Capitulo 2

1101 Words
eróticas, fueron más que suficientes para dejar a Edixon sin habla. —¿Disculpe? —consiguió decir al fin, al comprender las palabras de la mujer. —Es usted el señor Salvatore, ¿verdad? La pregunta era sencilla, pero Edixon era incapaz de entenderla. Contestó como si tuviera conectado el piloto automático, absolutamente desconcertado por aquella mujer que tenía delante. —El mismo. Ella se puso de pie. Apenas le llegaba al hombro. —Zara Reyes —se presentó, y le ofreció la mano a modo de saludo. Edixon no estaba acostumbrado a que le pusieran los puntos sobre las íes. Sin embargo, la mujer que tenía delante acababa de hacerlo y apenas había necesitado un par de palabras para conseguirlo. Edixon estrechó la mano que ella le ofrecía y sintió una oleada de calor recorriéndole el cuerpo. Cuando sus manos se tocaron, la mirada penetrante y la sonrisa confiada de ella desaparecieron de su rostro durante una milésima de segundo. Tenía la piel fría, a pesar de que su actitud denotaba un control absoluto. —No es un hombre. —Edixon reprimió un grito. Aquello era probablemente lo más estúpido que le había dicho a una mujer en toda su vida. La señorita Reyes, sin embargo, no se alteró ni un ápice. —Nunca lo he sido. —Le dedicó una sonrisa de dientes perfectos mientras retiraba la mano que Edixon empezó a echar de menos al instante. —Me esperaba a un hombre. —Me pasa a menudo. Eso casi siempre juega a mi favor. —Señaló la silla que tenía delante—. ¿Por qué no toma asiento y nos ponemos manos a la obra? Él dudó, debatiéndose entre seguir adelante con aquella «entrevista» u optar por un posible cambio de género de la mujer que tenía enfrente. Nunca se había considerado sexista, pero mientras pensaba en ella y observaba cómo cruzaba las piernas, enfundadas en unos elegantes pantalones de vestir, sintió que toda su atención se alejaba del que era su objetivo y se centraba en Zara Reyes. Aquella mujer era la viva imagen de la contradicción y Edixon todavía no sabía nada de ella. Le daría diez minutos de margen para que le demostrara que podía ocuparse de sus necesidades. En caso contrario, pasaría página y exploraría otras opciones. Edixon se desabrochó el primer botón de la americana antes de ocupar su lugar en la mesa. —¿Za es el diminutivo de Zara? —Sí. —Sin levantar la mirada, Zara sacó unos papeles del pequeño maletín que descansaba a un lado de su silla. La breve sonrisa había desaparecido y en su lugar sus labios dibujaban una fina línea recta. —¿Se hace llamar Za para engañar a sus clientes? La mano de Zara dudó un instante antes de empujar el montón de papeles hacia Edixon —¿Habría venido si hubiera sabido que soy una mujer? «Probablemente no.» La miró con detenimiento, sin decir lo que pensaba en voz alta. Zara inclinó la cabeza a un lado y continuó. —Usted mismo se delata, señor Salvatore. Déjeme ver si soy capaz de leer sus intenciones. En su cabeza, me ha concedido un tiempo máximo para demostrar mi valía. ¿Cuánto? ¿Veinte minutos? —Once —le espetó Edixon, incapaz de contenerse. ¿Qué tenía aquella mujer de voz aterciopelada para haberle robado la capacidad de morderse la lengua? Zara sonrió de nuevo y Edixon sintió un nudo de deseo, inoportuno e inesperado, en la boca del estómago. —Once minutos —repitió ella—. Para perfilar al detalle un plan con el que encontrarle la esposa perfecta, teniendo en cuenta sus problemas de tiempo. Un hombre de negocios como usted espera eficiencia, rapidez y ningún tipo de lastre emocional que pueda complicar las cosas. —Lo miró y sus ojos verdes no flaquearon ni un segundo. Mientras pronunciaba cada palabra con aquella voz de línea erótica, su nariz, respingona y cubierta de pecas, se le antojó demasiado inocente sobre unos labios de un color rosa delicioso—. De momento, ¿estoy en lo cierto? —Completamente. —Las mujeres son seres emocionales, por eso su asistente se puso en contacto conmigo para contratar mis servicios. Si no me equivoco, muchas mujeres venderían el alma al diablo para casarse con usted, señor Salvatore, pero no confía lo suficiente en ellas como para hacerlas merecedoras de su título. Casi siempre era él quien perfilaba sus necesidades, por lo que debería sentirse expuesto con un cambio de papeles tan radical como aquel. Sinembargo, al escuchar a Zara Reyes, que obviamente no era un hombre, exponer su dilema con tanta claridad no se sintió vulnerable, sino más bien reconfortado. Había acudido al lugar acertado para encontrar la solución a su problema. —¿Cómo sé que puedo fiarme de la mujer que usted me encuentre? —Investigo a todas las candidatas de mi agenda a conciencia, al igual que lo hago con el cliente. Cuentas detalladas, obligaciones fiscales, hábitos personales y cualquier posible secreto familiar. —Habla como un detective privado. —No llego a tanto, pero entiendo que a usted se lo parezca. Me dedico a unir a personas. Edixon se reclinó en la silla y cruzó los brazos. Decidió que le gustaba aquella mujer, así que añadió diez minutos más al tiempo que le había concedido. —¿Le parece que continuemos? Él cogió su café y asintió. Za sacó un bolígrafo del maletín y giró el montón de papeles que había dejado sobre la mesa de modo que Edixon pudiera leerlos. —Me gustaría hacerle unas preguntas antes de decidir si quiero seguir adelante con esto. Edixon arqueó una ceja al oír aquello. Interesante. —¿Cuánto tiempo tengo para demostrarle mi valía, señorita Reyes? —Cinco minutos —respondió ella, mirándole a través de sus largas pestañas. Él se inclinó hacia delante, intrigado por lo que Zara pudiera sacar en claro de él en tan poco tiempo. —¿Le han detenido alguna vez? Su historial estaba limpio, pero esa no era la pregunta. Sabía que si le mentía, Za recogería sus cosas y saldría inmediatamente por la puerta. —Con diecisiete años le di un puñetazo a un chico que iba detrás de mi hermana. Los cargos fueron retirados. —Como ocurría con todos los chicos de su mismo estatus social. —¿Alguna vez ha pegado a una mujer? Los músculos de su mentón se tensaron. —Nunca. —¿Y ha sentido la necesidad de hacerlo? —Ahora lo miraba fijamente, sin apartar los ojos.
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