Secretos del hogar

4004 Words
Ryan se bajó del auto a trompicones, tomando todo lo que había traído (la linterna, la cámara, y lo demás) para meterlo en un morral y montárselo en el hombro. David se pasó al asiento del conductor, y sin esperar que el anterior ocupante cruzara la calle, puso marcha rumbo a la autopista. Ryan lo vio alejarse y por un momento se le ocurrió la idea de haberle pedido que lo acompañase, pero sabía que la brillantez de este pensamiento era proporcional a creer que encontraría peluches en la habitación de Raquel Savelli. Se despejó la mente y cruzó. El corazón le latía al subir las escaleras. Se llamó a si mismo cobarde e inepto; si había aceptado el reto debía estar dispuesto a hacer lo que hiciera falta; pero en el primer objetivo ya estaba flaqueando, aunque consistiera en un simple allanamiento en una casa vacía. Simple allanamiento, quién diría que esta frase terminaría rondándole por la mente un día. Simple allanamiento en la casa de los Savelli. Hernán se partiría de la risa, ¿verdad? No, Hernán estaría muerto del miedo.             Con un humor sarcástico se acercó a la entrada. David le había dejado la puerta ligeramente entreabierta. Ryan tuvo que admitir que si veía al chico de nuevo tendría que felicitarlo; la cerradura no estaba forzada, rota ni alterada de algún modo. Su estado era perfecto. Con la idea de no tener la más mínima idea de lo que estaba haciendo, Ryan dio pasos adelante y entró cerrando la puerta tras de él.             El pasillo que aun recordaba de su visita anterior le acobijó con la penumbra. Las persianas de las ventanas estaban cerradas y la oscuridad se hizo dueña del recibidor. El silencio le hacía compañía. Ni un ruido, ni la más mínima perturbación estaban latentes en todo el edificio con sus tres pisos. Cada paso dado era un eco retumbante por las paredes infinitas entre las sombras. Todo estaba igual y a la vez diferente. Ryan se quedó de pie un momento, respirando lo más acompasadamente que podía, esperando que sus ojos se acostumbrasen. Sus oídos estaban alerta, agudizados por la premoción, atentos a la más mínima señal de una equivocación; bien podría escuchar las voces de alguno de los residentes saliendo de entre los ladrillos y anunciándole que estaba a punto de ser atrapado. Pero nadie hablaba. Nadie lo esperaba. Solo los libros y las joyas con sus estanterías, los ventiladores colgando del techo y las fotos apenas visibles observándolo. ¿Cómo pudo haber entrado tan fácil? Se le ocurrían varías explicaciones, cada una más insatisfactoria que la anterior. Tal vez los Savelli creyeron que nadie tendría la audacia de robarlos; idea en la que no estaban del todo errados. La familia no estaba acostumbrada a dejar su residencia a solas y puede que no se hayan detenido a pensarlo. O ⸻y trató de desechar este pensamiento apenas le llegó⸻ un servicio de seguridad del que no estaba enterado acababa de ser activado y él era un ratón caminando hacia la trampa. Directo hacia el queso. Una cámara podría estar grabando todos sus movimientos. Ryan alzó la mirada tratando de detectar en el techo blanco algún pitido, una luz parpadeando o una pequeña abertura sospechosa, pero no vio nada. Estaba solo, al menos en apariencia. Solo, completamente solo, en el hogar de los Savelli.             Un simple allanamiento.             Se adentró en el recibidor. Colocó la mochila sobre una mesa con cuidado de no mover nada y sacó la linterna. David tenía razón, no podía encender la luz. Activó la linterna y le bajó la intensidad lo más que pudo. Se colgó la cámara en el cuello, se puso los guantes de látex y se guardó las bolsas en los bolsillos. Muy bien, ya estaba listo. ¿Ahora qué? Su primer impulso fue tomar la cámara y tomarle foto a todo lo que veía. Las paredes, los cuadros, la chimenea, las estanterías; con cada click el edificio se iluminaba momentáneamente producto del flash. Se acercó al comedor y le tomó fotos también. Prestó atención a la pared con las fotografías en círculos de todos los familiares. El altar Savelli. Se dio cuenta de un detalle que no supo cómo interpretar: ya no estaban las imágenes de Hernán. Habían sido eliminadas como si no hubiese existido. Un vacío ocupaba el lugar donde antes yacían. El fantasma Hernán había regresado a su antiguo hogar llevándose todo lo que lo identificó como ser vivo. Los Savelli lo borraron de la existencia, o al menos de sus recuerdos. Ryan sintió un resquicio de ira. Hernán merecía su propio altar más que ninguno de ellos.             Tomó la foto de turno y regresó al salón. Desde que entró, sabía cuál debía ser su destino, pero lo había estado ignorando: la escalera que llevaba al segundo piso. La observó; ella lo llamaba con seducción; le decía de cómo sería la pieza importante del rompecabezas que inició en cuanto hizo la llamada al salir del teatro. Rompecabezas que aún no empezaba pero que ya deseaba terminar, como si una única pieza lo conformase todo. ¿Qué esperaba encontrarse? Ni el mismo podría decirlo, pero tenía que subir, eso era indiscutible. Llegado hasta el punto actual, aún podría irse y hacer como si jamás hubiese entrado. Ignorarlo todo. Adiós. Pero una vez subida la escalera, cambiaba el juego. Era como un nivel más allá. De hecho, no era “como” un nivel más allá, sino que era “precisamente” un nivel más allá, tanto en lo físico como en lo simbólico. Un piso más, un escalón más. Subir. Subir. Si subía podría caer en el fondo. Subir. Subir. Si subía no habría marcha atrás.             Ryan subió.             Algunos de los escalones crujieron bajo sus pies. Subió con lentitud, con la palma de la mano rozando la barandilla. Un pasillo lo esperaba al final como la boca de un lobo. Ven aquí, Ryan; te mostraremos nuestros secretos. Pudo escuchar perfectamente la voz de Samuel Mcfly en su cabeza: Imagínate que es una puta abriéndose de piernas. Sí, todo un filósofo ese Mcfly.             Ryan llegó al final. El pasillo se ampliaba de izquierda a derecha, con dos puertas en cada lado, una al frente de la otra. Con la linterna apuntó hacia un lado y luego hacia el otro, indeciso. Uso el resplandor para examinar con lentitud las esquinas de las paredes en busca de alguna cámara. Nada. Seguía solo. Se decidió por la puerta de la izquierda. La primera la encontró cerrada y su frustración fue tal, que se sintió un estúpido. No había previsto encontrar las habitaciones trancadas. ¿Quién cierra con candado su cuarto antes de irse de viaje? Los Savelli, al parecer. Contempló la posibilidad de forzarla, de intentar seguir los ejemplos de David, pero de fallar podría arruinar la cerradura y con ella el resto del plan. No, tendría que dejarla tal como estaba. Maldita sea su inexperiencia. Se dio media vuelta y con el estómago en la garganta se acercó a la siguiente puerta. Puso su mano sobre el pomo. Cerró los ojos. Rezó. La giró. Estaba abierta.             Respiró aliviado y entró.             De haberse encontrado con una enorme habitación repleta de diamantes no se hubiera sorprendido. En cambio, lo que vio fue un cuarto tan carente de pasión como el matrimonio que lo ocupaba. Las paredes grises pudieron haberlas calcado de alguna prisión para instalarlas directamente. Una peinadora pegada a la pared podría perfilarse como el único adorno, con sus perfumes ordenados por tamaño y sus cajones cerrados bajo un enorme espejo con dos enormes closets a un lado. Justo enfrente de él estaban dos camas. ¿Dos camas? ¿Dormían separados? Eso sería una explicación, pero llamarla dos camas era demasiado pretencioso, pues mientras la primera era una matrimonial con elegantes sábanas rojas, la segunda era un colchón arrojado en el suelo con vulgaridad y con unas sábanas verdes envejecidas.             Mesas de noche estaban a un lado de cada cama (o colchón) con lámparas sobre ellas. Ryan se acercó decepcionado. No era como si esperara encontrar un closet enorme con una colección de archivos clasificados como “Top Secret” que le revelarían todo lo que quería saber, pero una habitación tan vacía le daba menos sitios dónde buscar, y por ende menos oportunidades de algo encontrar.             Examinó la peinadora y no encontró más que algunas prendas de vestir, perfumes y mucho maquillaje. Se acercó a las camas con cuidado de no tocarlas y revisó las mesas de noche, cada una tenía un cajón; en la de la cama matrimonial no encontró nada; solo unas revistas de economía. En la segunda mesa se llevó una sorpresa. Abrió el cajón esperando encontrarse más o menos lo mismo; adentró había dos cosas: cajas de condones de la marca Clímax y un álbum de fotos con tapadura; dentro del álbum todas las fotos eran de Javiera. Cuando era bebé, cuando era niña, en su adolescencia. Disfrazada en Halloween, con el uniforme de su escuela, en traje de baño. Fotos y fotos de la risueña Javiera, con su mirada coqueta hacia la cámara. Ni Rick ni Hernán estaban presentes, solo Javiera. Ryan siguió pasando las páginas preguntándose que estaría haciendo ella y que diría si lo encontraba ahí; probablemente desecharía la idea de cualquier posible amistad. Pero ella le sonreía en fotos y eso tenía un efecto hipnotizador; se sintió culpable por lo que estaba haciendo, por violar la intimidad de la familia de su amigo, por más motivos nobles que tuviera.             ¿Ahora te masturbarás viendo sus fotos o qué? le dijo la voz de Samuel Mcfly en su cabeza.             Dejó el álbum donde estaba, cerró el cajón y se dirigió al closet.             Ropa, que novedad. Estaba lleno de ropa.             Vestidos de Raquel; trajes elegantes de Gabriel.             Eso sí que era todo un hallazgo, ¿no?             j***r, no te rindas tan rápido.             Un tintineo lo detuvo de cerrar la puerta exasperado. Un pequeño reflejo metálico iluminado por el brillo de su linterna en lo más profundo del closet; en una de las esquinas, colgado como si fuera una bufanda. Apartó un par de vestimentas, puso un pie adentro y estiró la cabeza lo más que pudo. Al final del closet se encontró con unas cadenas y unas esposas.             Se quedó ahí, viéndolas como quien mira su programa favorito. Confundido y estupefacto, intentando hallarle sentido al descubrimiento. De nuevo la voz de Mcfly volvió a hablarle: Vaya, vaya, tal vez a la Señora Savelli le gustan algunos juegos sexuales particulares. La imagen de una Raquel esposada a la cama con un Gabriel Savelli amarrándole unas cadenas le pareció tan insólita como incoherente. Una cama y un colchón en el suelo. Duermen separados. Pero esas cadenas no eran ningún objeto de adorno y alguna utilidad debían tener. ¿La usaban entre ellos mismos o con alguien más? ¿Con quién y para qué? ¿Por qué? Sin moverlas de su sitio les tomó fotos y cerró la puerta.             Listo, ya no le quedaba mucho por hacer ahí, pero aún esperaban otras habitaciones por inspeccionar.             Volvió al pasillo y fue a la derecha. Volvió a repetir el ritual de antes. Colocó la mano en el pomo, cerró los ojos, lo giró y… Estaba abierta. Entró. Era la habitación de Rick.             Sí algún consuelo encontró entre todo eso, fue descubrir que por lo menos el cuarto del niño poseía un poco más de vida. Un televisor más grande que el suyo colgaba del techo sobre una estantería con consolas de videojuegos y los juegos del mismo regado alrededor. Las paredes azules de un color claro le daban a la habitación un aspecto infantil contribuido por poster de héroes del comic pegados en ella. Un closet de puerta blanca estaba a un lado de la cama con sabanas de los Caballeros del Zodiaco. Ryan sonrió. Un niño, por más melancólico que sea, sigue siendo un niño. Una criatura llena de fantasías y sueños; dudas y esperanzas, pero, sobre todo, concentrada en vivir el momento, el presente. Cuando se es tan pequeño como Rick, el futuro posee la importancia de una nube solitaria en el cielo; sabes que está ahí, pero no te afecta de ningún modo. Para eso están las caricaturas, los videojuegos e incluso los libros infantiles regalándote historias maravillosas donde no pierdes la esperanza de un mañana mejor; donde te enseñan que la lucha trae resultados. Rick tenía todas las de perder con su familia, pero tal vez en esa habitación hallase un cobijo que el mundo exterior no pudiera proporcionarle. Un escape de la realidad, ese que todos necesitamos en ocasiones.             Ryan estuvo a punto de cerrar la puerta e irse, pero quería ser precavido; no podía olvidar detalle, así que entró con un ligero entusiasmo. No había visto que a un lado de la puerta estaba una biblioteca de libros infantiles: El Principito, La Cenicienta, Alicia en el país de las maravillas, entre muchos más. Del mismo modo, una hilera de libros escolares lo acompañaba junto con algunas películas, igualmente para niños. Se acercó al closet, lo abrió y dentro no encontró nada interesante. No lo esperaba, así que lo cerró sin sentirse decepcionado. Al hacerlo un suéter blanco se cayó a sus pies y trancó la puerta. Lo recogió y se detuvo al ver un pedazo de algo parecido al papel que sobresalía de los bolsillos. Introdujo la mano y sacó los trozos. Eran fotos de Hernán. O lo fueron en algún momento. Aquellas que estuvieron en el comedor ahora descansaban semi quemadas en el closet de Rick; en algunas apenas se distinguía la cara de Hernán por lo calcinadas que estaban; en otras se le veía claramente con esa expresión incomoda que siempre adoptaba ante una cámara. A Ryan se le hizo un nudo en el corazón. Puso las fotos en el suéter, lo devolvió todo a su lugar y retrocedió hasta sentarse en la cama.             Esas fotos quemadas, y el lugar en donde estaban… ¿Cuál sería la historia detrás? Las cadenas, las esposas ¿Tenían alguna conexión? ¿Significarían algo? Quiso reconstruir con su mente los sucesos ocurridos en la casa Savelli los últimos días para hallarle algún sentido, pero no lo logró. Los puntos no conectaban, y para más frustración, no sabía si debía darle importancia o no. Lo que puede ser considerado una pista sustancial es un concepto completamente relativo. Todo tiene explicación, todo tiene un porqué; y hasta lo más rutinario podría ser llevado al terreno de los mitos con la suficiente imaginación; pero él no permitiría dejarse llevar. Mantener el control en todo momento, esa es la regla.             La estúpida voz de Samuel volvió a manifestarse: A lo mejor el chico es un pirómano en potencia. Pero ni su chiste malo imaginario podría estar por completo equivocado. ¿Rick odiaría a Hernán? ¿Tomó sus fotos para quemarlas? Posibilidades, posibilidades. Todas son posibilidades; algunas más pequeñas que otras, pero no por ello deben dejar de ser tomadas en cuenta. Rick no lo odiaría, no tendría razones para hacerlo, ¿o sí? Habrá pasado toda su vida escuchando a su madre despotricando contra su hermano y eso lo pudo haber llevado a un estado de rencor. Pero un niño tan pequeño no conoce el odio del mismo modo que no conoce el amor. Rick, tan callado, tan tímido; ¿qué oculta tras su silencio?             (Esposas, cadenas, fotos quemadas).             Ryan miraba fijamente hacia la almohada ensimismado en sus pensamientos.             (Esposas, cadenas, fotos quemadas)             Intentaba conectar los puntos cuando notó un bulto debajo de esta.             (Esposas, cadenas, fotos quemadas)             Estiró la mano y la introdujo debajo de la almohada. Sintió un acero frío entre los dedos. Lo sostuvo. Lo sacó.             Era una MM9.             Una pistola             (Esposa, cadenas, fotos quemadas, pistola)             No podía creerlo. Tenía una 9mm entre las manos, sacada de debajo de la almohada del cuarto de Rick Savelli             Cualquier ilusión de infancia que tuvo al entrar en el cuarto se rompió en mil pedazos.             Por supuesto que el pequeño Rick no tendría descanso en ninguna parte, y mucho menos una infancia normal. Su familia era problemática y estarían aún peor ahora con uno de sus miembros fallecido en un s******o. Cadenas, esposas, fotos quemadas, pistola. No hay niñez ni ternura en una familia rota. No hay ilusión de cobijo en un hogar vacío. Rick tenía una pistola debajo de su almohada, eso era lo que sí había. No era un juguete como tendría cualquier otro niño; un arma de agua para jugar en los días de carnaval. Era real. Y estaba cargada. Por completo cargada. No había disparado o al menos eso parecía, pero lo que parecía todo el cuadro en general era tan demencial como imaginar el porqué de todo. Ryan estaba impotente. Le tomó una foto con dificultad porque le temblaban las manos. Ni siquiera su elevada imaginación le alcanzaba para dibujar una escena que explicase con satisfacción el porqué de tal objeto y en tal sitio. No había explicación inocente. No había margen de error. Las pistolas son usadas para matar, para asesinar. Como la pistola con la que se suicidó Hernán. No se suicidó, lo asesinaron. Recuérdalo. Suicido. Otra vez esa palabra. Suicido. Primero es una idea, un pensamiento y finalmente un acto. Suicido. ¿Para eso la tendría Rick? Si estaba pensando en seguir los pasos de su hermano… Su hermano cuyas fotos calcinabas guardaba con celo. Suicido. No, un niño tan joven, tan, tan… Tan callado; que no dice lo que piensa ni lo que siente. De nuevo el juego de ¿Quién quiere ser millonario? Pero esta vez con solo dos opciones.             A: Rick pensaba en suicidarse.             B: Rick pensaba en asesinar a alguien.             Y de nuevo dos opciones imposibles, pero verdaderamente aplicables.                  (Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola)             Aturdido dejó todo donde estaba y salió del cuarto. Le dolía la cabeza, le escocían los ojos. Tenía que irse.             No, claro que no. Aún “tenía” que revisar un cuarto más. Esa es la palabra: “tener” sinónimo de “deber”. Una obligación. El “tenía” que seguir avanzando y al final se marcharía mientras Rick Savelli volvería para seguir durmiendo con el arma en la cabeza y sus silenciosos pensamientos.             Pero él no podía pensar en eso. Él “tenía” que seguir.             Al frente de él estaba ese lugar al que “tenía” que ir; la última habitación del hogar: la de Javiera. La puerta estaba destrabada, aunque esto no le sorprendió. Por primera vez tenía miedo de lo que pudiese encontrar. Ya no le embargaban las dudas de si sería o no infructuosa su brusquedad, ahora su temor reposaba en los posibles descubrimientos; en lo que vería y en lo que podría significar. No quería una sorpresa más, aunque sabía que eso era precisamente lo que buscaba. Pero si hallaba algo similar en el cuarto de Javiera, si se topaba con unas cadenas, o un arma. Mejor ni imaginarlo.             Así que, resignándose a sus pasos, terminó de entrar. La habitación de Javiera era tal vez la más clara de todas, con unas paredes color salmón y unas sábanas color crema sobre la cama. Al igual que su madre, poseía una peinadora repleta de perfumes, maquillaje y demás objetos estéticos de belleza femenina. Un gran televisor colgaba a un lado de la ventana que dejaba entrar la luz resplandeciente del sol. No había posters en las paredes, pero si fotos familiares en los que destacaba Rick, el pequeño niño poco sonriente mirando hacia la cámara. De nuevo no existía ni rastro de Hernán. El suelo estaba debajo de una alfombra (probablemente otra Sarough Iran Kork) extendiéndose por toda la amplitud del cuarto. El resto de las paredes eran closets; lugar ya temido por Ryan, quien dudó un segundo antes de continuar. De todos los habitantes en aquella residencia, Javiera era la única por la que podía sentir un aprecio real; un respeto mutuo e intrínseco. Mandaría todo eso al garete al violar de una vez por todas sus privacidades. Un escalón más arriba en la escalera. Recordó las cadenas, recordó la pistola y supo que tenía que hacerlo. No había de otra. “Tenía” que revisar.             Quiso ir directo al grano desde el comienzo para no extender lo inevitable. Con grandes zancadas se acercó al closet y lo abrió de golpe. Nada. O al menos nada excepcional. Ropas, vestido, calzado. Todo lo que podría encontrarse en el ropero de una joven de diecinueve años. No aminoró la voluntad y se encaminó a la peinadora revisando cajón por cajón. Nada otra vez. Hasta ahora todo iba bien (¿o mal?). Bien o mal dependiendo de a quien se le preguntase. Se sentó en la cama, levantó la almohada. Nada. Vaya. Todo normal. Eso fue lo extraño. Ni siquiera una revista escondida o un diario con secretos. Películas de extraño contenido, ropa que no le perteneciera (aunque de esto él no se daría cuenta, claro). Nada. ¿Qué esperaba encontrar? No tenía ni idea de lo que puede esconder una adolescente en su habitación, pero visto y considerando sus anteriores sorpresas, estaba preparado para casi cualquier cosa y la normalidad lo tomó desprevenido. ¿Ya se había acabado? Aparentemente sí. Sin más sitios donde buscar, sin nada más que ver. En un intento desesperado levantó el colchón de la cama solo para toparse con la madera de esta. En otras palabras: nada. Lo puso en su lugar y miró a su alrededor, frustrado y a la vez aliviado. Curiosa contradicción. Hora de irse, de marcharse. Su cerebro le dijo que se fuera, pero sus pies lo ignoraron. No, no podía ser el final. Dos habitaciones recorridas, dos habitaciones con secreto y la tercera no se distanciaría de ello, ¿pero ¿dónde? De vivir en una novela de misterios se toparía con una puerta secreta, algún compartimiento oculto. Se sentaría a analizar la arquitectura del edificio y luego vería una pared que no debería estar donde está. Ryan volvió al closet, lo inspeccionó: no encontró nada. Revisó detrás de la peinadora: no encontró nada. Se asomó debajo de la cama: encontró una sábana ensangrentada.             Con la impresión, casi se le cae la linterna. Ahí estaba lo que buscaba. Una sábana arrojada debajo de la cama sin mucha delicadeza, con unas manchas visibles de algo rojizo, algo vino tinto. Oscuro, espeso. Sangre.             Se acercó aún arrodillado y sacó la sabana sosteniéndola por una esquina limpia. Al arrastrarla fuera, un envoltorio cayó al suelo. Ryan lo recogió. Era un sobre de condones c****x. Mira tú, ¿quién lo diría? Le gustan los mismos condones que a su padre” dijo el desagradable Mcfly imaginario. Ryan sintió una piedra en el estómago; una extraña sensación como de haber sido golpeado repetidas veces. Un desconcierto como cuando te cuentan un chiste que no comprendes. Un silbido, un rumor se le alojó en los pensamientos, pero con demasiada debilidad como para ser escuchado. ¿Qué? ¿Acaso creías que una chica así sería virgen? ¿Pensaste que se mantendría pura para ti? Samuel Mcfly seguía haciendo de las suyas. Apartó el pensamiento aún con la sensación de estar perdiéndose de algo sin saber qué y se concentró en la sabana. No cabía duda sobre la mancha que presentaba. Y como todos los demás objetos encontrados, dejaba paso a más preguntas que respuestas; siendo la más esencial de ellas: ¿a quién le pertenece la sangre? La lógica lo llevó a pensar que sería de Javiera, pero era demasiada como para ser tomada producto de un simple corte. No. De nuevo una historia desconocida se desarrollaba detrás de cámaras y ni su intelecto ni su imaginación eran suficientes para guiarlo por el buen camino. El rumor seguía silbándole detrás del oído sin definirse en un sonido. Le tomó las fotografías y lo regresó a su sitio.             Ahora sí era la hora de irse.
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