Capítulo 5: Pasan los años y cada vez son más difíciles de lidiar

1926 Words
La mañana siguiente me levanté tarde, algo que ocurría muy poco. Tenía meses sin dormir como realmente debía, para mí era más fácil quedarme despierto y llorar. Llorar hasta la última lágrima y después quedarme dormido por el agotamiento. Los días pasaban y las lágrimas ya no eran las mismas pero el vacío se seguía sintiendo igual. Lo malo era que el cuerpo entraba en modo reposo pero mi mente quedaba activa y era la parte más desgastante. La depresión con la que vivía no era fácil ni siquiera para los doctores quienes habían considerado medicarme pero yo me negué. No necesitaba arriesgarme a salir positivo en algún antidoping y que me castigaran aun cuando todo era controlado y aprobado por los médicos. Los días tranquilos eran pocos, cuando al día siguiente había que viajar a España para jugar un partido de Champions. Me duché tranquilamente, sin prisa ni presiones, únicamente mi música y la presencia de Baku en algún lugar de la casa. La ducha era de los pocos lugares que me relajaba y me hacía sentir tranquilo, la calidez del agua y el aroma fresco de mi champú. Me vestí con mis shorts grises y mi camiseta blanca para estar tranquilo en casa. Baje a mi pequeña pero amplia cocina y saque el refractario de vidrio con el desayuno listo para calentar. El chef privado que nos proporcionaba el equipo había dejado comida para los próximos dos días. Algo demasiado sencillo para él pero demasiado exotico para mí, los huevos revueltos habían evolucionado a algún guisado con pan y que cumplía con mi régimen alimenticio. Tomé el refractario y lo calenté unos minutos en el microondas mientras me asomaba por la puerta corrediza al patio trasero. El sol brillaba como indicio de que la primavera estaba cerca, despidiendo los días grises y blancos de invierno. A pesar del frío hacía buen tiempo para desayunar al aire libre en la mesa de jardín que se encontraba al cruzar la puerta de cristal. Algunos pajarillos ya habían vuelto y cantaban en sinfonía y el fresquito del aire me abrazaba mientras me sentaba en la silla de metal y disfrutaba de mi comida. Los restos de césped quemados por el frío y la nieve pronto volverían a su verde brillante junto con las flores marchitas de la pequeña jardinera de piedra en el otro extremo del jardín. Inhalé profundo disfrutando el pequeño momento de paz entre el caos. El caos que era mi trabajo, la prensa y mi vida. Encontrar apetito cuando no lo había, sueño cuando había insomnio y tranquilidad cuando el monstruo de la ansiedad me dominaba parecía casi imposible. En realidad este pequeño momento en la tranquilidad de mi nueva casa hace unos meses sonaba como algo imposible, un chiste a mi parecer. El insistente timbre de la casa me sacó de mis pensamientos. Solté un bufido irritado mientras caminaba a abrir la puerta principal. —Mamá, ¿qué haces aquí? —pregunté, sorprendido. —¿Así es como recibes a tu madre? —respondió, colocando una mano en el pecho haciéndose la indignada. —Pasa, pasa —Me agaché para abrazarla y darle un beso en la mejilla—. Es solo que no esperaba tu visita —confesé, aturdido dejándola pasar. —Si respondieras los mensajes en el grupo familiar… —alzó la ceja. Su mirada me recorrió de pies a cabeza y torció la boca en disgusto al ver mi vestimenta. En comparación a ella, que portaba elegantemente cada una de las joyas y el conjunto color hueso que hacía resaltar sus finos labios rojos yo desentonaba con su belleza. Lina, mi madre me observaba intrigada esperando una respuesta. —Deje el celular en mi habitación —mentí para no confesar que en realidad había silenciado ese grupo y muchos más. El constante brillar de la pantalla indicando un nuevo mensaje disparaba mi sistema nervioso, porque ningún mensaje que llegaba era de ella. —Bueno —torció la boca poco convencida—, igual tenía que venir a felicitar a mi bebé después de su magnífica actuación ayer. Me volvió a abrazar, esta vez más efusiva, su cabeza apenas sobrepasaba mi hombro y sus brazos me estrujaba con la poca fuerza que tenía. Le correspondí el abrazo pero no sentí la misma alegría. —No creo que haya sido mi mejor actuación —Me encogía de hombros restando importancia—, además solo es mi trabajo… —¡Kyle! No empieces —reprendió y me quedé quieto. Era la voz que usaba cuando nos llamaba la atención a mis hermanos y a mí. Un par de tonos más graves de lo habitual—. Todos sabemos el trabajo que te costó volver a confiar en tí, no te menosprecies. Adempas, sé que este es el primer paso para volver a brillar después del daño que te causó, Estela. Sus palabras me abordaron como una ola y no pude evitar apretar los labios. No quería llorar, pero frente a mamá nadie se podía hacer el fuerte y sentí como mis ojos picaban conteniendo las lágrimas. Hace tiempo que mamá mencionaba a Estela cruelmente con la esperanza de que un día ya no me doliera. Ese día aun no llegaba y su nombre seguía lastimando como el primer día. Mi madre me observaba esperanzada de que este pequeño logro fuera el gran cambio para mi vida, sin embargo había un pequeño detalle que aunque deseara esconderlo, no podía. —Ayer la miré… —susurré avergonzado. Frunció el ceño confundida— a Estela. Su rostro se transformó, la blanca sonrisa que tenía hace unos segundos desapareció en una línea recta. —¿En tus sueños? Negué efusivamente. —La miré en el estadio y después la volví a ver en la discoteca… —expliqué caminando de regreso a la cocina y sintiendo sus pasos seguirme muy de cerca— y no pude evitar llamarla. Tragué saliva fuertemente cada palabra quemaba más que la otra y el recuerdo de la noche anterior flasheaba en mi memoria aún fresco. Podía ver su delicado rostro, su nuevo corte de pelo y su inocente sonrisa, aún recordaba el sonido del buzón de voz como música de fondo a la distancia. Recordad la noche anterior y narrar en voz alta sonaba descabellado, incoherente y un sueño. —¿¡La llamaste!? —preguntó escandalizada. Por suerte sostenía su bolso con fuerza entre sus manos porque temía que la fuera a lanzar sobre mi cabeza. Mamá era de las pocas personas que amaba a Estela, pero de un tiempo para acá parecía guardarle cierto rencor. El amor que le tenía se había convertido en odio, mencionar su nombre era más tema de discusión que de conversación. —¿No crees que ya deberías dejarla ir y seguir con tu vida? —La dulzura en su voz reemplazada por la fría crueldad— No estaríamos aquí si yo me hubiera aferrado a la pérdida de tu padre... —¿Viniste a sermonear? —repliqué molesto rodando los ojos irritado. No era la primera y al parecer ni la última vez que discutiremos el tema— Todos vivimos los duelos de diferente manera. Son procesos diferentes y el tuyo y el mío no son lo mismo. Mamá no hablaba mucho de la muerte de papá y ni cómo eso la había afectado. Lukas, mi padre falleció de un paro cardiaco cuando yo tenía doce años. Su recuerdo dolía no solo para ella sino para mí también. Hablar de él y compararlo con mi situación me parecía injusto. —No, no vine a eso —respondió molesta cruzándose de brazos—. Vine porque veo que se te olvidó qué día es. Fruncí el ceño antes de caer en cuenta de la fecha. Sentí como la sangre se me iba a los pies. Hablando del rey de Roma. Hoy era su aniversario luctuoso. Guardé silencio avergonzado. ¿Qué se podía responder para no alimentar su furia y no quedar como el peor hijo? La mejor respuesta era no dar respuesta. —Cambiate, tus hermanos no tardan en llegar. No objeté ante su orden y en total silencio caminé a mi habitación. Me vestí en un conjunto de pantalón y sobre camisa color verde olivo de las pocas prendas que no eran de color n***o que habia en mi guardarropa, el color n***o hoy no se usaba. Mamá lo había prohibido, decía que ese color solo le recordaba tristeza y papá era alegría, así que teníamos que conmemorar de cualquier otro color. Diez minutos después mientras me abrochaba los tenis escuché un claxon sonar, mis hermanos habían llegado. Lo sabía porque Kylian era el único que llegaba haciendo un escándalo. Ver a mis hermanos mayores era más una patada en el trasero que una alegría pero aun así me alegraba poder pasar un rato con ellos. Después de la muerte de papá a todos nos había tocado crecer muy rápido. Kal inconscientemente y bajo la presión social había adquirido responsabilidades que no le correspondían, había creado la necesidad de ver por nosotros y nuestro futuro aun cuando la diferencia de edad no era demasiada. Cuatro años de diferencia Kal los había convertido en quince. Por otro lado estaba Kylian quien era todo lo contrario y evitaba las responsabilidades y los problemas a todo costa, pero él era el causante número uno de todos nuestros dolores de cabeza. En cambio a mí, el fútbol me había consumido y los problemas de casa con Kylian y Kal habían dejado de ser míos cuando cumplí dieciséis. Mamá no solo había perdido a su esposo, sino a sus hijos también. —Pensé que después de tanto habías olvidado cómo jugar fútbol —Se burló Kylian tan pronto me subí a su auto. —Siempre es un gusto verte, Kiki —respondí, sarcástico. Kylian soltó una carcajada y mi madre le dio un ligero golpe en la cabeza advirtiéndole. No peleas entre nosotros era la segunda regla. La regla que más nos costaba cumplir porque la testosterona a veces nos ganaba. —Al menos uno si tuvo futuro… —habló Kal sentado en el asiento del copiloto. Apreté los labios evitando soltar una risita, no quería un jalón de orejas en advertencia también. Porque la única excepción a la regla número dos, era el hermano mayor. A Kal difícilmente se le regañaba. Los tres habíamos empezado en el mundo del fútbol al mismo tiempo, aunque la realidad era que yo no tuve opción. El sueño futbolístico comenzó por Kal, él era el que insistía en que lo llevaran a jugar fútbol y por cuestiones de tiempo y practicidad Kylian y yo no tuvimos opción. Era más sencillo tenernos a los tres juntos que dejarnos elegir y dar mil vueltas. Diez años después nadie hubiera imaginado que el único con el talento y disciplina suficiente para debutar a nivel profesional, fui yo. Honestamente, mis hermanos también tenían el potencial para llegar a primera división. Kal era diestro con el balón casi como si fuera una extremidad más de él, pero tras la muerte de papá decidió que los negocios se le daban mejor y por eso se había convertido en mi agente. Kylian, por otro lado, tenía el talento pero no la disciplina y aun así me atrevería a decir que de todos era el que mejor futuro tenía, hasta que un soplo en el corazón le impidió seguir jugando y con el antecedente de papá prefirió volverse modelo. Entonces, yo me había convertido en la esperanza de ellos.
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