Lancé mis espinilleras con odio en el fondo de mi casillero. Tras escuchar el once inicial del próximo partido, la furia y la frustración me habían sobrepasado. Estaría en el banquillo, una vez más.
—¡Viejo, tranquilo! Vas a romper algo —habló Chase, mi compañero de equipo sentado en el otro extremo del vestidor.
—¡Otro puto partido en la banca! —me quejé sentándome y cubriéndome la cara con las manos en frustración— ¿Por qué no puedo jugar como antes? ¿por qué me cuesta tanto?
Han pasado seis meses desde que llegué a Londres de los cuales no han sido los mejores. A simple vista uno pensaría que me estaba yendo de maravilla, pero desde mi debut los medios me habían criticado, juzgado y destrozado de maneras que no podía ni imaginar.
No había comentarista que no mencionara mi falta de talento, que yo estaba sobrevalorado y que la cantidad de dinero que el equipo pagó por mí había sido una burla.
No los culpaba, fueron seis meses en los que debía estar en mi mejor nivel y cumplir con los goles que prometí. Aun así no importaba cuánto me esforzara, cuantas horas extras entrenara, los goles no llegaban. Era casi como si hubiera olvidado cómo hacerlo, en realidad, parecía que había olvidado cómo jugar fútbol.
En tan poco tiempo, la caída de mi carrera había sido abismal, en un mes pasé de ser titular a ser banca y con un poco de suerte, sustituto en algunos partidos. Pero cuando el equipo necesitaba de mi ayuda, yo no respondía.
Ser rechazado por no encontrarme en forma sólo hacía que mi frustración fuera en aumento.
¿Qué más necesitaba?
Pasaba horas extras entrenando en el campo y en el gimnasio y aunque ciertamente mi aspecto físico había mejorado, mi talento parecía haber disminuido. Los músculos de mis piernas habían crecido al igual que mis brazos y mi complexión delgada había desaparecido. Un cuerpo más atlético, más fuerte y considerablemente más ágil y rápido.
Las visitas al psicólogo se habían vuelto más recurrentes. Por las tardes sacaba a Baku a pasear al parque más cercano o llamaba a mamá para desahogarme como cuando tenía doce y aunque ella buscaba las palabras para reconfortarme y animarme, ciertamente no mejoraba. ¿Qué más necesitaba? La presión era demasiada y el remedio era pobre. No quería admitir lo que muchos me decían, Estela se había llevado más de lo que imaginé, con ella se había ido mi chispa.
—Tranquilo —colocó una mano sobre mi hombro, tratando de reconfortarme y hacerme sentir mejor pero nadie podía hacerlo—. Yo también pasé por eso cuando recién llegué, dale tiempo al tiempo. Es difícil cuando tienes hambre de goles, de demostrar tu talento. Las cosas no fluyen cuando las fuerzas, ni cuando te exiges demasiado. Esta es una liga totalmente diferente a la que estábamos acostumbrados, es más demandante; los partidos son más y los días de descanso son menos.
Asentí para darle la razón.
Conocía a Chase Kodrić desde hace varios, mientras yo jugaba en el Bayer Leverkusen él jugaba en el Borussia Dortmund, era de las pocas personas que conocía lo difícil que podía ser cambiar de país y equipo. Antes éramos rivales y ahora éramos amigos con un mismo objetivo. Nuestra amistad era diferente, a pesar de que antes éramos rivales Chase era el único que me había conocido con Estela a mi lado.
Las cenas de caridad y las premiaciones de fin de temporada nos habían hecho coincidir y en una ocasión nos habían sentado en la misma mesa. El día que me entregaron el galardón a joven talento, ese día fue nuestra última presentación en público juntos y el día que me puso en el radar de muchos equipos.
Me quité los taquetes de fútbol y tomé mis cosas para dirigirme a las duchas. No tenía caso estar en la banca con el uniforme cuando el entrenador ya había dejado claro que hoy no iba a jugar.
Los directivos lo iban a ver como un berrinche, no lo era.
Estaba cansado, pero era una fatiga mental más que física.
Las palabras de Chase hicieron eco en mi mente, en lo más profundo sabía que tenía razón pero cómo dejar que el tiempo pusiera las cosas en su lugar cuando el equipo me necesitaba.
La sobrecarga emocional me arrastraba fuera del campo, deseaba poder cerrar los ojos y apagar mi mente un par de minutos. Que difícil era mantenerse de pie cuando dormía pero no descansaba, cerrar los ojos pero escuchar a la voz interna una y otra vez.
—¿Qué haces? —preguntó una voz al otro lado del vestidor.
Olvidé que Chase y yo no éramos los únicos en el vestidor. Aunque la mayoría del equipo ya se había ido aún quedaban un par más: Memphis Kane y Keith Blackwell eran los otros dos compañeros con los que había creado una buena amistad desde mi llegada.
Eran la clase de amistad que esperabas crear dentro y fuera de la cancha. Cruelmente honestos.
—Cambiarme —expresé como si fuera obvio— Si no voy a jugar no tiene caso que me ponga el uniforme.
—¿Lo dices de broma? —preguntó Keith frunciendo el ceño—. No puedes cambiarte, nunca sabes cuándo te vamos a necesitar.
—No me necesitan —respondí tajante— no me han necesitado en seis meses, dudo mucho que hoy haga la diferencia.
—¡Kyle! —se unió Memphis con voz irritada mientras se ajustaba la banda de capitán en el bícep izquierdo—. ¡Deja de hacerte el mártir y ponte los malditos taquetes!
—Los partidos contra el Liverpool nunca son fáciles —dijo Chase— esta puede ser tu oportunidad.
Sin decir nada más y dejándome con la palabra en la boca los tres salieron del vestidor.
Ellos tenían un partido que jugar y yo uno que observar.
Odiaba tener que ser un espectador más, un aficionado más con las manos en los bolsillos evitando que se me congelaran.
El primer tiempo comenzó y lo que nosotros dábamos por un rival fácil resultó ser todo lo contrario. Las cosas se estaban complicando más de lo esperado y el triunfo parecía imposible después de que nos metieran dos goles.
Cuarenta y cinco minutos después entramos al vestidor cabizbajos y decepcionados con el rendimiento tan pobre que habíamos demostrado. Los errores de nuestra defensa y la falta de comunicación era lo que nos tenía en desventaja.
Mi pequeña rabieta temprano había sido un chiste en comparación a la del entrenador al entrar al vestidor. Su rostro enrojeció con cada palabra y grito que salía de su boca, regañó a mis compañeros por los errores tan absurdos que habían costado caro.
Nosotros no éramos lo suficientemente ofensivos para meter un gol. No podíamos darnos el lujo de perder, ni siquiera empatar debía ser una opción. Porque considerar un empate era un pensamiento mediocre.
—…hemos trabajado duro para este día, sangre, sudor y lágrimas y ¿todo para qué? ¡Si han jugado horrible! No puedo creer que no sean capaces de completar un pase. ¡Un maldito pase! No nos han metido más goles de milagro —gritó el entrenador Harris furioso llamando la atención de todos. Recorrió el vestidor con la mirada y la mandíbula apretada—. Keith necesito que recuperes la pelota en esta zona —Señaló en el pizarrón el centro del campo que sufría de nuestra mala comunicación y donde mayormente perdíamos la posición— Levanta la vista y observa tus opciones ¡te necesito atento! Chase y Memphis necesito que dejen sus egos aquí en el vestidor y comiencen a jugar como equipo ¡comuniquense! La portería es muy grande para que fallen horrorosamente jugadas tan simples.
Era la primera vez que me tocaba un regaño como ese y yo ni siquiera estaba jugando, pero éramos un equipo y un equipo se mantenía unido aunque uno no jugará.
—¡¿Quieren ganar la liga?!
—¡SÍ! —gritó todo el vestidor al unísono.
—Entonces, ¡SALGAN A GANAR! —demandó palmeando la espalda de mis compañeros más cercanos y todos comenzaron a gritar y aplaudir extasiados.
Rumbo a la cancha antes de que pudiera salir del vestuario, una mano me detuvo.
—¡Reinhardt! —llamó— ¿Por qué no traes el uniforme?
—Porque… —titubeé, nervioso.
Memphis me había advertido y no le hice caso.
—¡Cambiate! Keith, necesita compañía en el medio campo —ordenó frunciendo el ceño— Ésta es tu noche, muchacho.