Capítulo uno
Pere Mal
Dominic “Pere Mal” Malveaux se recostó sobre la endeble cerca del techo del Hotel Monteleone. Entrecerró los ojos ante la vista del amanecer mientras contemplaba el cielo de Nueva Orleans. Cada vez que necesitaba pensar, dejaba atrás su lujosa habitación en el penthouse de Monteleone y subía a la piscina del techo. Esto lo tranquilizaba y le daba paz y quietud, lejos de sus tantos subordinados y su incesante ineptitud. También le ofrecía una excelente vista del resto de la ciudad y del río Misisipi.
El día de hoy, la vista era tan espectacular como siempre, pero su placer fue opacado por una sensación poco familiar. Incertidumbre, quizás. Estaba a punto de descubrir el secreto ancestral que el sacerdote vudú Baron Samedi había dejado atrás, una especie de acertijo que revelaba el secreto tras las Siete Puertas: la forma más rápida de cruzar el Velo, esa pequeña barrera entre este mundo y el más allá. La ruta más corta hacia el reino de los espíritus, y el lugar al que Pere Mal ansiaba llegar.
Combinando sus propios poderes con los de los espíritus de sus temibles ancestros, sería invencible. Pere Mal era fuerte, pero una vez que destruyera el Velo y juntara los dos mundos, nadie lo podría detener. Le Medcin, aquella bastarda fastidiosa e impertinente, se arrodillaría ante sus pies. La gente era ingenua, y creía que las mentiras de Le Medcin sobre una fuerza mayor eran ciertas. Hubo un momento en que Pere Mal las había creído también.
Pero ahora… Pere Mal sabía que Le Medcin era una víbora mentirosa. Pere Mal la haría caer, completamente. Justo después de hacer que esa aprendiz de sacerdotisa se arrodillara ante él. Apretó los puños de tan solo pensar en Mere Marie, nombre con el cual se había bautizado actualmente. Esa zorra arrogante. Ella no era nadie cuando Pere Mal la encontró por primera vez siguiendo ciegamente los principios del vudú sin un entendimiento auténtico, sin apreciar el arte de balancear la magia blanca y negra. Sin su “tío Dominic” mostrándole el camino, ¿qué sería de la pequeña Marie ahora?
—Jefe.
Pere Mal se volteó para ver a su mano derecha, Landry, cruzando el impecable patio, luciendo perturbado. Landry era físicamente opuesto a Pere Mal, y eso los hacía un dúo interesante. Landry era bajito, de un metro sesenta. Su piel tenía una palidez única, que a pesar de su obvia herencia afroamericana, era casi tan blanco como la leche. También llevaba puesto un traje ajustado y aburrido. Si Pere Mal no le exigiera un atuendo de trabajo apropiado, él sin duda llegaría con unas bermudas de baloncesto, zapatillas y una camiseta andrajosa. En comparación con el alto, piel canela y elegante Pere Mal y su gracia del Viejo Mundo, Landry lucía exactamente como lo que era, un subordinado escurridizo que hacía el trabajo sucio, saltando para cumplir las órdenes de Pere Mal.
—Landry —dijo Pere Mal, dándole a su empleado una mirada mordaz que hizo detener el paso de Landry—. Pensé que habíamos dejado claro lo que pasaba cuando estaba aquí en el techo.
Landry bajó la cabeza, pero avanzó de todas formas.
—Sí, monsieur —dijo Landry, con su francés machacando su acento de clase baja. Claro, Pere Mal suponía que no todos podían hablar en acento haitiano nativo como él y su exprotegida Mere Marie.
—Y aún así —continuó Pere Mal, mirando a Landry por encima de su nariz—, estás aquí.
—Encontramos a la bruja. Tal vez. Creo —dijo Landry, deteniéndose a unos pasos del barandal donde estaba recostado Pere Mal. Landry se removió en su lugar un momento, inquieto por su mirada—. Supuse que querría saberlo cuanto antes.
—Entremos —dijo Pere Mal, alejándose del barandal y caminando hacia el pasillo—. No quiero comenzar una discusión ¿pero crees que puedes entrar en mis pensamientos siempre que te dé la gana?.
—Señor —dijo Landry, asintiendo aliviado.
Entraron por el camino que antes usó Landry, con Pere Mal adelante, y se abrieron paso hasta unos sofás acolchados a un lado del bar. Durante los fines de semana, el lujoso bar de madera se llenaba de gente ruidosa; justo ahora, estaba completamente solo y en silencio. Perfecto para la conversación que se avecinaba.
—Muy bien. Dime lo que encontraste —dijo Pere Mal, sentándose en el sofá más grande. Landry se sentó en el sofá de dos cuerpos a su lado, jugando nerviosamente con la desagradable corbata verde que llevaba puesta.
—Espere un segundo —dijo Landry. Acoplando sus manos en su boca para ordenar—. ¡Amos! ¡Amos, trae a la chica! —gritó.
Landry tenía una pequeña mueca traviesa en sus labios mientras uno de sus subordinados arrastraba una escuálida adolescente a la habitación. La piel de la chica era color caramelo, era una mestiza nativa perfecta, y llevaba puesto un vestido ajustado azul eléctrico que hacía resaltar sus ojos color miel. Por el momento, esos ojos estaban llenos de lágrimas, su largo cabello estaba revuelto y su rostro mostraba miedo y furia al mismo tiempo.
Pere Mal encontró su belleza cautivadora, pero le desagradaban las lágrimas. Si él buscara humanidad, nunca se habría convertido en un sacerdote vudú de tal magnitud. Nunca habría aprendido todos los secretos ancestrales ni recitado las palabras que lo despojaron de su humanidad e inmortalizaron su alma. Cuanto más lejos se encontraba de sus inicios mortales, más le desagradaban los humanos y sus lamentables emociones. Las lágrimas de la chica, el brillo satisfactorio en los ojos de Landry… Pere Mal reprimió un bostezo de aburrimiento.
—La encontré bailando en un club en la calle Bourbon. Es una bocona, me contó que podía leer las energías, diciendo cómo su madre manejaba una cabina en Le Marché —gruñó Amos. Volteó su mirada hacia la chica, dándole una fuerte sacudida—. Dile sobre la mujer que vio tu mamá en Le Marché.
—No te vo’a ayudar —resopló la chica—. Me arrastraste por to’a la ciudad. Ni siquiera creo que me vayas a pagar por to’os los bailes priva’os que te di.
Landry aclaró su garganta.
—Justo en este momento, mis hombres cargan a tu mamá en una furgoneta —le dijo a la joven mujer—. Tú y tu mamá nos ayudarán a encontrar a esa bruja, o las mataremos a las dos.
La chica abrió y cerró su boca varias veces, como un pez buscando respirar fuera del agua.
—Andrea —dijo Amos, sacudiendo su brazo de nuevo—. Comienza a hablar.
—E… ella… Mi mamá dijo que esa chica blanca iba a su tienda to’o el tiempo, buscando cosas para, no sé… hacer sus hechizos más simples o algo así. La mujer ve fantasmas, creo. Mi mamá dijo que ella le dio un mensaje de mi tío una vez.
—¿Puede hacer algo más? —preguntó Pere Mal, con curiosidad.
—No creo —dijo Andrea, curvando sus labios—. Ni siquiera estuve ahí. Mamá solo dijo que la chica era una tonta por caminar por ahí desprotegi’a. Era muy poderosa y to’o eso.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Pere Mal, ignorando la actitud de la chica.
—Echo… algo. Echo… —Andrea se frotó el rostro, pensando— Cabba…algo. No puedo recordar e’sactamente. ¿Caballero?
—¿Y cómo pudo ocultar su poder? —presionó Pere Mal.
—Una Capa de Bruja —interrumpió Amos, luciendo confiado—. Es un té algo desagradable, pero funcional. Borra tu poder, y te hace invisible para otros magos. —Pere Mal entrecerró sus ojos, pensando cómo este lacayo sabía sobre herbolaria. Lo dejó pasar, carente de interés para preguntar.
—Muy bien. Continúa —dijo, señalando a la chica.
—¿Qué hay de mi ‘amá? —preguntó, levantando la voz.
—La tendrás de vuelta en unas horas, sana y salva. Ella nos ayudará a encontrar a la bruja —suspiró Pere Mal.
—Médium —corigió Amos. Pere Mal le dio una mirada sorprendida que rápidamente se convirtió en una mirada furiosa, y Amos trastabilló, arrastrando a la chica con él.
Pere Mal caminó hacia una enorme ventana, y estudió el cielo mientras unía las piezas de su plan.
—Que la madre rastree a la bruja —ordenó Pere Mal—. Consigue su nombre también. Búsquenla y síganla hasta que se encuentre en un lugar silencioso. La quiero para mañana al atardecer.
—¿A dónde la llevarás? —preguntó Landry.
Ninguno de los negocios de Pere Mal se realizaban en el Hotel Monteleone. Él consideraba el Hotel su hogar lejos de casa, y no podía arriesgar la comodidad de su suite personal, incluso ante algo tan importante como encontrar a esa chica. El solo pensar en estar cara a cara contra la primera de las Tres Luces hizo que los labios de Pere Mal se curvaran para asemejarse a una sonrisa. Tras un momento de consideración, Pere Mal respondió:
—La casa Prytania. Asegúrate de que una de las brujas proteja el cuarto para ocultar la presencia de la chica y evitar que escape.
—Sí, monsieur —accedió Landry, y se dio la vuelta para salir.
—Landry —dijo Pere Mal, haciendo una pausa.
—¿Sí, señor?
Pere Mal le dio a Landry una mirada seria.
—Esto es importante. Hazlo personalmente. No puede haber errores —le dijo.
Landry tragó saliva, y asintió agitado.
—Sí, señor.
Pere Mal se dio la vuelta, despidiendo a Landry. Su corazón lleno con algo cercano a la alegría. En solo unas cuantas horas, él tendría a la bruja en su posesión. Ella sería la primera llave para descubrir los secretos de Baron Samedi, para abrir el Velo por completo.
Pere Mal no pudo evitar frotar sus manos, regocijándose.
“Pronto”, se dijo.