Capítulo 14: ¿Es una broma?

1024 Words
El último mes había pasado en un abrir y cerrar de ojos. La agenda de la temporada comenzaba a apretarse más y más; partidos cada tercer día, vuelos, sesiones de rehabilitación, entrevistas interminables que no dejaban de recordarme cuánto había costado mi fichaje. Apenas tenía tiempo para algo que no fuera entrenar, jugar o dormir. No había vuelto a hablar con Estela y aunque deseaba hablar con ella, siempre había algo que me detenía. Cada que intentaba abrir las puertas del recuerdo, una ola de emociones amenazaba con revolcarme y yo las volvía a cerrar aterrorizado de enfrentar un dolor con el que estaba aprendiendo a vivir. El comedor del club estaba medio lleno cuando entré después del entrenamiento. El olor a asado flotaba en el aire, mezclado con el ruido de platos, cubiertos y conversaciones dispersas. Algunos jugadores ya estaban sentados en las mesas de madera largas que conformaban el comedor recuperándose del agotador entrenamiento que habíamos tenido. Tomé mi plato y me senté frente a Chase y Memphis. Fue entonces cuando Keith apareció. Dejó su bandeja sobre la mesa con más fuerza de lo habitual y se pasó una mano por la fina barba. Después del entrenamiento, el director técnico había llamado a Keith a su oficina. Una hora después mi compañero estaba frente a nosotros con el rostro pálido. Todos en la mesa pensamos lo peor. Sin embargo, cuando nos pidió que lo escucháramos hasta el final entendimos que el mensaje era colectivo. —Keith… —advirtió Memphis, frunciendo el ceño. —¿Es una broma? —pregunté incrédulo, observándolo a la espera de algún indicio de que mentía. —No —respondió Keith, más serio que nunca. Memphis me observó escandalizado y yo le regresé el gesto. Por la expresión en su rostro, Keith no estaba bromeando. —Lo siento, pero yo no voy a participar en esas ridiculeces —avisó Memphis, molesto—. Primero muerto… La directiva y el equipo de publicidad habían firmado un acuerdo con el Royal Ballet, tres o cuatro jugadores tomarían una clase de ballet con los bailarines titulares como método de publicidad de su cartelera de verano: La Bella Durmiente. Mala suerte es: que de los veinte equipos de la liga y de los treinta jugadores que conforman la plantilla los elegidos éramos, Keith, Memphis y yo. ¿Cómo era posible que nosotros fuéramos los más famosos? —Memphis, no está a tu disposición —dijo Keith con voz firme—. No es si quieres o no. La directiva ya lo decidió y vas a ir. Me estremecí ligeramente en mi asiento. Era la primera vez que lo escuchaba hablar con ese tono. Memphis apretó la mandíbula. —En realidad —continuó Keith—, el entrenador sabía que ibas a ser el primero en objetar… y me dio un mensaje para ti. Le tendió una nota. Todos en la mesa observamos en silencio, cautelosos de su reacción. Conociendo a la directiva y el historial de Memphis, seguramente era una advertencia. Memphis leyó el papel y su rostro se tensó. —¡Jódanse! —respondió furioso—. Aquí dice que si me opongo me ponen en la banca los próximos cuatro partidos. ¡Y en dos jugamos la final de la copa! ¡Qué buen chantaje, Keith! El ambiente en la mesa comenzó a tensarse. Algunos compañeros en otras mesas nos observaban con curiosidad. Incluso un par de cocineros se habían quedado mirando desde la barra. La inconformidad de Memphis era contagiosa. Su mirada furiosa era capaz de lanzar cuchillos. Mi conmoción tal vez no me permitía reaccionar con la misma intensidad que él, pero yo tampoco estaba exactamente encantado con la idea. —¡Yo no lo pedí! —continuó Keith—. ¿Te parece que tengo ganas de ponerme zapatillas? —Chicos, tranquilícense —interrumpió Chase desde el otro lado de la mesa—. Tomar una clase de ballet no tiene que ser tan malo… ¿o sí? Memphis lo fulminó con la mirada. —Si me hacen usar medias o cualquier cosa ridículamente apretada… ¡te cuelgo! Se levantó de la mesa tan abruptamente que la silla raspó el suelo. —Estoy seguro de que Memphis en este momento desearía estar en tu lugar —le dije a Chase. Chase llevaba dos semanas fuera del campo. Durante un entrenamiento había sufrido un desgarre de cuádriceps que lo mantendría en recuperación un tiempo. Esa pequeña lesión, aparentemente insignificante, lo salvaba ahora de hacer el ridículo más grande de su carrera. Se inclinó un poco hacia mí para que nadie más lo escuchara. —Te prometo que nunca había estado tan feliz de estar lesionado. No pude evitar reír. Si alguien me hubiera dicho, cuando firmé mi primer contrato profesional, que algún día tendría que tomar una clase de ballet para promocionar un espectáculo… me habría reído tanto y tan fuerte hasta que me doliera el abdomen. Supongo que era parte de los pros y contras de ser una superestrella. Aunque, siendo honesto, la palabra superestrella últimamente sonaba más como una broma cruel. Seguía sin comprender cómo nosotros tres habíamos sido los elegidos. Si cada uno era famoso de una manera distinta, tal vez esta estrategia tenía menos que ver con publicidad y más con limpiar nuestra imagen. Keith sufría críticas constantes por las múltiples lesiones que había enfrentado en los últimos años. Memphis siempre estaba en boca de todos por sus excesos y su vida nocturna. Y yo… Yo estaba en los encabezados por haber costado millones y no poder anotar un simple gol. Llevaba semanas intentando ignorar los titulares. De millones a nada en menos de una temporada. El fichaje más caro que todavía no justifica su precio. El Golden Boy alemán que todavía no logra anotar.  Tal vez por eso lo del ballet me molestaba más de lo que debería. Para la directiva éramos perfectos: tres problemas públicos con suficiente talento para seguir siendo útiles. Talento cuestionado. Titulares incómodos. Y caras lo suficientemente bonitas para vender boletos. Parecíamos ser los tres fracasados con cara bonita. Solo esperaba que exhibirnos de esa manera no fuera contraproducente.
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