Violación de Privacidad

1503 Words
              Violación de privacidad. No es un delito muy grave; claro, sin tomar en cuenta el allanamiento y más aún a quien se lo estaba haciendo. Pero en general, podría considerarse un delito menor siempre y cuando no robara nada y dejara todo en su sitio; irónicamente, ni siquiera podía asegurar este hecho. Tal vez tuviera que llevarse algo. Si encontraba algo comprometedor, algo picante; una de esas pistas resuelve misterios de las series policiales donde el detective de turno, al encontrarla, observaba fijamente al infinito, cogitando, con la mirada perdida, la boca entreabierta, para luego salir corriendo hacia donde la ley lo necesitase. Listo, fin, misterio resuelto. Próximo capítulo, por favor. O tal vez no encontrara nada y se estuviese lanzando a la abominable posibilidad de ser encontrado con las manos en la masa. El resto de su vida se desplomaría más rápido que un globo aerostático impactado por un rayo. Un diente de león ante el cañón de una pistola. Un soplo y adiós; esa sería su carrera. Nunca se consideró un hombre cobarde, pero ningún hombre lo es hasta que se ve en una situación perturbadora donde la opción peligrosa no es una alternativa sino una obligación; ya que de eso depende mucho más que el ligue de la noche. La mayoría de los hombres viven parsimoniosamente creyéndose valerosos pues no han enfrentado peligros mayores; sus miedos se resumen en delincuentes y facturas. Coloca a un hombre común en un apuro fuera de lo rutinario y podrás medirlo como se lo merece. Tal vez Ryan no estuviera a punto de hacer una acción heroica ni mucho menos; cualquier oficial se reiría de él, pero no quitaba el riesgo que convenía. Más cuando a su lado le acompañaba un chico de diecinueve años.             ⸻Ya vi que no eres muy conversador. ⸻dijo el muchacho. Delgado, de melena rubia y tez pálida, parecía más un chico de campo que de ciudad.             Ryan no respondió.             Conducía el Hyundai por la ciudad con una velocidad mucho más lenta de lo necesaria. Su pie derecho, rebelde, se negaba a presionar el acelerador lo suficiente como para que las nubes no lo superaran en el trayecto; en vez de dejarlas atrás, parecía querer acompañarlas, sin importar cuánto tardaran.             ⸻¿Puedo poner algo de música?             ⸻No.             Silencio, necesitaba silencio. Estaba dando el primer paso (¿o era el segundo?) hacia la descabellada idea que una semana atrás había descartado. Los desvaríos de la imaginación no podían fallarle y se aferró más a un criterio infantil que a la lógica racional de un adulto aquella mañana cuando se vistió, se arregló y fue a buscar al adolescente que Mcfly le encargó. El silencio era necesario, sus ideas alborotadas no hallarían descanso en un revoltijo de sonidos que no procedieran exclusivamente de su cabeza, donde los engranajes, obviamente fundidos, dejaron de funcionar; esa sería la única explicación para lo que estaba a punto de hacer. Como burla de la realidad, las calles se hicieron cortas y el tráfico se tomó un día de descanso, dejando la vía libre para el exitoso arquitecto en busca de una quimera. Se sentiría satisfecho de tener alguna señalización que le indicara donde buscar y en qué concentrarse, pero caminaba a oscuras en un terreno desconocido como un extranjero que llega a una ciudad donde nadie habla su lengua. De tener a un hombre entrado en años a su lado, con expresión adusta y concentrado en su misión, tal vez le hubiera servido de consuelo, pero el joven pálido le vaticinaba un ridículo potencial. Todo por obra y gracia de Samuel Mcfly.             ⸻Podrías ir un poco más rápido, ¿no?             ⸻No.             En honor a la verdad, aceleró la marcha.             ⸻Te ves un poco tenso.             ⸻No lo estoy.             ⸻Hombre, tienes los dedos tan aferrados al volante como si tuvieras miedo de que se suelte y te ataque.             Relajó un poco los dedos.             ⸻¿Cómo dijiste que te llamabas?             ⸻David.             ⸻Vale, David, ¿de dónde te sacó Samuel?             ⸻¿De dónde me sacó? ¿Es que acaso soy un perro que se recoge de la calle?             ⸻Pues en lo que a mí respecta…             ⸻Okey, okey, ya entendí. Samuel me “sacó” de por ahí, y no necesitas saber más.             ⸻Sí, sí lo necesito.             ⸻No, no lo necesitas. Lo que necesitas es relajarte un poco y acelerar esta cosa. Necesitamos llegar antes de las cuatro de la tarde. Ahora son las dos, pero necesitarás tiempo allá dentro y ésta es la hora indicada; la mayoría de las personas están aún en sus trabajos por lo que no habrá curiosos a los alrededores.             Ryan aceleró un poco más. No quería curiosos a los alrededores. No quería ninguno.             ⸻¿Ya has hecho esto antes?             ⸻Claro, ¿tú no? ⸻al no responder, el chico siguió⸻. Sí, se nota que no, te comportas como un novato.             ⸻No estoy nervioso.             ⸻No hablo de eso. Pero seamos sinceros: considerando lo que estamos a punto de hacer, es muy idiota que te hayas traído el auto que arrendaste; si alguien lo detecta, ve la matricula, llegan hasta el local y preguntan quién lo tiene, adivina cuál nombre aparecerá.             A Ryan se le subió la sangre a la cabeza.             ⸻Tampoco, por lo que veo, viniste muy preparado que digamos ⸻señaló David mirando el asiento trasero donde Ryan había acomodado una cámara, una linterna, un par de guantes de látex y un par de bolsas plásticas. Objetos conseguidos tras su paseo por la casa de Hernán.             ⸻Sólo voy a echar un vistazo, no necesito muchas cosas.             ⸻Te hubiese venido bien una navaja suiza, por si tienes que abrir algún cerrojo. Un polvo para detectar huellas. La cámara estuvo bien, al menos en eso pensaste.             ⸻Ya te lo dije, no necesitaré gran cosa. Entro, echo un vistazo y me voy.             ⸻Querrás decir que te recojo.             ⸻Te quedarás afuera vigilando.             ⸻Ni hablar, si alguien llega, al que primero agarran es al adolescente blanco. Yo estaré dando vueltas con el auto hasta que termines.             La idea de darle el auto le apetecía tanto como lo que estaba por hacer, pero no tenía opción.             ⸻¿Estás seguro de que sabes lo que vas a hacer?             ⸻Soy un profesional, viejo. He abierto entradas de mansiones, puertas de automóviles, cajas fuertes y las piernas de doncellas ⸻Perfecto, un mini Mcfly⸻. Tú, por otro lado, te ves algo verde.             ⸻Digamos que tengo otras ocupaciones.             ⸻Sí, se nota; pero aquí sea lo que sea que hagas no te servirá de nada. Míralo como un juego, así al menos te divertirás. No será tan difícil             Perfecto, recibiendo consejos de un adolescente.             Como las distancias se acortan con una conversación, no pasó mucho tiempo hasta que llegaron a su destino: El hogar Savelli.             Detuvieron el auto enfrente e inspeccionaron la calle. Debido a que la casa estaba construida justo al final y en el medio de dos hileras de edificios, ningún apartamento de algún vecino tenía una ventana que diera con la entrada. Las aceras estaban vacías; eran esas horas donde quien tiene trabajo está trabajando y quien cursa estudios está estudiando. El viento estaba lento como los minutos y el sol en su apogeo iluminaba proyectando sombras salidas de los árboles en el asfalto. Ryan contempló la casa preguntándose una vez más si valdría la pena todo aquello, si no sería un juego; una mentira tergiversada que le hacía perder el tiempo. Pero los pensamientos no llevan a ninguna parte si no le acompañan conclusiones y él no encontró ninguna. David le miró con una sonrisa insolente y la arrogancia que solo puede tener un joven que se cree conocedor de la vida.             ⸻Espera aquí ⸻le dijo y salió del auto. David cruzó la calle sin mirar a los lados. Llevaba en sus manos una mochila. Subió los escalones de la entrada y se arrodilló en la puerta de la casa. Estaba de espaldas, así que Ryan no podía ver lo que hacía. Se lo imaginó con alguna especie de ganzúa tratando de forzar la cerradura y fallando en el intento. Se imaginó escuchando el grito de algún vecino alertando a toda la zona. Se imaginó viendo una patrulla llegar y el corazón deteniéndosele cuando un oficial le preguntara a David lo que hacía y este le señalara acusándolo en el acto. Se imaginó muchas cosas, como dejando caer toda la fuerza de su pie en el acelerador, el rugido del motor y alejándose mientras veía por el retrovisor a un policía subiéndose a su auto, iniciando la persecución. A Ryan casi se le olvidaba que, como arquitecto, tenía mucha imaginación; virtud preciosa, pero por momentos aturdidora. Por suerte los pensamientos no llevan peso sobre la realidad y todo lo que imaginó se quedó en fantasías. Ryan contó los minutos y no había llegado a dos cuando David se puso de pie, cerró su mochila y regresó al auto.             ⸻Ya está hecho             ⸻¿Ya?             ⸻Sí, ya ¿qué estás esperando? Se acaba el tiempo. Ve, ¡ve!
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