Tema : EL MERCADO MODELO
El alba aún rozaba los tejados de la Zona Colonial cuando los hermanos Stanley y Vivent salieron de casa, decididos a encontrar el segundo punto marcado en el mapa. El Mercado Modelo, uno de los lugares más emblemáticos de Santo Domingo, abría sus puertas temprano para recibir a los vendedores que llegaban cargados de mercancía desde todos los rincones de la isla. El camino hasta allí era corto, pero el aire ya llevaba consigo los primeros ecos del bullicio que caracterizaba al famoso mercado cubierto.
A medida que se acercaban, los sonidos iban creciendo en intensidad: los gritos de los vendedores anunciando sus productos, el crujir de las cajas de madera al ser arrastradas por el suelo de cemento, el murmullo de los primeros clientes que buscaban frutas frescas o ingredientes para el desayuno. Los olores también llegaban en oleadas: el dulce aroma de los mangos y las piñas apiladas en montones, el picante olor de las especias – comino, cilantro molido, ají caballero – que se vendían en sacos de tela, y el tentador olor de los embutidos y el queso fresco que ofrecían los puestos de comidas típicas.
El Mercado Modelo se alzaba frente a ellos con su imponente fachada de estilo neoclásico, construida a finales del siglo XIX y restaurada varias veces a lo largo de los años. Sus grandes ventanales de hierro forjado dejaban entrar la luz matutina, iluminando el vasto espacio interior donde más de doscientos puestos ofrecían desde artesanías hechas a mano hasta ropa tradicional, pasando por joyas, recuerdos y productos alimenticios de toda la República Dominicana.
Vivent sacó su cuaderno y consultó el dibujo que había hecho, comparándolo con los pasillos y los puntos de referencia que aparecían en el plano del mercado. El mapa indicaba que el segundo punto se encontraba en la sección de artesanías, justo en la intersección de los pasillos centrales, donde las estructuras de hierro que sostenían el techo formaban un patrón específico – cuatro arcos que se cruzaban en el centro, creando la forma de la cruz con tres puntas que ya conocían.
"Caminemos por el pasillo de la izquierda – el dibujo muestra que está justo al lado de un puesto que vende cueros y artesanías de madera", dijo Vivent, guiando a su hermano entre los puestos que comenzaban a abrir sus toldos de colores. Stanley llevaba la caja de metal que habían encontrado en el Malecón guardada en su mochila, junto con el libro y la foto antigua, mientras Vivent mantenía su cuaderno siempre a la mano, listo para dibujar cualquier detalle que pudiera ser importante.
Después de cruzar varios pasillos llenos de mercancía de todo tipo – desde hamacas tejidas con fibras naturales hasta jarrones de barro pintado a mano – Vivent se detuvo de golpe, levantando la vista hacia el techo para confirmar los arcos de hierro: "Es aquí. Este es el lugar". Frente a ellos había un puesto de artesanías que vendía collares, pulseras y otros adornos hechos con materiales tradicionales: madera de caoba, semillas de jobo, cuentas de cristal y plata tallada a mano.
El puesto estaba atendido por una mujer mayor de cabello canoso recogido en un moño sencillo, con ojos cálidos de color marrón oscuro que parecían ver más allá de lo que estaba delante de ella. Vestía una blusa de algodón blanco y una falda larga de colores vivos, típica de la ropa tradicional dominicana. Mientras los hermanos se acercaban al puesto, ella dejó lo que estaba haciendo y les dedicó una sonrisa tranquila y segura, como si los esperara desde hacía mucho tiempo.
"Ya llegaron los guardianes", dijo con una voz suave pero clara, que se destacaba sobre el bullicio del mercado. Sus manos, marcadas por años de trabajo artesanal, movieron con gracia algunos de los collares que exhibía en el mostrador. Stanley y Vivent se miraron sorprendidos – ¿cómo sabía ella quiénes eran? – pero antes de que pudieran preguntar nada, la mujer señaló los collares de plata que llevaban puestos:
"Reconozco esos símbolos desde que era niña – mi abuela me hablaba de los hermanos que protegen a nuestra tierra. Decía que cuando volvieran los collares, sería tiempo de renovar la promesa que hicieron nuestros ancestros". Se giró hacia un estante detrás de ella, donde guardaba piezas más delicadas, y sacó una pequeña estatua de madera tallada a mano, de unos quince centímetros de alto.
La figura representaba a dos hermanos de pie, uno al lado del otro, con los brazos entrelazados en señal de unión. Estaba hecha de madera de cedro, con detalles tallados con una maestría impresionante – los rostros mostraban una expresión seria pero compasiva, y en sus cuellos llevaban los mismos collares que los hermanos. En la base de la estatua, el símbolo familiar estaba grabado con precisión.
"Esto ayudará a encontrar el siguiente punto", dijo la vendedora, entregándosela a Stanley con ambas manos. "El Parque Colón no es lo que parece – hay secretos que se esconden bajo sus árboles y sus monumentos, secretos que solo pueden ser vistos por quienes llevan el legado en el corazón".
Stanley tomó la estatua con cuidado, sintiendo el peso cálido de la madera en sus manos. "¿Quién eres? ¿Cómo sabes todo esto?" preguntó, pero la mujer solo sonrió de nuevo y negó con la cabeza suavemente.
"Yo solo soy quien cuida este puesto y espera el momento adecuado. Lo importante es que sigan el camino – la isla los necesita". Mientras hablaba, pasó una mano sobre la estatua, y los hermanos notaron que los ojos de la figura estaban tallados de forma que parecían mirar hacia un punto específico en la distancia.
Agradecidos, los hermanos se despidieron y se dirigieron hacia la salida del mercado. Mientras caminaban por las calles que llevaban hacia la Zona Colonial, Vivent sacó su cuaderno y comenzó a dibujar la estatua con su habitual precisión, capturando cada detalle tallado en la madera. A medida que iba plasmando la figura en papel, se dio cuenta de que los ojos de los hermanos tallados apuntaban hacia una dirección muy concreta – justo donde se encontraba el Parque Colón, y más específicamente, hacia un árbol gigante que dominaba una esquina del parque: un ceiba milenaria, considerado por muchos como el árbol sagrado de la isla.
"Stanley, mira esto", dijo Vivent, señalando el dibujo. "Los ojos de la estatua no están mirando al azar – están apuntando hacia la ceiba del Parque Colón. Debe ser ahí donde está el tercer punto". Stanley tomó el dibujo y comparó la dirección con la vista que tenían desde la calle – efectivamente, si seguían la línea que marcaban los ojos de la estatua, acabarían justo en la base del árbol más antiguo del parque.
Mientras se acercaban al Parque Colón, el sol ya brillaba con fuerza sobre la ciudad, iluminando el mausoleo de Cristóbal Colón que se alza en el centro del espacio verde. Las palmeras balanceaban suavemente con el viento, y algunos ciudadanos ya estaban sentados en los bancos disfrutando del día. Pero los hermanos sabían que detrás de esa apariencia tranquila y familiar, el parque guardaba un secreto que solo ellos podían descubrir – y que la estatua de madera que llevaban en sus manos sería la clave para encontrarlo.