La ciudad de Óxido se alzaba sobre los restos de un antiguo nudo ferroviario. Era una amalgama de vagones de tren apilados, contenedores de carga y planchas de metal que formaban una muralla defensiva contra el desierto. El aire aquí era aún peor que en campo abierto, cargado con el olor a metal quemado y desechos humanos.
Arturo, Clara, Dina y Elián entraron por la puerta principal, una estructura hecha con la cabina de un avión de carga. Los guardias, armados con ballestas y rifles oxidados, los miraron con desprecio pero los dejaron pasar tras cobrarles una pequeña cuota en munición.
«Mantened las cabezas bajas y no toquéis nada», advirtió Elián. «Aquí todo tiene un precio, y si no puedes pagarlo con metal, lo pagas con sangre».
El mercado central era un caos de gritos y regateos. Se vendían piezas de motor, carne de procedencia dudosa y, lo más valioso de todo, agua filtrada en pequeñas botellas de plástico que parecían reliquias sagradas. Arturo sintió el peso del cilindro en su mochila; Era consciente de que llevaba consigo el tesoro más grande del mundo en medio de una fosa de ladrones.
Necesitaban filtros de aire de grado militar para el ascenso a las montañas y raciones de comida que no estuvieran contaminadas. Mientras Elián y Clara se dirigían a un puesto de suministros médicos, Arturo y Dina se detuvieron ante un vendedor de mapas. «Buscamos la ruta más segura hacia el noreste», dijo Arturo, mostrando unas pocas monedas de plata de la vieja era.
El vendedor, un hombre sin nariz y con una voz sibilante, extendiendo un pergamino de piel curtida. «El noreste es territorio muerto, viajero. Tormentas de arena que arrancan la piel y bandas de caníbales que no han visto una proteína limpia en años. ¿Por qué querrías ir allí?».
«Eso no es de tu incumbencia», replicó Arturo.
De repente, un grupo de hombres vestidos con uniformes grises y brazaletes negros irrumpió en la plaza. El mercado quedó en silencio. Eran los pacificadores de Bruno, la fuerza de choque que mantenía el orden en las ciudades comerciales a cambio de un tributo constante.
«¡Buscamos a un hombre con una mochila de ingeniería ya una chica!», gritó el líder del grupo, un hombre con un implante cibernético en el ojo izquierdo.
Arturo sintió que el corazón le daba un vuelco. Agarró a Dina por el brazo e intentó retroceder hacia un callejón, pero dos guardias le cortaron el paso. Elián y Clara estaban demasiado lejos, bloqueados por la multitud que intentaba alejarse de los soldados.
«¡Ahí están!», gritó el vendedor de mapas, señalando a Arturo. El traidor no había dudado un segundo en venderlos por el favor de Bruno.
Arturo luchó con todas sus fuerzas. Logró derribar al primer guardia con un golpe de culata, pero el segundo le aplicó una descarga eléctrica con una pica. El dolor recorrió su sistema nervioso, dejándolo de rodillas. Dina gritó mientras la arrastraban lejos de él.
«¡Dejadla!», rugió Arturo, pero su voz se apagó cuando un culatazo le dio en la sien. Sumiéndolo en la oscuridad.
Cuando despertó, Arturo estaba encadenado a una pared de metal en una habitación fría y húmeda. Frente a él, sentado en una silla de cuero desgastada, estaba un hombre que irradiaba una calma aterradora. Era Bruno. No vestía armadura ni harapos, sino un impecable traje de lana gris que parecía fuera de lugar en aquel mundo de escombros.
«Arturo», dijo Bruno, pronunciando su nombre como si fueran viejos amigos. «Me ha causado muchos problemas. Fabián siempre fue un viejo testarudo, pero enviarte a ti… eso fue un acto de desesperación».
«No tendrás la esencia», escupió Arturo, escupiendo sangre al suelo.
Bruno se levantó y se acercó a él. En su mano sostenía el colgante que Dina siempre llevaba, un pequeño fragmento de cristal azul que supuestamente pertenecía a su abuela. «No me interesa solo la esencia, Arturo. Me interesa la fuente. Tu hija tiene una conexión con este planeta que yo no puedo replicar con máquinas. Ella puede sentir dónde están los últimos depósitos de agua pura».
«Ella no te dirá nada».
«Oh, no me lo dirás a mí», sonríe Bruno. «Me lo dirá a través de sus reacciones cuando vea lo que te hago a ti. El amor filial es una herramienta de interrogatorio muy eficaz».
Bruno dio la vuelta y salió de la celda, dejando a Arturo solo con sus pensamientos y el sonido metálico de sus cadenas. Sabía que Clara y Elián estarían buscándolos, pero el tiempo se agotaba. Si Bruno lograba que Dina revelara la ubicación exacta, el mundo no se salvaría; se convertiría en el patio de recreo privado de un tirano.
Vivinotes: Arturo es capturado por Bruno en la ciudad de Óxido, mientras Dina es utilizada como moneda de cambio emocional. Un plan de rescate se gestará en las entrañas de la ciudad antes del amanecer.