Una vez que tome los signos de mi paciente y le aplique los medicamentos que le correspondían, me senté en un pequeño escritorio que habían preparado para mí al fondo de la habitación justo a un lado del anaquel de medicamentos. Me habían indicado que ahí debía permanecer la mayor parte del tiempo para asegurarme que nada le hiciera falta al hijo del patrón, así que, después de asear mis manos, me dispuse a destapar la comida que el chacal me había llevado. Por supuesto como lo había imaginado, no era nada apetecible, no eran más que dos rebanadas de pan de caja con un poco de jamón y dos pedazos mal cortados de tomate. Si bien, distaba mucho de ser un sándwich que valiera la pena comer, a estas alturas cualquier cosa me sabría a gloría. Mientras degustaba mi insípida comida me detuve a

