Prólogo

666 Words
1886, Londres, Inglaterra... Sabía que indudablemente había cometido un gran error, pero sinceramente no pudo evitarlo. Había hablado con el alma, disparando dolientes verdades de las que su captor en ese momento no disfrutó escuchar. Después de gritar su nombre entre aquellas sórdidas paredes de esa habitación escondida, decidió que silenciar sus anhelos era lo mejor. Estaba exhausta y gélida. Aquel cuarto sórdido no beneficiaba su estado, pero en vez de seguir protestando con su voz hecha un hilo, decidió recostarse en el crujiente piso de madera y esperar aquel destino. No tenía razón del tiempo, ninguna ventana de la cual pudiera mirar el pasar del día, todo era penumbras y sombras que su anatomía misma producía. Después de un largo tiempo aprendió la cantidad de agujeros que figuraban en el techo. Dieciséis en total. Todos con difusas formas, pero una parecía tener la estructura de un pequeño corazón. Con el tiempo el frío comenzó a adormecer sus manos, parte de su rostro, no tenía con que cubrirse más que su ancho vestido y su aliento en un intento de calentarse. Comenzó a temer por su olvido y morir por ello. De pronto una voz apareció detrás del umbral de su puerta, una voz conocida que en un regocijo la hizo levantarse y caminar hasta donde provenía. —¿Henry, eres tú? —Preguntó esperando una confirmación de la voz que había escuchado, anhelando que no fuera obra de su cabeza. —¡María! ¡Soy yo! ¡He venido a sacarte de este encierro! ¡He venido por ti! —gritó del otro lado de la puerta, lo cual le hizo sentirse aliviada. María tomó de sus faldas y se recargó en la pesada puerta. Buscando aquellas palabras de agradecimiento para el caballero que venía a salvar su vida. — Henry, te seré eternamente... María decía con su voz desgastada cuando de repente una tercera voz se agregó a la escena. —¿Qué crees que haces? —Soltó la voz, esta era un poco más grave y fuerte- ¡No ves que ella me pertenece! ¡No ves que la amo y nadie podrá arrebatarla de mi lado! — ¿Amarla dices? ¿Qué hombre infeliz encierra a la mujer que dice amar? —Henry golpeó la puerta mientras encaraba a James. Él lo observó con los ojos vidriosos y con las manos empuñadas. — La has envenenado contra mí, le has dicho viles mentiras para que deje de apreciarme... —¡Ella nunca te ha amado! ¡Y tú tampoco lo has hecho! — Soltó casi punzante. James lo observó esta vez con furia para rápidamente desaparecer por el corredor. Henry estaba dispuesto a frenar la situación y María Magdalena escuchaba el bullicioso con su oreja pegada a la fría puerta. — ¡María, debes alejarte de la puerta! ¡La tiraré! — Dijo alzando la voz mientras tomaba distancia para tumbar la puerta. María obedeció con desespero y totalmente desconcertada. Un golpe sonó en el acceso. — ¡Una más y saldrás de aquí! De repente la figura de James había vuelto a la habitación, pero esta vez no sólo traía su hostilidad y su actitud herida, consigo llevaba un arma de la cual no tuvo miedo de enseñar. — ¡Este es tú fin! — Soltó. María Magdalena quedó en silencio mientras intentaba descifrar los golpeteo, gritos y ruidos quejumbrosos que ambos hombres emitían como protagonistas. La castaña gritaba el nombre de ambos, pero con más fervencia el nombre del hombre por el cual más sentía. De pronto el ir y venir de golpes se detuvo, todo se convirtió en un sigilo tenebroso para la pobre muchacha escondida detrás de la puerta. El fragor de un arma disparada hizo desaparecer la pelea. Su corazón pareció detenerse y los latidos en su pecho fueron más lentos y dolorosos. La incertidumbre la estaba matando y no le quedó más que esperar que alguno de los dos hombres que había amado pronunciara su nombre.
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