La oscuridad de las minas de sal era absoluta, solo interrumpida por las haces de las linternas que cortaban el aire cargado de polvo blanco. Arturo avanzaba con el cilindro de metal golpeando rítmicamente contra su espalda, un recordatorio constante de la carga que ahora llevaban. El ambiente era seco, irritando sus fosas nasales y haciendo que cada respiración fuera un pequeño suplicio.
Clara mantenía un ritmo constante, vigilando la retaguardia mientras Dina caminaba en medio, pareciendo más alerta que nunca. La explosión del invernadero aún resonaba en sus oídos, un recordatorio de que el sacrificio era la moneda de cambio en este
Nuevo mundo.
.
«¿Por qué nos sigues a nosotros?», inquirió Clara, acercándose a Arturo.
Elián miró a Dina. Sus ojos se detuvieron en el brazo de la joven, donde las coordenadas aún brillaban débilmente bajo la tela de su manga. «Porque el mundo es pequeño y las leyendas viajan rápido. Fabián no era el único que sabía sobre la esencia. Pero él era el único con la paciencia para crearla».
Arturo Dudó. No podía permitirse confiar en un extraño, pero Elian parecía conocer el terreno mejor que ellos. Además, el hecho de que no hubiera disparado era una señal positiva en un mundo donde la mayoría disparaba primero y preguntaba después.
«Buscamos una salida hacia el este», dijo Arturo finalmente.
«La salida principal está vigilada», informó Elián. «Bruno ha desplegado patrullas en todos los puntos de acceso a la autopista. Cree que tenéis algo que le pertenece».
«No le pertenece a él», saltó Dina. «Le pertenece a la tierra».
Elián esbozó una sonrisa amarga. «La tierra está muerta, niña. Pero si creéis que podéis revivirla, os ayudaré a salir de aquí. No por caridad, sino porque Bruno me debe un hermano y cobraré la deuda con su fracaso».
El grupo avanzó bajo la guía de Elián. El ex soldado se movía con una eficiencia aterradora, evitando zonas de eco y señalando trampas naturales en el suelo de la mina. A medida que se acercaba a la superficie, el aire se volvía más cálido y el olor a azufre se filtraba por las grietas.
Salieron por un conducto de ventilación oculto en una escalera rocosa. Ante ellos se extendía el desierto de azufre, una vasta extensión de depósitos amarillos y lagunas de ácido que burbujeaban bajo el sol inclemente. La autopista, o lo que quedaba de ella, era una cinta de asfalto resquebrajado que desaparecía en el horizonte nebuloso.
«Tenemos que movernos rápido», advirtió Elián. «El sol de mediodía derretirá vuestras suelas si no tenéis cuidado».
Mientras caminaban, Dina se detuvo de arrepentimiento, mirando hacia una de las lagunas de ácido. «Hay algo ahí», susurró.
Antes de que Arturo pudiera reaccionar, surgió una criatura del líquido corrosivo. Era un perro mutado, sin pelo y con la piel cubierta de costras coriáceas, seguido por otros tres. Sus ojos eran orbes blancos, ciegos pero sensibles al calor y al movimiento.
Elián reaccionó primero, disparando con una precisión quirúrgica. Arturo se unió a la defensa, protegiendo a Clara y Dina. El combate fue breve pero intenso. Las criaturas eran rápidas y no sentían dolor, impulsadas por un hambre ancestral. Cuando la última cayó, el silencio volvió a reinar, roto solo por el seiseo del ácido.
«Solo son exploradores», dijo Elián, recargando su arma. «Habrá más. Y los hombres de Bruno no tardarán en oír los disparos».
Dina señaló hacia el este, hacia una cadena montañosa que se vislumbraba débilmente a través de la calima. «Allí. El agua me llama. Está atrapada bajo el hielo que nunca se funde».
Arturo miró a Elián. El soldado ascendió. «El Himalaya. Es un viaje largo y necesitaremos suministros. Hay una ciudad comercial a dos días de aquí. Es un nido de ratas, pero es el único lugar donde podemos conseguir filtros y agua para el cruce».
Vivinotes: El grupo se alía con Elián, un exsoldado con cuentas pendientes, y logran atravesar las minas de sal hacia el desierto. Un encuentro fortuito en la próxima ciudad pondrá a prueba la lealtad de sus integrantes