸻ candelabro en el centro.
Ambos amigos ⸻palabra que Ryan aún no estaba seguro de si usar o no⸻ atravesaron el estacionamiento desfilando entre Mercedes, BMW, Porches, Celicas y camionetas Ford del último año. Cada paso que daban era una patada a sus bolsillos y una burla a la situación económica de cualquier persona de la clase media.
⸻Si no fuera policía, sería ladrón y trabajaría en esta zona.
⸻Si no fueras policía, el vigilante te metería la cabeza en el tubo de escape de uno de los Ford.
Llegaron al vestíbulo y de nuevo tuvieron que discutir con el de seguridad para que se les dejase pasar.
⸻¿Es que nadie ve mi placa? ⸻rezongó Samuel cuando estaban en el ascensor. Ryan no pudo evitar notar que era más grande que el baño de su casa⸻. Esta placa debería denotar autoridad.
⸻La placa la ven, eres tú el que los hace dudar⸻.
Ahora aceptan a cualquiera en la comisaría.
Salieron del ascensor al llegar al piso catorce. El pasillo era largo de derecha e izquierda, lo suficientemente amplio para que un desfile hindú pasara por él. Las paredes eran de color crema y apostados a un lado estaban los ventanales dando una visión periférica y hermosa de la ciudad. Desde aquella altura, el mundo cambia y no puedes evitar sentir cierto aire de poder y superioridad, como si estar más cerca del cielo te pusiera un escalón arriba del resto de los hombres. Fuera el sol brillaba con la luz del mediodía siendo custodiado por nubes placenteras que flotaban sin rumbo. Los ventanales cerrados no dejaban entrar el viento, pero de estar abiertos, los hubiese tocado con ternura a pesar del olor urbano de las calles. Hernán vivía en al apartamento al final del pasillo. Mientras se acercaron, en el apartamento adyacente, sonaba una bachata a todo volumen:
“Y por eso hoy traigo cuatro rosas en mis manos
¡Una por cada tristeza que te he causado!”
Ryan y Samuel se vieron las caras
⸻Con un vecino así, yo también me hubiese suicidado. Vamos.
⸻¿Cómo entraremos?
Samuel sacó un juego de llaves y se las balanceó en la cara.
⸻Ventajas de la profesión.
Ambos entraron.
En el hogar Savelli se respiraba el pasado, la elegancia, la cultura y las costumbres; era una oda a lo clásico y a lo antiguo; un altar para la sangre pura del pasado. En casa de Hernán, en cambio, pudo haber vivido cualquier persona sin la más mínima muestra de personalidad.
Era elegante, por supuesto, pero más por el diseño del edificio que el de su inquilino. Las paredes no parecían blancas sino carentes de color. El techo, de madera corroída, amenazaba con caerse sobre cualquier valiente que se posase debajo. El mobiliario consistía en un par de sofás, ambos de cuero n***o, con una butaca parecida, ante una mesa de cristal que desentonaba de alguna forma entre tantas simplicidades. La cocina, a la derecha de la entrada, era simples cajones sin nada que les hiciese gracia, en donde guardar la comida. Un balcón con paredes de vidrio alumbraba la sala al dejar entrar el sol. Las sombras se escurrían entre esquinas donde un habitante más meticuloso hubiese acomodado lámparas de mesa o algún bombillo en la pared; pero Hernán había dejado que las esquinas oscuras le hicieran de acompañante. No colgaban cuadros famosos, ni siquiera una pintura decorativa. En vez de ellas estaban fotos familiares, la gran mayoría de Javiera y Rick Savelli y unas pocas de sus padres Gabriel y Raquel. Ninguna de Hernán. En su propia casa, en su propio vestíbulo, Hernán no posó ninguna foto suya que lo identificase como el propietario. El polvo acumulado sobre los cuadros parecía condenar a los que en ellos aparecían. Curiosamente, eran los únicos sitios de la casa donde había polvo. El suelo, las ventanas, y la cocina estaban impecables. La butaca, muy cerca del balcón, negra como la noche, miraba directo a la puerta, donde estaba Ryan, como si esperara un visitante.
Bienvenido.
Ahí es donde Hernán debió estar sentado el día que yo viniera a visitarlo y él me recibiera.
Ahí es donde todo terminó.
A los pies del asiento, una mancha rojiza se esparcía visiblemente por el suelo. Una alfombra fantasmagórica describiendo un círculo deforme, evidenciando lo que sucedió días atrás y dejando una última muestra de un ser que ahí vivió y ahí murió. Sangre. La sangre seca de Hernán aún existente en la cerámica pues nadie se dignó a limpiarla. Tal vez a nadie le importó. Esa pequeña sangre que alguna vez fluyó por las venas de alguien que respiró bajo ese techo, que durmió en una cama de la habitación de al lado. Es increíble pensar que después de tanto luchar y tanto pesar, al final, como una huella de la mortalidad, tu única herencia es una mancha de sangre presente ante los ojos de tus seres queridos, como si alguien hubiese derramado un vaso de agua. Un accidente común convertido en una sentencia abominable.
⸻¿Por qué no hay más polvo? ⸻preguntó Ryan tratando de no mirar la sangre.
⸻Hernán tenía una señora que le ayudaba con la limpieza. Aún sigue viniendo, pero hablé con ella para que no limpiara un par de cosas que podrían servir como evidencia. Tuve que cobrar algunos favores, o el mismo cuerpo policial se hubiese ocupado de limpiar.
⸻Entonces, eso es…
⸻Sí, es de él.
No, ahí no es donde todo terminó. Ahí es donde todo comenzó.
Como quien teme entrar a una casa embrujada, los dos se adentraron en el apartamento vacío. Si hubo algún mueble decorativo o adorno importante, se había ido a la tumba junto con su dueño. Era un apartamento indudablemente de soltero, con una sola habitación y un solo baño, a pesar de su tamaño. Ryan se negó a entrar en el cuarto. Las paredes debían ser muy delgadas, pues incluso con la puerta cerrada se escuchaba con claridad le canción de los vecinos. Ryan se sentía como si estuviera profanando un ataúd; una rata escabulléndose en las cenizas de un difunto. En cierto modo, así era. Un usurpador, un entrometido. Un ladrón que no busca objetos materiales sino algo más, secretos escondidos debajo de la alfombra como cucarachas que no se ven desde la mesa. No encontraría nada ahí, lo sabía, pero se seguía sintiendo como quien irrumpe en la privacidad de alguien que cierra todo con candado para dejar muy en claro su mensaje. Hernán confiaba en él, o eso creía; pero con el pasar del tiempo la confianza y las lealtades se vuelven borrosas. Tal vez al mismo Hernán no le hubiese gustado verlo ahí, en su apartamento; el último sitio que vio con vida.
⸻¿Por qué me trajiste aquí?
⸻Quiero mostrarte un par de cosas.
Samuel se había acercado al sofá y examinaba la sangre con la mirada. Era apenas visible y sin embargo con una fuerte presencia, como una hoja en blanco con un único borrón en el centro. Ryan se resistía a acercarse; un presentimiento, un escalofrió le recorría y le decía que se marchara. Su columna vertical se congeló con el frio de su indecisión, pero si había decidido comenzar, ese sería su primer paso y lo daría sin tropezar. Mantendría el control, siempre el control. Dio un paso, luego otro y se detuvo a un lado de Samuel, quien seguía observando como si esperara escuchar una voz o ver algo escrito en la salpicadura.
⸻¿Y bien? ‒ preguntó Ryan, incomodo.
⸻Te mencioné que en el s******o de Hernán hubo varias cosas curiosas, ¿no? Una de ellas vino directamente de su c*****r. Se supone que Hernán se sentó en este sofá con su pistola en mano. Mirando hacia… ⸻Samuel hizo girar el mueble en dirección a la cocina. A su derecha estaba la entrada y a su izquierda el balcón⸻ allá. Pues bien, él estaba aquí con su arma en mano cuando decide simplemente dispararse en la cabeza y caer. La bala entró por el lado derecho de su cráneo, un poco por encima de la oreja y se alojó en su cerebro. ⸻Ryan no quería imaginarlo, pero evitarlo era imposible. En su mente se dibujó la escena como si fuera testigo. Hernán sentado, las sombras consumiendo el apartamento, él mirando fijamente hacia el balcón, hacia la puerta o hacia la cocina. Cierra los ojos, sube la mano derecha con el arma puesta…⸻. Hasta aquí parece que todo bien, pero tiene sus detalles extraños. El primero es que el c*****r de Hernán no dejó rastros de pólvora por ningún lado.
⸻¿Rastros de pólvora?
⸻Sí. Toda arma cuando dispara deja un pequeño rastro de pólvora, casi invisible, a unos centímetros de la detonación. Si le disparas a una hoja en blanco, por ejemplo, verás el agujero de la bala y alrededor varias cenizas que son causadas por ese rastro. Solo se ve en distancias cortas. Si Hernán se disparó a sí mismo, debía tener el arma cerca de la cabeza y dejar un poco de evidencia, pero en su c*****r no hay nada.
>> Y no sólo eso, fíjate aquí. ⸻Samuel se puso de cuclillas y apuntó al charco de sangre en el suelo⸻. Después de dispararse, debió dejar caer el arma aquí, ladear la cabeza hacia el lado izquierdo y empezar a dejar que cayera la sangre. Si ves el charco, notas que cubre todo el suelo, lo cual no tiene sentido, porque si su pistola cayó ahí, un trozo del suelo debería haberse librado de la sangre ahí donde el arma reposaba.
⸻¿Qué intentas decir?
⸻¿No es obvio? Creo que Hernán no se disparó a sí mismo, creo que alguien más lo hizo y que, además, lo hizo desde cierta distancia. Eso explicaría porque no hay rastros de la pólvora ni evidencia de que la pistola cayera a un lado tras matarse.
⸻Tal vez alguien levantó el arma y la sangre se regó. Tal vez alguien más, antes de la autopsia, examinó el c*****r y le quitó los rastros con los dedos por error. Lo que dices tiene explicación, Samuel.
⸻Sí, pero no es lo único.
Mcfly se puso de pie a un lado del sofá, estiró los brazos y luego dio unos pasos hasta llegar al balcón.
⸻Son tres pasos exactos para llegar, y no con grandes zancadas, sino pasos pequeños. Con la potencia del arma del Hernán, la bala disparada a tan poca distancia debería haberle atravesado el cráneo y llegar hasta aquí, el balcón, para, como mínimo, romper la ventana. Pero parece que ni siquiera la sangre llegó. ¿Qué explicación le das a eso?
A Ryan no se le ocurrió nada.
⸻También hay algo más, espera aquí ‒dijo y se fue al cuarto.
Ryan se quedó solo con el mueble, más incómodo de lo que había estado al llegar.