La caminata nocturna fue un ejercicio de resistencia física y mental. El terreno, antes fértil y lleno de vida, ahora era una costra quebradiza que crujía bajo sus botas como si estuvieran pisando huesos. Arturo lideraba el grupo, manteniendo el rifle listo. El silencio del apocalipsis era absoluto, interrumpido ocasionalmente por el silbido del viento entre las ruinas de las torres eléctricas que se erguían como gigantes ahorcados.
Dina caminaba en un estado de somnolencia consciente, apoyada en el hombro de Clara. Las coordenadas en su brazo seguían rojas, palpitando con un calor que Arturo podía sentir incluso sin tocarla. Según su brújula, las marcas los dirigieron hacia un antiguo complejo de investigación botánica que Arturo recordaba haber
Visto en los mapas de la vieja era.
«Necesitamos refugio antes de que el sol alcance su cenit», dijo Arturo, consultando su reloj de pulsera. «La radiación ultravioleta será insoportable hoy. La capa de ozono es prácticamente inexistente en este sector».
Llegaron al complejo al amanecer. Era una estructura de vidrio y acero, la mayoría de los paneles estaban rotos o cubiertos por una capa de polvo ferroso. Sin embargo, en el centro del complejo, una cúpula de policarbonato permanecía extrañamente intacta. Al acercarse, Arturo notó algo que no había visto en años: un rastro de humedad en los bordes de la estructura.
«¿Quién va ahí?», una voz quebrada pero firme resonó desde un altavoz oculto. Arturo levantó las manos, dejando el rifle colgado del hombro. «Solo somos una familia buscando refugio. Tenemos suministros para intercambiar>.
«No quiero tu chatarra», respondió la voz. «Idos antes de que use los aspersores de ácido>.
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Fabián soltó una carcajada amarga. «Esencia.. qué palabra tan noble para algo tan frágil. Se dedicó treinta años a sintetizar este compuesto a partir de las últimas semillas de coníferas y líquidos resistentes. Es la tierra misma, concentrada en un vial de cristal. Pero de nada sirve si el agua que la riega es veneno».
Arturo se acercó al árbol. Sus hojas eran de un verde pálido, casi translúcido. «Si tienes la cura, ¿por qué sigues aquí encerrado?».
«Porque estoy muriendo, ingeniero», dijo Fabián, abriéndose la túnica para revelar manchas oscuras en su pecho, signos claros de envenenamiento por metales pesados. «Y porque fuera solo hay lobos. Si Bruno supiera que esto existe, lo usaría para controlar el mundo, no para salvarlo. Él no quiere un planeta verde; quiere un planeta donde él sea el único dueño del jardín».
De repente, una alarma silenciosa empezó a parpadear en la pared. Fabián se levantó con dificultad y miró a un monitor de seguridad. En la pantalla, se veían varias siluetas moviéndose entre las ruinas exteriores. Eran los mismos hombres que habían atacado el búnker de Arturo, pero esta vez eran más.
«Han seguido tu rastro», dijo Fabián, mirando a Arturo con reproche. «Y ahora han traído a los perros de presa».
Arturo maldijo en voz baja. «Podemos defendernos».
«No contra cincuenta hombres», replicó Fabián. Se dirigió a una caja fuerte oculta detrás de unas macetas vacías y extrajo un pequeño cilindro de metal reforzado. «Escuchadme bien. Esta es la esencia de la tierra. Si se libera en el lugar correcto, puede reactivar la simbiosis en el suelo a escala global. Pero necesita un catalizador.