—Tienes madera de amo de casa, hermanito —dijo Raquel—. ¿Quién hubiera pensado que terminarías siendo un mandilón? —No le digas eso —la regañó Julia—. Si él no termina poniéndote laxante en la sopa, yo lo hago. Pero sí, a mí también me gustó comer lo que nos preparaste estos días, hermanito. Yo, encantado. Aquellas palabras inflamaron mi pecho como hacía mucho no sentía, eran mis sentimientos por Julia, quizás, negándose a ser enterrados y luchando por salir a la superficie. —Yo encantada por tener un chef particular en casa —Raquel se asió a mí, ambos aprovechamos el abrazo grupal para alejarnos del sofá y quedamos de pie frente a las dos. Era un movimiento arriesgado, pero ambos lo habíamos calculado para medir las respuestas de nuestra madre. —Esa es una buena idea —dijo, sin molest

