Ambos estábamos cansados, pero era un hecho que ninguno pegaría el ojo esa noche y mientras la madrugada avanzaba, decidí prepararnos unas tazas en la hervidora. Un té para ella y un café doblemente cargado para mí. Le acerqué su bebida, la dejó en su buró un buen rato y cuando por fin la tomó, sentí que podíamos intentar hacer las paces. Después de un mar de disculpas y de repetir cientos de veces que estaría de acuerdo con lo que fuera su decisión conmigo, quise pedirle que no tomara represalias con Raquel. —Yo soy el hermano mayor, yo fui el que dejó que las cosas sucedieran. Deja que Raquel pueda seguir con su vida tal y como está. Ya está progresando con el teatro y es algo que la hace feliz. —No tienes derecho a decirme qué haré o no con tu hermana. Que ella tampoco es ninguna mosq

