Capítulo 6.
Punto de vista de Gabriella
Hacía tiempo que no me divertía tanto. Ver a Adrián intentar calmarse cada vez que Lucrecia le provocaba y él no demostrarlo por sí mismo no tuvo precio. Lo mejor de todo es que Lucrecia llegó a caerme bien, así que las horas que pasé en el piso del Sr. Perpetuamente Descontento se me pasaron bastante rápido. De hecho, este trabajo era mucho más interesante que lo que hacíamos en las prácticas. Estaba harta de clasificar papeles constantemente. Quería hacer algo importante. Había muchas cosas que podía decir sobre Adrián, pero...
Era profesional en todo lo que hacía. Me costaba admitirlo incluso en mi mente, pero no podía negarlo.
—¿Has notado que últimamente el presidente es un oasis de calma? —me sacó de mi ensueño la voz de Lucrecia.
—Te dije que se llamaba Adrián, no tengamos miedo de llamar al mal por su nombre —se rió de mis palabras.
—Creo que estás exagerando un poco. Este hombre no es tan malo en absoluto, y ni se te ocurra negarlo —dijo en cuanto abrí la boca—. Veo por mí misma que poco a poco empiezas a darte cuenta. O tal vez... —me miró con suspicacia y suspendió la voz.
—¿Qué, o tal vez? —me enderecé porque tenía la sensación de que estaba a punto de psicoanalizarme.
—Nada, sólo pensé que quizás lo más sencillo es que te gusta y no puedes con ello.
—¡No seas ridícula!
—Vamos, es guapo de cojones. Solo a una ciega no le gustaría. Además, tiene algo que atrae a las mujeres.
—Por lo visto estoy ciega, ¡y por tus palabras parece que eres tú la que está encaprichada y no yo! —por Dios, no me voy a permitir creer que me gusta este hombre, ni por pequeño que sea.
—Querida, me parece que estás en negación porque esto te da mucho miedo. Diré más, tengo la impresión de que te aterroriza la sola idea de que este hombre pueda ser algo más que el enemigo número uno para ti. Además, por lo que has dicho, eran muy buenos amigos cuando eran niños. Tal vez esos sentimientos están empezando a resurgir. Después de todo, el odio y el amor están separados por una frontera muy fina...
¡Maldigo el día en que le confié a esta mujer mi pasado!
—Ahora te estás dejando llevar. ¿No eres licenciada en psicología? —frunció el ceño al oír estas palabras, pero me miró con lástima—. Me voy. —Cogí mi taza de café y me dirigí al ascensor. Por los nervios, cuando se abrieron las puertas no me di cuenta de que salía un hombre guapo y sin querer derramé el resto del café que llevaba sobre él. ¡Súper! Si se trata de algún cliente importante, Adrián, sin mirar, me estrangulará en el acto. ¡Y ni siquiera viviré para ganar!
—¡Disculpe! Lo siento mucho, ¡no me fijé en usted! —el hombre se sacudió el resto del café de las manos, pero le ensucié toda la camisa.
—Tranquila, no pasó nada —él sonrió y yo corrí a buscar a Lucrecia, que ya tenía un paquete de pañuelos en la mano para entregármelo. Los cogí y empecé a limpiar apresuradamente el café del torso del hombre y entonces oí una voz chillona:
—¡Puedo saber qué coño estás haciendo ahora mismo! —Me quedé helada. Nunca en mi vida Adrián se había enfadado tanto. Lo cual me asusta, porque le cabreo todos los días, pero esta vez me quedé sin saliva en la boca hasta que oí el tono de su voz.
—Yo... umm... —por primera vez en mi vida no sabía qué decir, lo cual hay que reconocer que no es poco logro, porque hasta ahora mi boca nunca se había cerrado. Por lo visto hasta hablo dormida, así que ¿por qué demonios me entraba ahora el pánico y no sabía qué decir? En ese momento se me ocurrió que aún tenía las manos sobre el torso del hombre. Las aparté rápidamente.
—Adrián, si hubiera sabido que tenías una nueva secretaria tan agradable, te habría visitado más a menudo —sonrió provocativamente y se me ocurrió que aquel hombre no estaba enfadado conmigo en absoluto, sino divertido por toda la situación, y que evidentemente le gustaban mis esfuerzos por limpiarle el café.
Empezaba a lamentar que el café no estuviera caliente. ¡Otro idiota me estaba provocando! Encima, parecía que no era su cliente, sino claramente un colega.
—¡Uno peor que el otro! La próxima vez mira por dónde vas —gruñí y cerré la puerta del ascensor a toda prisa, queriendo alejarme de ese lugar antes de quedarme aún más atrás.
—Hace un momento decías que eras tú quien no se fijaba en mí, no al revés —dijo acusadoramente, claramente este tipo estaba muy divertido.
—George, ¡dale un respiro! —oí las palabras de Adrián antes de que las puertas del ascensor se cerraran tras de mí.
Por una vez en mi vida quise ser amable porque me sentía culpable e inmediatamente hubo un lío. Todavía me temblaban las manos de los nervios y supongo que se me echó encima en cuanto bajé las escaleras, porque Ginevra se dio cuenta enseguida de que algo iba mal.
—¿Qué has hecho otra vez?
—Oye, ¿por qué asumes inmediatamente que he hecho algo? —gruñí.
—¿Me equivoco? —No dije nada y me senté resignada. —¡Vamos, dímelo!
—Derramé café sobre un tipo que salía del ascensor y eso enfureció tanto a nuestro director general que me quedé helada —gemí.
—Espera, ¿desde cuándo pones de los nervios a tu jefe?
Bueno... ¿desde cuándo me molesto en esto? Fue en ese momento cuando se me ocurrió otra cosa...
—Ahora vuelvo —grité y corrí de nuevo hacia el ascensor dejando tras de mí las caras de perplejidad de mis amigos. Al llegar arriba encontré a Lucrecia igualmente perpleja mientras yo entraba en el despacho de Adrián como un tornado.
—¡Gané! —grité, sorprendiendo no sólo a Adrián sino también a su compañero.
—¿De qué estás hablando y por qué entras aquí como si fueras la dueña? —se levantó y se apoyó con las manos en el escritorio, adoptando una postura de combate
—¡Gané la apuesta! Se suponía que ibas a ser amable con la gente durante quince días, y como te has enfadado conmigo hace cinco minutos, ¡considero que he ganado la apuesta!
—Espera, ¿de qué estáis hablando ahora? —preguntó el hombre en el ascensor. ¿George? Creo que ese era su nombre.
—¡Quiero decir, yo gané la apuesta y él tiene que admitirlo abiertamente! —grité señalando con el dedo a mi jefe—. Se supone que tiene que ser amable con la gente y ahora mismo no lo ha sido conmigo, así que considero que la apuesta está ganada.
—¡No has ganado nada! No estaba siendo poco amable contigo, solo te estaba haciendo una pregunta como haría cualquier persona normal.
—No sé, en mi opinión estuviste bastante desagradable en ese punto —dijo George, divertido por toda la situación.
—Gracias. Verá, tengo testigos, así que espero que cumpla honorablemente con su parte del trato, aunque la palabra honor le resulte extraña —dije y salí del despacho sintiendo la furiosa mirada de Adrián en mi espalda.