Después de un par de horas, los tres hombres jadeaban como fieras contentas por su caza mientras que las tres muchachas estaban todas ensangrentadas y doloridas. La menos maltratada era Manuela que, de todas formas, tenía el rostro tumefacto y atravesado por un reguero de sangre que caía desde una de sus narices. Veronica tenía los dos ojos hinchados a causa de los golpes recibidos por Capoferri, los senos mostraban señales de dientes donde el hombre los había hundido y su trasero era víctima de una evidente hemorragia. La piel de la roja Aurelia ahora era ya más negra que rosa a causa de los hematomas; la sangre le salía de la boca, donde un par de dientes incisivos habían sido casi arrancados y estaban a punto de separarse, a causa de los golpes sufridos. ―Coged las cuerdas y atadlas ―

