Capítulo 15: Bailarines por un día

1002 Words
El edificio del Royal Ballet era exactamente lo que uno imaginaría. Elegante. Silencioso. Imponente. Demasiado elegante para tres futbolistas que preferirían estar en cualquier otro lugar. El vestíbulo estaba cubierto de mármol claro y enormes ventanales dejaban entrar los pequeños rayos de sol. En las paredes colgaban fotografías de bailarines congelados en poses imposibles y a simple vista inhumanos. Esa flexibilidad y altura parecía desafiar cualquier ciencia y ley de gravedad. Memphis observó una de las fotografías escéptico. —Esto es ridículo —murmuró. —Ni siquiera hemos empezado —respondí. —Peor. Keith caminaba unos pasos delante de nosotros hablando con una mujer del equipo de producción. Desde lejos parecía tranquilo, pero lo conocía lo suficiente para notar la tensión en sus hombros. El equipo estaba conformado por más de treinta futbolistas ¿por qué de todos, los elegidos habíamos sido nosotros? Mi inconformidad se reflejaba en mi rostro y en el del resto de mis amigos. Por primera vez había visto al extrovertido y egocéntrico de Memphis anulado. Todo el camino se había limitado a hablar lo más mínimo o soltar una queja. Para alguien con su historial, resultaba casi sospechoso verlo evitar mirar a cualquier persona que no fuéramos nosotros. Podía entenderlo. El ambiente era demasiado pulcro. La perfección caía sobre nosotros como brisa ligera pero pesada al mismo tiempo. Las personas ahí caminaban como si flotaran. Pasos elegantes, postura impecable, movimientos delicados, Era casi como si caminaran sobre nubes. El aura que desprendían como perfume de flores disfrazaba el egocentrismo de sus rostros. Nadie miraba el suelo. La vista siempre en alto como ligero acto de superioridad. —Sigo pensando que esto, en lugar de beneficiarnos, nos va a perjudicar —murmuró Memphis a mi lado. —¡Memphis, ya! —respondió Keith, irritado —. Disfruta el momento, en lugar de quejarte. Nuestros pasos torpes resonaban en el claro y perfectamente lustrado mármol. Eran pocas las personas que nos sonreían, algunos nos miraban sorprendidos y otros preocupados de que fuéramos a romper algo. —Lo único divertido aquí es que Chase no se salvó. No pude evitar reír. El día anterior el entrenador nos había informado que Chase también se uniría a la actividad. Los médicos y fisioterapeuras coincidieron en que el ballet podía ayudar a su recuperación después del desgarre. Así que también había sido obligado. —Al parecer no podías ser el único con tanta mala suerte —respondió Chase con media sonrisa. Seguimos las indicaciones por un largo pasillo hasta llegar al salón de clases. Por suerte, nos permitieron conservar nuestro uniforme de entrenamiento: short y su respectiva camiseta a juego con el escudo del club. Pero nos advirtieron que no podíamos usar tenis dentro del salón de clases. En su lugar nos entregaron un par de zapatillas de tela negras a cada uno. Nunca me había sentido tan intimidado al entrar en un lugar ni siquiera cuando salía al campo con más de cincuenta mil aficionados. Las luces eran suaves pero iluminaba cada rincón del enorme estudio. El suelo de madera pulida brillaba bajo la iluminación, en una esquina descansaba un piano de caoba y una pared llena de espejos. En el centro del salón había un par de barras movibles y algunas otras fijas en la pared lateral. No éramos más de diez pero el ambiente tenso y sofocante hacía que se sintieran como si fueran cien. Un grupo de bailarines ya estaba calentando. Estiraban como si sus cuerpos no tuvieran límites. Piernas elevándose por encima de la cabeza, espaldas arqueándose con una facilidad casi absurda. Memphis soltó un silbido bajo. —Solo espero que no nos pongan a hacer eso —expresó, Chase alarmado. —Parece que hoy vamos a desafiar nuestros límites —dijo Keith inexpresivo a mi lado. Observé el lugar tranquilo, escondiendo cualquier indicio de pánico y nervio. Ni siquiera la presencia de Saelly —la chica de medios del equipo— con su cámara llamaba tanto la atención como la mujer que se encontraba de pie frente a nosotros. Cabello blanco grisáceo perfectamente cortado en un bob impecable. Su postura recta. Blusa de manga larga con cuello cuadrado que dejaba ver sus prominentes clavículas y hombros erguidos. La autoridad en su presencia absoluta. De pronto me sentí un ser primitivo en medio de la civilización. Insignificante. La puerta de metal se abrió de golpe. Una pequeña figura femenina entró apresurada. —Llega tarde, señorita Gúzman —dijo la mujer con voz firme que me hizo estremecer en mi lugar. El repiqueteó de las zapatillas sobre la madera resonó en el salón mientras la chica cruzaba el estudio para colocarse en el extremo de la barra. —Buenas tardes —continuó la mujer examinando la sala—. Como podrán notar, hoy tendremos una clase distinta. Para quienes no me conocen, soy la profesora Sylvie de Lys y hoy tendremos invitados especiales —Señaló a mis amigos y a mí y todas las miradas se posaron en nosotros—. Hoy vamos a trabajar coordinación, equilibrio y control corporal. Cosas que, sorprendentemente, también son útiles en el fútbol. —Aurora —interrumpió el silencio —, haznos el favor de guiar el calentamiento. La chica que había llegado tarde asintió y caminó al centro del salón. —¿También vamos a saltar como en las fotos? —soltó Chase aún conmocionado. Aurora lo observó con una mezcla de diversión y desafío. —Solo si sobrevives al calentamiento. Keith seguía sin decir nada. Era extraño verlo así, normalmente era el más equilibrado de los cuatro, al que se le facilitaba hablar con las personas. Aurora camino hacía la barra con naturalidad mientras los ojos azules de Keith la observaban con asombro. Pero no era asombro de admiración, era algo más. —Primero estiramientos. Memphis murmuró algo que sonó sospechosamente como una maldición. Yo me coloqué frente al espejo, no sabía exactamente qué esperaba… pero definitivamente, no esperaba ver mi reflejo en el espejo intentando imitar a una bailarina profesional.
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