Su boca estaba en mi oreja, pero sus gritos pasaron por un susurro por el volumen de la música. Así que Julia no nos escuchó mientras se nos unía y pronto, nuestra madre también. Era evidente que a las tres les encantaba bailar y que, por cosas de la vida, o apenas lo notaba o apenas tuvieron oportunidad de hacerlo. Si mi hermanita ya atraía las miradas de otros sujetos, Julia y mi madre hicieron que esas miradas no sólo se posaran en esas despampanantes mujeres, sino en el imbécil con la gracia de un elefante que las acompañaba. El pop y el tecno dieron paso a la salsa y si bien fue más vergonzoso ser visto mientras cada una me enseñaba a hacerlas girar sin estamparnos en el intento, nos la pasamos muy bien los cuatro. No sabíamos ni qué hora era hasta que pusieron reggaetón y esa fue la

