Capítulo 10

1459 Words
Capítulo 10 ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Punto de vista de Gabriella‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Llegué a casa y arrojé las llaves con fuerza sobre la cómoda. Me sentía como si me hubieran pasado 20 camiones por encima. Me dejé caer en el sofá, agotada.‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —¿Gabriella o Ginevra? —escuché la voz de Livia desde su habitación. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —. ¡Soy una Ladrona! — grité.‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —Si estás buscando dinero, encantada te ayudo a buscarlo —respondió divertida, entrando a la sala. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —No exageres, no vivimos tan mal. Este es el mejor barrio de la ciudad — dije. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Te despidieron?‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —Gracias por la confianza… — dijo, rodando los ojos —. No, pero casi. Le conté un resumen de mis desventuras del día, y al final, Livia me miró con cierta incredulidad. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —¿Y dejaste que te hablara así? Lo siento, pero eso no se parece a ti. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ —Parecía que quería destrozarme. Preferí quedarme callada, abrazada a una almohada. —Seguro se decepcionó por no haberte despedido. Aunque bueno, así al menos buscaríamos prácticas juntas. Entonces recordé algo. En medio de todo ese caos, ¡había olvidado su tarjeta de presentación! —¡Exacto! Tú aún no has encontrado nada, ¿verdad? Cuando negó con la cabeza, aplaudí emocionada. —¡Perfecto! —Wow, gracias por la efusividad —dijo, guiñándome un ojo. —¡No era burla! Lo digo porque tengo algo para ti. — Le entregué una tarjeta —. Es de un amigo de Adrián. Ofrece prácticas. Contáctalo cuanto antes. —¡Estás bromeando! —gritó emocionada. Pero al poco rato su cara cambió —. Sabes lo mal que la pasé cuando no quedé en esas prácticas… —Lo sé. Pero ya viste que no todo es como uno espera. Mira mi caso: no estoy brincando de felicidad, pero al menos tú vas a tener otras cosas geniales para disfrutar. —¿Y ahora todo el mundo tiene que emocionarse por él? ¿Qué tiene de especial ese hombre? —Cambiemos de tema, por favor. Ya tuve suficiente de Adrián por un día y solo pensar en él me duele físicamente — dije, haciendo una mueca. Ella se rió. —Entonces, si tú estás libre y yo ya no tengo que buscar prácticas, hoy podemos celebrarlo. —No estoy de humor para bailar. —¿Y quién habló de bailar? —sacó una botella del refrigerador y yo solté una carcajada. ¿Por qué no? —¡Brindemos por tu éxito! —¿Y qué tal por el mío, ya que tú conseguiste prácticas? Mejor dicho, ¡por los dos! Dos horas después ya estábamos en nuestra tercera copa. Sentados en el suelo, hablábamos de “temas profundos”. —Ok, si pudieras elegir ser una chica super poderosa, ¿cuál serías? Ver caricaturas después de beber era mucho más interesante que sobrio. Pensé un momento. —Definitivamente sería Bellota. —Pensé que ibas a elegir Bombon. —¿Por qué? —Porque es pelirroja, como tú —dijo, despeinándome. —¡No soy pelirroja! —protesté. —¿Entonces de qué color es tu cabello? —preguntó, tomando un mechón. —Castaño dudoso —respondí. Ella se rió. Estaba a punto de seguir discutiendo cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Ginevra. Su cara lo decía todo: no estaba de buen humor. —¡Recién llego y ya están bebiendo sin mí! —dijo, dejando el bolso en el suelo y sentándose a mi lado—. Dame un poco de vino también, porque hoy fue un desastre —agregó, sirviéndose ella misma. —¿También tuviste un mal día? —Cada jornada al lado de Beatriz es una pesadilla. —Eso no se discute —dije, levantando la copa—. ¿Y por qué llegaste temprano? Tomé el resto del vino de un trago y le conté mi metida de pata del día. —Ok, ganaste. Tu día fue peor que el mío. Pasamos el resto de la noche cotilleando, riéndonos y compadeciéndonos mutuamente, con el alcohol como compañía. Por la mañana me arrepentí de cada gota. Tenía una resaca espantosa. Mis ojos estaban tan rojos que parecía no haber dormido en una semana. Me maquillé, pero no hubo milagros. Salí del baño y me encontré con Ginevra. —Cuando te veo, agradezco no haber bebido contigo —comentó. —Qué amable y alentador —respondí con ironía—. Pero no se puede negar que parezco salida de una película de terror. Fuimos juntas a la oficina. La cabeza me latía como un tambor. ¡Todas esas impresoras eran un castigo! Ni hablar de la trituradora… Malgastan papel y encima hacen ruido. Me sentí aliviada cuando por fin pude subir al piso de arriba. Por lo general, la resaca me destruía desde temprano, pero hoy había aguantado. Salí del ascensor con gafas de sol, lo cual no pasó desapercibido para Lucrecia. —¿Será que hay que cambiar las bombillas? —preguntó con sarcasmo—. ¡Qué brillante todo! Me quité las gafas. —Si quiere ver un cuadro de miseria, adelante —dije. —¡Dios mío! ¿No me digas que lloraste toda la noche? —¿Qué? ¡No! Ya sé que parezco un desastre, pero solo bebí de más, nada más. Se rió, y el sonido de sus tacones me perforó la cabeza. ¿Acaso la gente no sabe que hay que hablar en voz baja en estos casos? Le hice una seña para que guardara silencio. Siguió riéndose, pero al menos sin ruido. El silencio duró poco, porque el teléfono sonó y Lucrecia contestó. —Sí… Se lo diré… —me miró—. Gabriella, ya sabes quién te llama. —¿Otra vez? ¿No hablamos ayer? Con permiso —dije en voz baja, y me dirigí a su oficina. Toqué la puerta con suavidad, no tenía fuerzas para lidiar con gritos. Entré y lo vi mirando por la ventana. —Siéntate —dijo. Y, como no estaba de ánimo para discutir, obedecí. Al cabo de unos segundos, se volteó. Su expresión había cambiado. —Quería hablar contigo sobre lo de ayer, sobre la discusión que tuvimos. —No lo llamaría una discusión. Tú gritabas y yo escuchaba. —Eso. El punto es que creo que me pasé. No quería que te sintieras mal. ¿Lo hiciste? ¡¿Qué?! ¿Eso era una disculpa? ¡No podía creerlo! Mis ojos estaban rojos, sí, pero no por llorar. Fue el vino. Me costó la vida no reírme en su cara. —Siento lo del incidente del café. Sé que fue sin querer. —¿Puedo tener eso por escrito? —No me provoques —gruñó. —Bueno, había que intentarlo. ¿Eso era todo? ¿Puedo irme? — Asintió. Me levanté y ya iba saliendo cuando volvió a hablar —Gabriella, lo que dije sobre los juegos lo decía en serio. A partir de hoy, se acabó el gato y el ratón. —No necesito que me lo repitas. Créeme, no soy idiota.
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