Mis compañeros de equipo y yo volvimos al campo motivados para remontar. Teníamos un solo objetivo pero la alegría y la motivación se desmoronaron a los diez minutos cuando el delantero rival corrió por toda la banda y anotó el tercer gol.
—¡Maldita sea! —gritó el entrenador enojado en la banca. No lo calentaba ni el sol, las mejillas más rojas por el enojo que por el frío.
Por suerte, el gol fue anulado gracias a que el jugador se encontraba fuera de lugar. Aun así, necesitábamos ganar o conformarnos con el empate, obtener un punto y no perder el liderato de la liga. Sin embargo empatar era para mediocres y nosotros íbamos por todo o nada.
Era demasiado competitivo como para perder, y después de todas las críticas hacía mi necesitaba reivindicarme. Era mi momento de hacer algo por el equipo y por la afición.
Tenía que enseñarles que el chico de veintitrés años aún tenía mucho por dar.
El reloj marcaba el minuto 60 cuando me llamaron para entrar a la cancha, sustituyendo a nuestro número 9: John Bravo.
Tan pronto pise el campo y la voz del estadio anunció mi nombre, la afición estalló entre ovaciones y abucheos. Ignoré a todos aquellos que me insultaban y entré en mi zona.
Esta era mi noche. Lo podía presentir.
Entre Keith, Chase, Memphis y yo logramos establecer un ritmo de juego más dinámico, las oportunidades eran más claras pero aún no eran suficientes. El juego estaba siendo más físico de lo que esperábamos, las faltas y los insultos por parte del Liverpool nos desestabilizaban cada dos minutos. No podíamos dejarnos manipular, debíamos ser mental y físicamente más fuertes.
El sudor corría por mi frente, mi pecho subía y bajaba agitado, los músculos de las piernas comenzaban a hormiguear protestando por un pequeño descanso. El tiempo corría y corría y no se detenía por ninguno de nosotros, ni siquiera cuando nos concedieron el saque de banda.
Uno de los niños recogebalones, se encargó de lanzarme la pelota más cercana y así perder el menor tiempo posible.
Los gritos de los aficionados no disminuian con cada paso que daba, mi capacidad de bloquear los sonidos a mi alrededor no estaban funcionando, las palabrotas y los insultos se hacían más fuertes y claros conforme llegaba al borde del campo. Todos sabíamos que no podías ver a la afición cuando estabas dentro de la cancha, que tu capacidad auditiva tenía que reducir los ruidos de la bestia que podía ser el campo de fútbol. En especial los estadios que estaban diseñados para que la acústica del lugar se escuchará aún más fuerte e intimidar a los rivales como lo eran los estadios nuevos. Entrar en la zona como muchos lo llamaban una vez pisabas el verde y mojado césped era una parte importante de las capacidades del jugador.
Era una regla de oro.
La presión del momento me llevó a levantar la mirada a la grada frente a mi y de repente el caos en el estadio se silenció. Todo a mi alrededor pareció detenerse, el reloj dejó de contar los segundos, mis compañeros y la afición dejaron de moverse, inclusive mi cuerpo se había paralizado. No había musculo que me hiciera caso, solo mi corazón palpitando desbocado, el sudor seguía corriendo por mi rostro y no importaba cuántas veces parpadeara, ella no desaparecía.
En una grada donde todos vestían azul ella, vestía rojo.
Habían pasado meses, meses desde la última vez que nos vimos y no esperaba que nuestro reencuentro fuera así. Ella vestida con los colores del rival. La observé detenidamente, se miraba diferente: más delgada, su cabello largo ahora era corto, había cambiado su característico color castaño por el rubio cenizo que resaltaba sus finas facciones y sus hermosos ojos color miel. El cambio la hacía ver más madura. Aun a la distancia podía ver su belleza y sentir el olor de su perfume porque Estela siempre olía a helado de vainilla. Nuestras miradas se encontraron y me regaló una media sonrisa o más bien una sonrisa tímida como la primera vez. Ver el color de sus mejillas ruborizarse me hizo sentir vivo. Fue ver un destello de luz al final del túnel.
El silbato del árbitro me regresó a la realidad.
—¡Kyle! ¡Suelta el maldito balón! —gritó uno de mis compañeros furioso.
Confundido con la situación, aún idiotizado por el momento, lancé el balón a mi compañero más cercano reanudando el partido que teníamos que ganar.
Volteé rápidamente a ver el cielo despejado, la noche en su pleno esplendor llena de estrellas que se lograban ver aun con las enceguecedoras luces del lugar y después a la gran pantalla en la cabecera norte del estadio donde mostraba el marcador y quedaban diez minutos antes de que se acabara la función.
—Tiempo suficiente —pensé, corriendo a un costado de Keith.
Solté un fuerte suspiro y dejé caer todas las presiones y expectativas que habían colgado sobre mí.
La única crítica que importaba estaba ahí entre la afición y estaba dispuesto a dejarla sin palabras. En especial porque vestía de rojo y no de azul.
El partido continuó, Chace robó el balón en el medio campo y corrió quitándose a algunos jugadores mientras yo lo acompañaba por la banda izquierda. Este al ver que iba solo me cedió el balón el cual controlé con mi pie hábil y conforme me acercaba al área de gol el portero permanecía más alerta. Por la derecha también venía Memphis controlando a la defensa rival, era cuestión de segundos antes de que me alcanzaran, la portería estaba abierta frente a mí, levanté la vista y en microsegundos visualicé todas las opciones posibles. La esquina superior derecha era la más viable, no lo pensé dos veces planté mi pie izquierdo sobre el césped y con mi pie derecho golpee el balón en la dirección y lugar que deseaba. Conté, uno, dos, tres y el estadio estalló extasiado.
En cuestión de segundos mis compañeros llegaron a abrazarme y festejar. La espalda me picaba de todas las palmadas de felicitación que había recibido pero a mí solo me importaba una sola persona. Me golpeé dos veces el pecho sobre el corazón y después levanté el dedo índice señalando al cielo. Esa era la señal que hacía cada que le dedicaba un gol a Estela, tan pronto lo hice busqué en la grada donde se encontraba para ver su reacción, y si, ahí estaba, sonriendo. Una sonrisa apenas visible entre los destellos de los fotógrafos y las luces cegadoras del estadio.
Deseaba poderla abrazar pero la euforia del momento me lo impedía y aún seguíamos perdiendo. Memphis volvió a mover el balón rápidamente, tomando al Liverpool mal parados y distraídos. Keith lo siguió en todo momento hasta el otro lado del campo y al ser el más libre de todos, Memphis le cedió el balón. El número veintiuno recortó al portero y tiró a gol.
El estadio una vez más volvió a estallar eufórico, las gradas casi se caían extasiados. Habíamos empatado en menos de cinco minutos y aún nos quedaban cinco más por jugar.
Teníamos esperanzas de ganar. El tercer gol cayó en el último minuto, cortesía de Memphis.
El árbitro dio por terminado el partido, la afición y mis compañeros celebraron extasiados. Este sin duda sería el partido más memorable de la temporada. Logramos una victoria que parecía imposible, para muchos un milagro, para mi un peso menos.
En general no había considerado mi actuación como la mejor, pero estaba satisfecho con lo logrado. Sentía que al fin había recuperado mi confianza y mis habilidades para el juego, me sentía como un superhéroe que recuperaba sus poderes después de derrotar al malo.
Por primera vez me nombraron jugador del partido y con el reconocimiento en mano deseaba ir a buscarla, escuchar su voz, poder abrazarla y arreglarlo todo. Me quedé con las ganas porque al voltear a su asiento, Estela ya no estaba.
—Felicidades Kyle, has tenido una noche sensacional —felicitó el periodista, un hombre de mediana edad pulcramente vestido con traje gris— ¿Crees que al fin veremos al Kyle Reinhardt que tanto prometiste en acción?
—En definitiva, creo que este es solo el comienzo —afirmé aún agitado.
—Sabemos que no has tenido un buen inicio de temporada y que te ha costado adaptarte. Sin embargo, creo que hoy has demostrado el nivel que la gente esperaba de ti. Cuéntanos: ¿cuál fue el truco?
—Digamos que hoy tuve un poco de inspiración… alguien importante para mí.—respondí y di por terminada la entrevista antes de que mencionaran algo que no deseaba escuchar.
El momento era demasiado bueno para arruinarlo con la crueldad de las preguntas.
El eco de los cantos aún flotaba en la atmósfera del vestidor, mi teléfono vibraba con mensajes, llamadas y felicitaciones, pero yo no respondí porque ninguno de los mensajes era el que deseaba.
—¡Qué buen gol! —gritó Keith en el momento que pise el vestidor— ¡El starboy ha vuelto!
—Esto hay que festejarlo —Se unió Memphis colocando una mano sobre mi hombro— Vienes con nosotros, ¿verdad?
—¡Sí, Kyle! No aceptamos un no por respuesta.
Me encogí de hombros, estaba dispuesto a negarme pero ante su insistencia al final, accedí.
Celebrar con mis amigos ya no sonaba como una mala idea.