embargo, al escuchar a Zara Reyes, que obviamente no era un hombre, exponer su dilema con tanta claridad no se sintió vulnerable, sino más bien reconfortado. Había acudido al lugar acertado para encontrar la solución a su problema.
—¿Cómo sé que puedo fiarme de la mujer que usted me encuentre?
—Investigo a todas las candidatas de mi agenda a conciencia, al igual que lo hago con el cliente. Cuentas detalladas, obligaciones fiscales, hábitos personales y cualquier posible secreto familiar.
—Habla como un detective privado.
—No llego a tanto, pero entiendo que a usted se lo parezca. Me dedico a unir a personas. Edixon se reclinó en la silla y cruzó los brazos. Decidió que le gustaba aquella mujer, así que añadió diez minutos más al tiempo que le había concedido.
—¿Le parece que continuemos? Él cogió su café y asintió. Sam sacó un bolígrafo del maletín y giró el montón de papeles que había dejado sobre la mesa de modo que Edixon pudiera leerlos.
—Me gustaría hacerle unas preguntas antes de decidir si quiero seguir adelante con esto. Edixon arqueó una ceja al oír aquello. Interesante.
—¿Cuánto tiempo tengo para demostrarle mi valía, señorita Zara?
—Cinco minutos
—respondió ella, mirándole a través de sus largas pestañas. Él se inclinó hacia delante, intrigado por lo que Zara pudiera sacar en claro de él en tan poco tiempo.
—¿Le han detenido alguna vez? Su historial estaba limpio, pero esa no era la pregunta. Sabía que si le mentía, Zara recogería sus cosas y saldría inmediatamente por la puerta.
—Con diecisiete años le di un puñetazo a un chico que iba detrás de mi hermana. Los cargos fueron retirados.
—Como ocurría con todos los chicos de su mismo estatus social.
—¿Alguna vez ha pegado a una mujer? Los músculos de su mentón se tensaron.
—Nunca.
—¿Y ha sentido la necesidad de hacerlo?
—Ahora lo miraba fijamente, sin apartar los ojos.
—No.
—La violencia no cuadraba para nada con su personalidad.
—Necesito el nombre de su amigo más cercano.
—Carter Silva. Zara tomó nota del nombre.
—¿Peor enemigo? Edixon no se esperaba esa pregunta.
—No estoy muy seguro de qué contestar a eso.
—Entonces permítame que se lo pregunte de otra manera. ¿A qué persona de su entorno le gustaría ver que sufre usted algún tipo de daño? Su primer impulso fue repasar la lista de socios que pudieran haberse sentido menospreciados por su culpa a lo largo de los años. A esas alturas de la vida, ninguno de ellos se sentiría mejor si a él le pasara algo. Solo se le ocurría una persona que podría ver las cosas desde otra perspectiva.
—¿En quién está pensando, señor Salvatore? Edixon tomó un trago de café y sintió cómo se precipitaba hacia el fondo de su estómago con un sonido sordo.
—Solo hay una persona. Zara levantó la mirada, expectante.
—Mi primo, Miguel Castillo. Una pequeña vibración en la mandíbula, una caída imperceptible de hombros, eso fue lo único que reflejó el efecto de sus palabras en ella. Para sorpresa de Edixon, Zara Reyes anotó la información y no siguió preguntando. Cogió la primera página del montón de papeles y le entregó el resto.
—Necesito que rellene esto. Me lo puede enviar por fax al número que aparece al final de la página ocho por favor.
—¿He pasado su examen, señorita Reyes?
—La honestidad es algo que debe ser mantenido a lo largo del proceso. Hasta el momento, estoy conforme con el resultado. Ahora le tocaba a él sonreír.
—Podría haber mentido sobre los cargos por agresión. Zara empezó a recoger sus cosas.
—Su nombre era Josué Neut. Usted tenía diecisiete años y dos meses cuando le rompió la nariz en un partido de polo en la escuela privada a la que ambos asistían. Josué tenía reputación de salir con chicas el tiempo suficiente para llevárselas a la cama antes de dejarlas e ir a por la siguiente. Su hermana fue lista y se mantuvo alejada de él. Si no hubiera golpeado a ese cabrón para proteger a su hermana, o si me hubiese mentido y yo lo hubiera descubierto, esta entrevista se habría acabado y ni siquiera le habría dado tiempo a sentarse.
—¿Cómo demonios...?
—Tengo una lista de contactos muy larga. Estoy segura de que sabrá los nombres de muchos de ellos antes de que se acabe el día. Por descontado. Estaría hablando por teléfono con su asistente antes de llegar al coche.
—¿Cuánto me va a costar esto, señorita Reyes?
—Considéreme su agente. Cuando sus abogados redacten el acuerdo prematrimonial, tenga en cuenta que tendrá que pagarme el veinte por ciento de lo que le ofrezca a su futura esposa. Por adelantado. —¿Y si solo le ofrezco un pequeño estipendio?
—Las mujeres con las que trabajo tienen un mínimo establecido que consta en ese montón de papeles.
—¿Y si la mujer que me encuentre no se atiene a su parte del trato? ¿Y si al pasar el año intenta oponerse al acuerdo? Zara se puso en pie y Edixon no tuvo más remedio que imitarla.
—No lo hará.
—Parece muy segura de ello.
—La cantidad de dinero predeterminada, la parte que le corresponde a ella, va directamente a una cuenta. Si su futura esposa intentara conseguir más, ese dinero serviría para que sus abogados la aplastaran. El sobrante sería para usted. El único supuesto en que esto cambiaría sería con la llegada de un niño, siempre que una prueba de paternidad demostrara que usted es el padre. No soy muy partidaria de los tribunales de familia, y menos con niños de por medio. Depende de su capacidad para controlar sus instintos más básicos, señor Salvatore. Eso, claro está, si su intención es poner punto final al matrimonio una vez pasado el año acordado. En caso contrario, les deseo que sean felices y que le pongan mi nombre a su primer hijo. Lo tenía todo pensado. Decir que Edixon estaba impresionado sería quedarse corto.
—Necesito esos papeles esta misma tarde, antes de las tres. Me pondré en contacto con usted sobre las cinco, con una lista de posibles candidatas. Concertaremos los encuentros para mañana, si es que sus obligaciones se lo permiten.