Pasado unos meses de lo acontecido en nuestro último encuentro en la capital, Martín y Vanesa volvieron a la ciudad donde residimos. Mi hijo continuó conservando la remuneración económica alcanzada, así como el puesto en la empresa, para satisfacción de todos. Nuevamente se prodigaron las visitas de Vanesa a nuestra casa y las charlas con mi esposa. En cuanto tuvimos oportunidad volvimos a tener acceso carnal, satisfaciendo nuestras ansias sexuales y el deseo que nos continuaba invadiendo. Nuestro ímpetu era tal, que imprudentemente volvimos hacerlo en mi propia casa, lo que evidentemente tuvo sus consecuencias. Una noche, al llegar a casa observé la cara de enfado de mi esposa, quien nada más entrar a la cocina me dijo: ¡No pensé que fueras tan sinvergüenza! ¿Cómo has podido hacerlo? M

