1| Un desconocido en mis tierras
Punto de vista de Valentina
—Me preocupa tanto tu futuro, mia bambina —me dice mi abuelo. En sus ojos negros brilla una lucidez que no veía desde hacía semanas, pero sus manos arrugadas tiemblan con una debilidad que me parte el alma.
—No tienes por qué preocuparte, nonno —le respondo, arrodillándome a su lado para apretar sus dedos fríos—. Estamos bien. Estás aquí conmigo y eso es lo único que importa.
—¡No me mientas, Valentina! —murmura Don Gaetano con la voz rota—. Lamento tanto no poder protegerte. Tuviste que convertirte en la madre de Pietro cuando apenas eras una niña y echarte a cuestas el peso de salvar Corte Bella. Tienes solo veintitrés años, mi amor... No debiste asumir sola esta carga tras la muerte de tus padres.
—Amo estas tierras, nonno —le digo con firmeza, aunque un nudo de angustia me ahoga la garganta—. Son nuestro orgullo, el legado de papá. No cambiaría esta vida por nada.
—Pero los Rinaldi no van a parar —advierte con un matiz de puro terror en su tono—. Esas ratas quieren destruirte.
—Saldremos de esta, te lo prometo. Solo necesito que descanses.
Antes de que pueda añadir nada, la puerta de la casona se abre con violencia. Matteo entra pálido, ahogándose con su propio aire.
—¡Señorita Valentina! —grita con los ojos desorbitados—. ¡Sabotearon el sector norte! ¡Los canales de irrigación principales están destruidos!
El estómago se me cae al piso. Sin pensarlo, corro hacia el viejo aparador, saco el rifle de caza de mi difunto padre y me lo cuelgo al hombro. Corro tras Matteo bajo el sol abrasador hasta el límite del olivar, donde el panorama es devastador: las mangueras de alta presión han sido cortadas a machete y el agua se desborda en torrentes, amagando con ahogar las raíces de las plantas jóvenes.
Esto no fue un accidente. Fue un ataque directo.
La familia Rinaldi no busca negociar; busca asfixiarme económicamente hasta que me quede en la calle. Un pánico helado me atenaza el pecho: si pierdo Corte Bella, lo pierdo todo. La memoria de mis padres, la medicina de mi abuelo, el futuro de mi hermano... todo se desvanecerá.
Por eso trabajamos a contrarreloj, con el barro pegándose a mis botas y las manos cubiertas de tierra húmeda, pero gracias a la rapidez de los muchachos logramos contener la inundación y reparar las tuberías. Afortunadamente, los daños son mínimos y la cosecha no se perderá hoy.
Agotada, miro a mi alrededor, a las hectáreas de Corte Bella que se extienden bajo el sol abrasador de la tarde. Observo los árboles centenarios, con sus troncos retorcidos por los años, y una punzada de pánico me oprime el pecho. Estas tierras son el único sustento que le queda a mi familia y el futuro de nuestro apellido.
De repente, el rugido de un motor interrumpe mis pensamientos. Un ostentoso coche n***o se detiene junto al camino de tierra. De él desciende Marco Rinaldi. Trago saliva. Un sudor frío me recorre la nuca. La sola presencia de Marco me pone los nervios de punta; hay algo oscuro en él que me aterra, aunque me obligue a no demostrarlo.
Marco no se queda en la carretera. Salta la pequeña cerca de piedra y camina directo hacia mí y se detiene a menos de un metro de distancia, invadiendo mi espacio vital sin pedir permiso.
—Vaya, vaya... qué desastre, Valentina —murmura con una sonrisa ladeada, mientras su mirada recorre desembozadamente mi rostro, mi cuello y la ropa pegada a mi cuerpo por el barro y la sudoración. Su escrutinio es tan invasivo que la piel se me eriza de pura repulsión—. Es una lástima ver a una mujer tan hermosa sufriendo por cosas que no puede controlar. Una propiedad como esta es demasiado peso para ti sola.
Mis dedos aprietan el rifle con fuerza, intentando disimular el temblor de mis manos.
—Da un paso atrás, Marco —exijo, esforzándome por mantener la voz firme a pesar del nudo helado en mi estómago.
En lugar de retroceder, da otro paso hacia adelante, acortando aún más la distancia. Alza la mano y, con un atrevimiento que me congela la sangre, roza con la yema de sus dedos un mechón de pelo húmedo que cae sobre mi mejilla. Me retito de golpe, con el corazón martilleándome las costillas.
—Vendeme la finca, Valentina —insiste con un susurro bajo, clavando sus ojos oscuros en los míos—. O mejor aún... acepta mi protección. Sabes perfectamente que si te asocias conmigo, no solo salvarás a tu familia, sino que tendrás a un hombre de verdad a tu lado para cuidarte de los "accidentes".
El chantaje es descarado. No solo me quiere quitar las tierras; me quiere a mí. El asco y la rabia se mezclan con el miedo, dándome un impulso de adrenalina.
—¡Aléjate de mí! —le aparto la mano de mi cabello con rabia y doy un paso atrás, encarándolo—. Diles a tus ratas que no me van a quebrar. No voy a vender ni un solo palmo de Corte Bella, y jamás, escúchame bien, jamás voy a aceptar nada de ti. ¡Fuera de mi propiedad!
Marco pierde la sonrisa. Su rostro se endurece y sus ojos brillan con una promesa peligrosa.
—Eres demasiado orgullosa —sisea—. Cuando estés en la ruina y no tengas ni para alimentar a tu hermanito, recuerda que te ofrecí una salida.
Se da la vuelta y regresa a su auto. Cuento cada segundo hasta que el motor se pierde en la distancia. Solo cuando me quedo completamente sola, el temple de acero se me desmorona.
Me adentro a toda prisa en la parte más densa del olivar, buscando el enorme tronco del olivo centenario que plantó mi bisabuelo. Me desplomo tras su base, ocultándome en la sombra, y me abrazo las rodillas mientras las lágrimas contenido estallan en un llanto amargo y desesperado.
Me siento profundamente sola, aterrada por el acoso implacable y exhausta de fingir que puedo con todo.
—Dios mío, por favor... —susurro entre sollozos, mirando al cielo a través de las copas de los árboles—. Envíame una luz... envíame a alguien que me ayude a sostener este peso, porque yo sola ya no puedo más…
El crujido repentino de unas matorrales a mis espaldas me congela la sangre, despertando un pánico puro en mi sistema al sospechar que se trate de otro atentado a mis tierras o a mí misma.
Me pongo de pie de un salto y preparo mi rifle para apuntar. Sin embargo, apenas estoy saliendo del resguardo que el tronco me ofrecía, cuando de la nada soy embestida en el hombro por una bestia que venía corriendo en mi dirección.
El impacto me aturde por unos segundos, pero me salvo de besar la tierra gracias a que unas manos grandes y masculinas se aferran a mis cinturas para evitar que me caiga al piso, mientras mi propias manos se abrazan al rifle como si fuera un salvavidas.
La proximidad física es abrumadora. Siento el calor que emana de su cuerpo, la aceleración salvaje de su respiración y un aroma a tierra, sudor y peligro. Levanto la mirada, girando la cabeza hacia mi derecha, y me topo con unos ojos color miel magnéticos que me dejan completamente paralizada.
Es un hombre imponente, de una belleza elegante a pesar del aspecto salvaje que le otorga tener el labio partido, la piel manchada de tierra y heridas en el rostro. Al detallarlo mi corazón da un vuelco violento, mientras que na extraña descarga de electricidad me recorre la espina dorsal.
Pero en menos de un segundo, y gracias a todas las desgracias que he vivido, la alarma de la desconfianza se enciende en mi mente: es un desconocido en mis tierras.
Me obligo a romper el contacto con brusquedad, deshaciéndome de su agarre y doy dos pasos hacia atrás. Rápidamente levanto el rifle y lo apunto directamente en el centro del pecho.
—¡No te muevas! —grito, intentando que no se note lo agitada que estoy por el impacto y la cercanía—. ¿Quién eres y qué haces en mi propiedad?
El hombre alza lentamente las manos, manteniendo sus ojos miel fijos en los míos sin parpadear.
—Ian —responde con una voz ronca que me vibra en el oído.
Aprieto el gatillo con el dedo, temblando por los nervios y una sensación abrumadora.
—¿Ian? ¿Ian qué?