La casa nunca estaba en silencio y menos ahora que salían poco de ella, los niños en edad escolar asistían a sus clases con normalidad y los que todavía no, eran cuidados en la casa al lado de la principal, en esos momentos el único que estaba con ellos era Daniel; un pequeño encantador sin duda alguna, de cabello azabache e iris aguamarina que resaltaban mucho, por más que Atenas lo veía no entendía cómo es que Andre pasó casi dos años pensando que aquella criatura era suya si no se parecían ni en el cabello, cerró los ojos retomando su monólogo interno sobre qué canción debía tocar en aquella fiesta hasta que de la nada sintió una pequeña mano sobre su muslo y entonces abrió los ojos, era Daniel. — Deberías disculparte. — dijo el niño con una voz suave. — ¿Por qué? — Atenas no iba a se

