Capítulo 11
Punto de vista de Gabriella
Durante los últimos días me había quedado en el trabajo hasta tarde. Quería que mi primer proyecto saliera lo mejor posible. Estaba estresada, no solo porque todo tenía que ser perfecto, sino porque también debía presentarlo.
Lo peor era que no estaba de acuerdo con las cifras del plan de presupuesto. Por eso, una noche estaba sentada en mi escritorio, revisando una y otra vez los documentos, cuando un guardia de seguridad se acercó alumbrándome con una linterna directamente a los ojos.
—¿Eres tú otra vez? — preguntó entornando los ojos, y al cabo de un segundo reconoció mi rostro y apagó la luz.
—Sí, por desgracia —respondí, exhausta.
—Vete a casa ya, ¡o te vas a convertir en el señor de arriba! —dijo señalando el techo con la linterna.
Claramente mis neuronas ya no funcionaban, porque le pregunté:
—¿En Bogo?
Me miró con lástima.
—No, en nuestro presidente. Él también está siempre en el vestíbulo después de horas.
Ah. Se refería a Adrián. Supongo que sí, ya era hora de irme a casa.
—Tienes razón. De todos modos, mi cerebro ya no da más —asintió el guardia, y empecé a recoger mis cosas.
Entré al ascensor y, para mi mala suerte, cuando las puertas se abrieron me encontré con el mismísimo director general. Juro que el señor Elder lo había invocado desde su cueva de oficina. Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que él lo rompió.
—¿Por qué sigues aquí?
—¿Cómo decirlo...? Me falta dinero y he estado trabajando medio tiempo como guardia de seguridad del edificio —dije en tono irónico.
—Si trabajaras como guardia de seguridad, no quedaría nada que proteger después de dos días —respondió riéndose.
—Gracias por confiar en mis capacidades —murmuré.
—Ey, no exageres. Por eso te di dos días completos libres —bromeó, guiñándome un ojo.
¿Estoy tan cansada que estoy alucinando? Entrecerré los ojos para escudriñarlo mejor. ¿Qué pretende este hombre?
—¿Por qué actúas así? —pregunté con suspicacia.
—¿Así cómo? —me devolvió la pregunta con desconcierto.
Oh no... definitivamente estaba delirando por el agotamiento. Salimos del ascensor.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó con naturalidad.
No... No quiero nada de él.
—No, gracias. Estoy bien sola —respondí, y me subí a un taxi.
Al día siguiente, Adrián volvió a ser sospechosamente amable conmigo. No sabía cómo sentirme al respecto. Cuando se burlaba de mí al menos tenía claro su papel, pero esa versión amable... me descolocaba.
—No me dijiste ayer por qué te quedaste tanto tiempo después de hora. ¿Hay algún problema con el proyecto? —me preguntó cuando le llevé los papeles a su oficina.
—...Sí. En realidad tengo un problema —respondí sin pensar demasiado. A veces hablo demasiado rápido y pienso demasiado lento.
—¿Qué problema? —levantó una ceja—. Si quieres, puedo ayudarte.
Ahora sí estaba completamente en shock.
—Prefiero hacerlo sola —dije rápidamente, retrocediendo hacia la puerta.
—Sabes que pedir ayuda no es signo de debilidad, ¿verdad? Lo es negarse por orgullo —añadió.
—¿Fuiste a algún extraño curso motivacional y ahora estás activando alguna frase de autoayuda? —le pregunté desconfiada.
—Muy graciosa. En serio, si necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme —asentí y salí rápidamente.
Pediré ayuda... ¡pero no a él! Parece que olvidó que somos enemigos.
Efectivamente, pedí ayuda. Acudí a Aurora porque había un detalle técnico que no podía resolver. Afortunadamente, encontramos rápidamente el origen del problema y mi parte del proyecto quedó terminada. Unimos todas las secciones del equipo y se lo dimos a Aurora para que lo evaluara. Por suerte, todo estaba en orden. Solo quedaba la parte más riesgosa: presentarlo ante los inversores.
El lunes, día de la presentación, estaba increíblemente estresada. Un grupo de personas importantes ya estaba sentado en la sala, con Adrián a la cabeza. Nosotros íbamos a presentar por Skype ante los inversores.
Caminaba de un lado al otro frente a la sala de conferencias, repitiendo mentalmente lo que iba a decir.
—Todo va a salir bien —me tranquilizó Antonio.
—¡Exacto! Estaremos junto a ti, así que si pasa algo, te ayudamos —añadió Ginevra.
Pero sus palabras me hicieron pensar en algo importante:
—¿Y Beatriz? ¿Dónde está?
Por mí, podía no venir. Estaba de acuerdo con Ginevra. Pero era un proyecto conjunto y ella debía estar allí.
Justo cuando íbamos a entrar, apareció corriendo.
—¡Menos mal que aún no han entrado! Vengo del departamento técnico. Aurora nos dijo que sustituyéramos el portátil por otro, porque al parecer se venció la licencia de un programa en el original. Aquí tienes este — me entregó otro ordenador.
Le vacié el contenido del portátil y traté de controlar mi respiración.
Poco después, nos llamaron para entrar. Me ocupé de conectar el portátil al proyector. Sentía todas las miradas clavadas en mí, lo que no ayudaba a mi ansiedad. Abrí el portátil para comprobar que todo funcionaba y... fue como si el tiempo se detuviera.
En la pantalla del portátil y proyectado para todos… se reprodujo una descarada película para adultos. Los gemidos invadieron la sala desde los altavoces, y me quedé paralizada, blanca como una hoja. Cerré el portátil con rapidez, pero ya era demasiado tarde. Todos me miraban incrédulos. Adrián parecía querer hacerme trizas.
Aurora, roja de la vergüenza, se me acercó como un huracán.
—Será mejor que esperes aquí el resultado de la presentación — dijo —. Beatriz presentará el proyecto.
—Aurora, escucha, yo…
—No soy yo quien debe escucharte. Estoy segura de que Adrián querrá hablar contigo después. Tengo que volver a la sala — dijo y se marchó.
Me quedé sola en el pasillo, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. ¡Esa maldita me tendió una trampa! No puedo creer que haya sido tan ingenua. Quedé como una tonta frente a todos por confiar en ella.
La presentación duró treinta minutos. No pude sentarme ni un segundo. Cuando todo terminó, la gente empezó a salir de la sala. Adrián salió como un huracán y se detuvo al verme.
—Te quiero en mi despacho en cinco minutos — gruñó entre dientes.
Intenté calmar las cosas.
—Escucha, puedo explicarlo. No es lo que piensas...
—¡Aquí no! —gritó tan fuerte que media oficina nos volteó a ver. — Hablamos arriba — añadió con un tono más bajo al notar las miradas—. Espero que tengas una buena explicación.
Se dirigió al ascensor. Estoy jodida.
Ginevra y Antonio se acercaron. Fue una alegría verlos, aunque ver a Beatriz, orgullosa de sí misma, recibiendo felicitaciones, me revolvió el estómago.
¡Ya verás lo que es una presentación de éxito!
Intenté acercarme, pero Antonio me detuvo.
—Gabriella, no lo hagas —me dijo con calma—. Harás un escándalo y eso es justo lo que ella espera.
—¿Y debo dejarla ir así como así? ¡Estoy furiosa!
—No se trata de dejarla ir. Pero no sabemos qué más tiene planeado. Hay que pensar con cabeza fría — agregó Ginevra, más sensata de lo usual.
Respiré hondo. Tal vez tenían razón. Una discusión pública no me ayudaría, pero tampoco dejaría pasar esto sin exponer quién fue la verdadera culpable.
—Tienen razón. No tiene sentido discutir. Es su palabra contra la mía. —Miré a Antonio—. Déjame ir. No voy a hacer una estupidez.
Me miró con desconfianza, pero tras dudar unos segundos, me dejó.
—Tengo que subir. Como puedes imaginar, el jefe me han llamado a rendir cuentas.
—¿Podemos ir contigo y contar lo que pasó? —ofreció Ginevra.
—Gracias, pero tengo que enfrentarlo sola —dije, caminando hacia el ascensor.
Subí con el corazón en la garganta. Al llegar al piso, lo primero que vi fue a una Lucrecia aterrorizada.
—No entres ahora —me susurró—. No sé qué pasó, pero está tan furioso que creo que...