Capítulo 4: La discoteca

1538 Words
Llegamos a una de las discotecas más exclusivas de Londres, no recordaba su nombre pero según Memphis (quien tenía demasiada experiencia) era el más top y al que iban la mayoría de las celebridades, inclusive los pilotos de Fórmula 1. Los guardias y el sistema de seguridad eran muy efectivos, para entrar necesitabas reservación, mostrar tu identificación y pasar por un detector de metales. No sabía si sentirme como un delincuente o como la revisión de aeropuerto a la que ya estaba acostumbrado. Parecía un poco exagerado, pero eran las medidas de seguridad que todos los lugares debían tener. Era incómodo tener que pasar por eso, el manoseo en ocasiones era exagerado y a veces se aprovechaban del momento para tocar otras partes, por suerte no fue el caso. Entramos cuando el resto de mis amigos pasó la revisión y una de las meseras nos acompañó a nuestra mesa. La discoteca era más grande de lo que parecía por fuera, hasta donde me habían comentado eran tres pisos, el primero donde nos encontrábamos era un restaurante como el de las películas de Hollywood donde toda la decoración era terciopelo verde, al fondo se encontraba un piano y una chica cantando música clásica. El segundo piso, donde nos dirigimos, estaba subiendo una larga y escondida escalera del lado izquierdo. Luces neón que hacían brillar mi playera blanca, un dj sobre la plataforma que se encontraba del lado izquierdo de la explanada, una barra extremadamente larga del lado derecho y mesas en la parte superior dejando el centro libre para el mundo de gente que bailaba en la pista. Según Memphis, el tercer piso era un lugar al que no quería ir. Confié en su palabra y no pregunté más. Las luces, el alcohol y el flujo de personas hicieron que nuestro camino a nuestra mesa fuera más sencillo. Nadie nos reconocía. Para cuando llegamos a nuestro lugar ya nos esperaba una ronda de shots de tequila, que seguramente uno de mis amigos pidió. Para tener más dinero que alguien retirado me consideraba un chico sencillo y un poco básico. Comparado con mis amigos el Rolex dorado de Chace o la sobre camisa Prada negra de Keith y no hablemos de Memphis que de todos era el más extravagante. Probablemente los Jordan’s edición especial y la cadena de oro eran los artículos de más valor que vestía. Sencillo porque mi madre se encargaba de darme mis baños de humildad cada que me visitaba. Keith fue el primero en tomar uno de los caballitos, seguido del resto. —¡Por la victoria! —Comenzó, alzando el brazo. —¡Por Kyle! —siguió, Chace. —¡Por la resurrección del ave fénix! —Me guiñó un ojo, Memphis. —¡Por el equipo! —brindé, bebiendo el tequila de una y cerrando los ojos mientras sentía el líquido quemar por mi garganta— Ganar el partido de hoy no hubiera sido posible sin su esfuerzo también. Somos un equipo, ganamos o perdemos todos. —Date un poco de mérito. Después de todo… —señaló, Chace. —Sí, Kyle. No te pongas sentimental. Disfruta la noche y celebra como si hubieras ganado la puta Champions. Mañana vuelves a correr detrás del balón, hoy corres detrás de un par de hermosas piernas —Habló Memphis palmeando mi espalda antes de desaparecer quién sabe dónde. A Memphis lo caracterizaba todo menos sentar cabeza. Vivía al limite y a escondidas, me sorprendía como aun no lo habían castigado. —¡Piensalo menos, vivelo más! —aconsejó, Keith a mi lado mientras me pasaba una cerveza. Tal vez mis amigos tenían razón. Memphis volvió con un par de chicas y meseros con cubetas llenas de botellas. Traté de seguir el consejo de Keith y me enfoqué en disfrutar el momento. Mala opción. Bebí y mezclé alcohol de una manera no aconsejable. Mi cuerpo no estaba acostumbrado al alcohol por lo que después del tercer trago ya se sentía mareado. Las chicas bailaban y me bailaban seductora y provocativamente, y yo trataba de seguirles el ritmo pero no podía, mi mente estaba en todos lados menos en ese lugar. El alcohol solo había magnificado la presión en el pecho con la que llevaba varios meses lidiando, la felicidad y la alegría estaban siendo superadas por la tristeza y la melancolía. Los destellos de luz blanca me estaban poniendo nervioso, cada flasheo me ponía la piel de gallina. Separé amablemente a la chica que estaba colgada de mi brazo y aproveché que mis amigos estaban distraídos para salir a despejarme. Caminar hasta la salida en medio de empujones, jalones y gente bailando indecorosamente, bajo los efectos del alcohol y otras sustancias que se fumaban en el lugar era más difícil que el camino solitario a tirar un penal. Suspiré aliviado cuando divisé la salida a un par de empujones más. Un par de pasos más y sería libre. Me detuve en seco, frente a mí parada al borde de las escaleras se encontraba una silueta femenina, demasiado familiar. Parpadeé incredulo, era el mismo cabello rubio que había visto en el partido, su pequeño cuerpo envuelto en un vestido corto n***o de lentejuela. No podía apartar mi mirada de ella, era como si un imán me atrajera. Creo que sintió mi mirada porque levantó la vista cruzándose con la mía. Mi corazón se aceleró y mi estómago comenzó a revolotear con mariposas, nuestras miradas seguían conectadas, Estela estaba frente a mí, a un par de pasos. Era demasiada coincidencia, dos veces en un día. ¿Qué hacía aquí? Era un sueño, tenía que ser un sueño. Me sonrió con su blanca sonrisa, esa sonrisa que me desarmaba cada vez que la miraba y comenzó a caminar en mi dirección. Los nervios me invadieron, habían pasado meses desde la última vez que nos vimos, desde la última vez que hablamos y aunque las cosas no habían terminado bien, me emocionaba poder hablar con ella y escuchar su voz. Di el primer paso decidido, pero un fuerte empujón me hizo tropezar. —¡Fíjate, imbécil! —exclamé, molesto. El chico no respondió nada, pero la gente comenzó a amontonarse para levantarlo mientras me miraban feo como si la culpa hubiera sido mía. Maldije internamente la situación y me alejé rápido de ahí. No podía arriesgarme a que me reconocieran. Desorientado voltee a mi alrededor buscándola y maldije internamente al no ver a Estela por ninguna parte. Caminé deprisa con la intención de alcanzarla por el camino que creía había tomado. Una mano sobre mi espalda me hizo sobresaltar. —¿Buscas a alguien? —habló, Chace observando a mi lado. —Sí… No… Sólo me pareció haber visto a…—me detuve. —¿A quién? —preguntó analizando mi rostro, esperando encontrar alguna respuesta. Chace era la amistad que mejor me conocía y aunque confiaba en él, no tenía porqué saber. —A nadie —solté resignado—. Creo que me iré a casa, me siento un poco mareado. La verdad era que solo había tomado uno o dos tragos y no eran suficientes como para ponerme borracho, pero después del día de hoy. Había despertado sentimientos que creía muertos. —Pero la noche apenas comienza… —expresó un poco desilusionado— No seas aguafiestas Kyle. Quédate un rato más —insistió. Sacudí la cabeza negando varias veces. —Ha sido un día largo, Chace. Estoy agotado —expliqué, antes de irme le di una palmada en la espalda y caminé a la salida. La noche fresca me golpeó el rostro cuando salí de la acalorada discoteca. Me tambaleé al dar un par de pasos al taxi que me esperaba. Lo llamé cuando iba camino a la puerta principal, tenía que llegar a casa sano y salvo, no traía auto porque habíamos venido todos en el auto de Keith. No necesitábamos llamar la atención con nuestros ostentosos autos y por seguridad era mejor uno solo. En el trayecto a casa mi cabeza estaba llena de preguntas y bajo los pocos efectos del alcohol todo me daba más vueltas. ¿Qué hacía ella aquí? si nuestros caminos se habían separado hace meses y las cosas no habían terminado para nada bien que no creía volver a ver a Estela. La cantidad de preguntas sin respuestas que me atormentaban en el trayecto a casa. ¿Por qué vestía los colores del rival? ¿Con quién andaba en el club? ¿por qué se había ido? ¿Con quién se estaba quedando? No recuerdo haber visto a alguna de sus amigas o algún rostro conocido que la acompañara, pero era la extraña sensación de querer escuchar su voz lo que me inquietaba. Inseguro tome valor, saqué mi celular y marqué su número de memoria. Un tono, dos tonos, conforme la llamada iba avanzando mis esperanzas se iban desvaneciendo, en el cuarto tono me mandó al buzón de voz. Intenté una vez más, no tuve éxito. Una pequeña lágrima corrió por mi mejilla, la desilusión en mi pecho me hizo sentir arrepentido de mi arranque. ¿Por qué no respondió? si todo hoy indicaba que deseaba verme y hablarme. Le pagué al chofer y me bajé del auto con el corazón apachurrado.
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