Al despertar me di cuenta que estaba de nuevo en una camilla de hospital, el hombro me dolía más que otros días, y bueno era de esperarse tomando en cuenta la rabieta que había hecho contra el auto de Dante. En ese momento por supuesto que no sentí dolor alguno, pero ahora que la adrenalina y la furia habían pasado, por supuesto que el cuerpo me cobraba factura. Intenté incorporarme y de inmediato mi guardia me ayudó a hacerlo, al sentarme me pude percatar que ya era de día, la luz del sol atravesaba los grandes ventanales que había en un costado de la habitación en la que me habían internado. Al mirar con detenimiento hacia los costados, me percaté que no estaba en el hospital en el que había estado laborando los últimos días, este era mas bien un sanatorio de lujo, la habitación en la

