―¡Enciende un buen fuego, necesito calentarme! ―Pero, Vuesa Eminencia, ¡el tiempo es todavía cálido y no creo que haga falta! Artemio se acercó a Pinuccia y le deshizo el lazo que le estrechaba al vestido alrededor del cuello, descubriendo la piel de la joven hasta vislumbrar el hueco entre los senos. Luego, con la palma de la mano, se puso a buscar entre la tela hasta encontrar un pezón. Artemio intuyó que Pinuccia sentía un ligero escalofrío al deber contentar otra vez sus caprichos sexuales pero las cinco monedas de plata, que finalmente ganaría, haría pasar por alto cualquier reparo. La muchacha puso leña en la chimenea y encendió el fuego, secundando la petición de su amo. El fuego ya saltaba alegre cuando el Cardenal volvió a hablar. ―Bien, ahora desnúdate. Quiero ver tu cuerpo só

