La luz se reducía cada vez más en su habitación, la ventana transmitía una leve luz tenue, de un sombrío día en la ciudad.
María boca abajo suspiraba mientras enredaba su dedo con el mechón de cabello que le caía en la frente. Pareció entretenerla por un momento, pero era inútil, nada podía alejarse de lo que sentía.
Era triste, la soledad que sentía en ese momento, el dolor de la traición de James y el hecho de que cada vez aceptaba que aquel hombre no la amaba.
No importaba que intentara disculparlo y olvidar esos celos amargos, porque si, era la primera vez que lo encontraba con otra mujer, pero en el fondo sabía que habría otras. Sólo tuvo la mala suerte de estar presente aquella mañana.
Le dolía como un puñal en el corazón saber que aquel hombre ya no le pertenecía, si no más bien que lo compartía con otras mujeres, pero más bien la hería en el alma recordar los buenos momentos, tiempos que nunca regresaría
La música del gran salón la reaccionar, sabía bien que la noche estaba comenzando y que los clientes ya tocarían la puerta.
Decidió bajar y caminar por los corredores, no buscaba en nada en concreto, pero si evitaba cada escena incómoda. Se acercó a la zona del bar, esta noche se encontraba en penumbras y desolado. Los pocos clientes madrugadores se encontraban en el gran salón mirando el espectáculo.
Sólo se oían risas y festejo.
Observó más a fondo y con los ojos entrecerrados se dio cuenta que ni siquiera el encargado de servir los tragos se encontraba presente. María planeaba seguir su camino, pero algo le indicó que se acercara hacia una sombra que se encontraba en una esquina. Pensó que sólo podían ser muebles, pero cuando disponía a darse la vuelta vislumbro por el rabillo del ojo un hombre de pie y a una de las recién llegadas.
— ¡Lo siento señor! — alzo la voz María, corriendo hacia la muchacha — Me la llevaré a su habitación.
El hombre no pareció tomarlo bien arrastró a la niña consigo, su rostro se oscureció y su sonrisa se volvió más oscura.
María dedicó una mirada rápida a la joven, parecía gélida y asustada, intento permanecer calmada y estiro su mano para que el hombre se la entregara.
— ¡No, no! ¡Ya le he pagado! — Ambas muchachas saltaron por la subida de voz del sujeto — ¡Estoy en mi derecho! — Gritó nuevamente—¿Acaso no sabes quién soy? —Preguntó déspota mientras se acercaba al rostro de María de forma intimidante.
María miró a la muchacha, observo sus manos y no encontró el dinero, entonces busco en sus pies y las monedas estaban sobre la alfombra. María rápidamente las tomó y se las entregó al hombre.
— Aquí esta su dinero, señor.
Este soltó una carcajada a la vez que el olor a licor se desprendía de su boca. María deseo vomitar.
El hombre se acercó mucho más a las jóvenes, empujó la mano con las monedas y golpeo el rostro de María.
El terror la consumió al instante, no es que no estuviera aterrorizada antes pero ahora quedo petrificada mientras tocaba su rostro enrojecido y palpitante.
Lo único que deseaba es que llegara alguien a detener la situación, pero por más que lo implorara ningún alma aparenta aparecer.
En medio de esa situación, solo pudo pensar en una salida. Una sola idea le apareció en la cabeza y sin pensarlo mucho pronuncio aquellas palabras.
—Yo puedo... yo puedo hacer que su noche sea más placentera. Si es lo que desea, señor—Ofreció María Magdalena. El contrario la observó de pies a cabeza y asintió calmadamente ladino.
—Claramente es una mejor propuesta— Señaló el hombre— ¡Acostarme con la mujer del puto James Thomas! — Gritó escandalosamente. Tomó del brazo a María con fuerza y la arrastró hasta el área de las habitaciones. Rogó que alguna sirvienta la viera y diera aviso al señor O’Neill, pero mientras avanzaba la pequeña distancia del bar hacia las áreas privadas, nadie pareció ponerle atención. Prácticamente ver a una mujer siendo sostenida por un hombre, era algo que se veía todo el tiempo.
Apenas entraron a una de las habitaciones, María fue lanzada hacia la pequeña cama acolchonada.
Sentía temor y deseaba escapar, apenas sintió el tacto de las suaves cobijas se volteó para no darle la espalda al sujeto. Este se desabrochaba los pantalones con rapidez.
— Espero que valgas la pena.
María no pudo evitar llorar cuando este se le tiró encima, su cuerpo era pesado y olía a una mezcla de sudor, tabaco y ron.
El desconocido introdujo sus manos dentro de su falda, mientras intentaba besarla a la fuerza en la boca.
Sin duda María se arrepentía.
La escena era una escena incomoda, Por un lado, el hombre intentaba por todas formas introducirse en ella, mientras que María se revolcaba en la cama mientras gritaba y decía que no.
No importaba cuanto gritaba o lloraba, aquel hombre ebrio no fue indulgente.
Aquel acto termino con un simple beso en la frente, mientras ella padecía recostada boca abajo con el camino de sus lagrimas marcado en las mejillas.
Golpeada, gélida y con su silueta delgada apenas estable, se puso de pie, se colocó la ropa faltante y rápidamente se marchó de ahí.
Cuando llegó a su habitación, la oscuridad seguía dominando en el lugar. Sin fuerzas, se arrojó a su cama y con las rodillas sobre su pecho se largó a llorar.
No podía evitar pensar, en cuantas ocasiones había sido salvada de la misma forma que había salvado a la recién llegada. Cuando tan solo era una pequeña indefensa, una presa fácil para muchos. Ni siquiera había pensado en el peso de aquella acción hasta que aquella noche la vivió.
***
Un estruendo la despertó, la puerta de su habitación esta abierta y en el umbral estaba Kayla con el rostro enrojecido. La miraba con ojos llenos de cólera mientras sostenía sus manos en sus caderas.
— El señor O’Neill te necesita —Pronunció finalmente Kayla en tono violento— ¡Vístete Ahora!
María se levantó de un salto, tomó su bata y se la puso mientras bajaba las escaleras con rapidez. Intentando alcanzar el paso de la pelirroja y de no tropezar con su vestido.
La siguió por el corredor principal hasta el fondo y cuando vio la oficina del Señor O’Neill se le apretó el estómago y sus manos vertiginosamente comenzaron a sudar.
Kayla le dio el paso y con recelo entró. Bruscamente para su sorpresa fue tomada del brazo por unas manos masculinas, seguido por una fuerte abofeteada en el rosto. Todo se le fue a n***o por un momento, sólo atinó a poner ambas manos al caer. La alfombra de piel le amortiguo la caída.
— ¡Eres una prostituta! — Gritó con cólera una voz masculina.
María levantó su rostro, el cual le ardía por el golpe. Miró al señor O’Neill y comprendió enseguida lo que sucedía. Había sido muy ingenua si pensaba que pasaría desapercibida, claramente alguien la había visto y en vez de auxiliarla prefirió envenenar su nombre.
Suspiró hondo y decidió subir la mirada nuevamente hasta su agresor mientras se tocaba la ferviente mejilla.
— ¡Eres una maldita ramera! ¡Y serás castigada! — Volvió a decir el señor O’Neill. Casi nunca se le encontraba en el burdel, la mayoría del tiempo se encontraba viviendo su vida de rico y ciudadano ejemplar, pero María sabía que por ella asistiría a castigarla en persona y no como lo hacía con las otras muchachas, que le otorgaba el poder a su hermana para hacerlo. Ambos eran sádicos y disfrutaban brindar castigos. Es por eso le atemorizaba verlo a los ojos, pero esta vez se sentía obligada a hacerlo.
— Déjeme decidirlo a mí, señor O’Neill —Dijo la figura de James apareciendo de la puerta. María Magdalena miró su rostro apenas oyó su voz. Tuvo que girar su adolorido cuerpo para poder hacerlo. James lucía serio y frio como siempre. Camino hasta quedar próximo a la figura vieja del señor O’Neill.
—Por supuesto señor Thomas. Sin duda esta mujer debe ser azotada ahora mismo— Indico Kayla. El señor O’Neill la detuvo.
— Querida, claramente no tienes voz ni voto en esto. Esta situación debemos tomarla el señor Thomas y yo.
La joven pudo apreciar que en ningún momento James le dirigió la mirada hasta que se aproximó hasta ella con sus típicos aires, se agacho hasta ella y tomó su brazo.
—Yo intenté detenerlo James. Sólo intente defenderla—Soltó María con un conjunto de lágrimas y quejidos. Sentía como si fuera a desvanecerse.
James emitió un sonido, como si fuera una carcajada. Eso hizo que la sangre ferviente de furia del señor O’Neill se calmara. Se levantó y miró al dueño del lugar.
— Quiero que se le niegue la entrada a ese bastardo y que nadie más hable de esto. ¡No quiero ser humillado por un acto de caridad! — Luego miró a María, quien seguía arrodillada en el piso.
— Por supuesto Señor Thomas.
María asintió después de haber escuchado aquellas palabras frías provenientes de James. El muchacho sacudió su traje y sin mirar nuevamente a María se dirigió hasta la salida.
— Que no se le castigue. No me gusta las marcas de latigazos en las mujeres con las que me acuesto. Me hace pensar que estoy con una simple esclava y María no es una — Dijo James.
La muchacha lo vio irse y sin detener sus lágrimas negó con un simple ademán. Sabía que mentía. Sabía que era verdad. Era una simple esclava con camisón de seda.