Al día siguiente, partieron rumbo al monte Rezo. La mañana era fresca, con el aroma del rocío impregnando el aire. Las flores silvestres desprendían una fragancia suave, mientras gotas de agua caían de las hojas, acompañadas por el canto armonioso de los pájaros. El aire fresco acariciaba sus rostros, creando una atmósfera de paz y misticismo.
A medida que se acercaban a las faldas del monte, comenzaron a aparecer estatuas cubiertas de musgo y parcialmente destruidas por el paso del tiempo. Eran figuras de seres antiguos, algunos con rostros que parecían humanos, otros completamente ajenos a cualquier especie conocida. Había un aura sagrada en el lugar, como si cada estatua aún vigilara los secretos de la montaña.
Justo en la entrada, dos imponentes estatuas los recibieron: una representaba a una diosa lunar de rostro sereno y otra a un dios solar de mirada feroz. Ambas talladas con intrincados patrones, se erguían como guardianes eternos.
La atmósfera era mágica, pero también cargada de un silencio imperturbable. Solo el murmullo del viento rompía aquella quietud.
—¿Estás lista para entrar? —preguntó Kalen con un dejo de respeto en su voz.
—Ya estamos aquí. Es momento de hacer lo que vinimos a hacer —respondió Ania con determinación, encendiendo unas linternas con una llama azul mágica que flotó suavemente en el aire.
Entraron a la cueva, y lo primero que los rodeó fue la oscuridad… seguida de la luz azulada que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes. Murales antiguos decoraban cada rincón del túnel, narrando una historia olvidada.
Contaban el origen de la Masamune: una civilización ancestral, hijos de la luna y de la tierra, uniendo sus fuerzas para forjar la espada perfecta. El equilibrio entre el día y la noche, entre el alma y el cuerpo. Tallada por los dioses mismos, la espada era símbolo de unión y paz.
Los nombres estaban escritos con símbolos antiguos: Masa, la luna. Mune, el sol. Dos almas destinadas a encontrarse y sellar un destino común. La paz eterna, nacida de la dualidad hecha armonía.
Ambos caminaron en silencio, sintiendo que aquella historia no era solo del pasado… sino también un eco del presente que vivían juntos.
Ambos caminaron en silencio, sintiendo que aquella historia no era solo del pasado… sino también un eco del presente que vivían juntos.
Las paredes del túnel estaban recubiertas de grabados antiguos, pero algunos aún conservaban los colores naturales con los que fueron pintados siglos atrás. Había pigmentos de azul profundo para representar la noche, dorados desgastados por el tiempo que simbolizaban el sol, y verdes terrosos que hablaban de vida y renacimiento.
Uno de los murales mostraba a un grupo de figuras envueltas en capas estrelladas, con rostros alargados y ojos brillantes: los Hijos de la Luna. Enfrente, guerreros de piel cobriza y armaduras de piedra pulida, los Hijos de la Tierra. En el centro, ambos grupos alzaban una espada de doble filo hacia el cielo, mientras rayos de luz y sombra caían sobre ellos como bendición divina.
En otro panel, se veían a Masa y Mune —la luna y el sol— representados como entidades humanas: una mujer de cabello plateado que danzaba entre constelaciones y un hombre envuelto en fuego dorado. Sus manos extendidas una hacia la otra, sin tocarse, pero unidas por un hilo de luz.
Símbolos circulares, runas arcanas y figuras geométricas rodeaban las escenas como si protegieran el conocimiento contenido en ellas. Ania alzó una de sus linternas mágicas y un símbolo sobre la pared reaccionó, iluminándose débilmente.
—Estos símbolos… son antiguos, incluso para Loren —susurró Ania, fascinada—. Esta historia fue escrita en un lenguaje casi perdido. Solo los hechiceros más sabios pueden entenderlo por completo.
Kalen observaba en silencio, pero con los ojos bien abiertos. La forma en que los relieves brillaban bajo la llama azul, el aura de paz, el equilibrio entre fuerza y sensibilidad… le recordaba demasiado a la persona que caminaba a su lado.
El aire dentro del túnel era pesado, pero no opresivo. Olía a piedra antigua y musgo, a magia dormida. Cada paso que daban era como caminar dentro de una promesa, o el umbral de una prueba sagrada aún por revelarse.
Mientras avanzaban, el camino se hacía más angosto, obligándolos a caminar de lado entre las paredes de piedra. Finalmente, llegaron a una sala amplia donde un vacío se extendía bajo ellos. Delante, una serie de pilares de piedra formaban un estrecho camino suspendido sobre la oscuridad.
—Parece que esta es nuestra primera prueba —dijo Kalen con voz baja, inspeccionando el terreno—. Yo iré primero para asegurarme de que es seguro, y tú vienes después de mí. Trata de no caer… no podría aceptar perderte ahora que estamos tan cerca.
Kalen dio el primer salto. El pilar se tambaleó bajo su peso, pero resistió. Con cuidado, saltó al siguiente. Ania, sin perder tiempo, lo siguió. Juntos avanzaban, uno tras otro, con precisión y tensión en cada salto.
Cuando Kalen llegó al otro lado, Ania saltó al último pilar. Pero apenas sus pies lo tocaron, el pilar comenzó a resquebrajarse.
—¡Ania! —gritó Kalen, extendiendo la mano—. ¡No! ¡No, no, no!
—¡Kalen! —respondió ella, con una mezcla de urgencia y resignación—. ¡Sigue adelante, no te detengas!
La piedra cedió y Ania cayó. Mientras descendía al vacío, imágenes de su vida pasaron por su mente: su niñez solitaria llena de miedo, el día en que Wade la encontró, su entrenamiento, las batallas… y Kail. Su protector, su amigo.
—Kail… perdóname. Hice lo que pude. Pero creo que esta vez… será diferente —susurró, cerrando los ojos.
En la plataforma, Kalen cayó de rodillas, golpeando el suelo con el puño.
—¡Maldición! ¡Porque no fui más rápido! ¡Debí haberla protegido! —una lágrima amenazaba con escapar de sus ojos.
Se quedó un momento en silencio, temblando, respirando hondo. Luego, apretó los puños, se incorporó y levantó la mirada.
—Te juro, Ania… que no descansaré hasta que Feralis esté en paz y el Rey n***o caiga. Lo juro.
Con esa promesa ardiendo en su pecho, siguió adelante.
Kalen avanzó por un nuevo corredor donde los murales continuaban su historia. En ellos, los Hijos de la Luna aparecían entregando tres objetos sagrados a las deidades: uno representaba el corazón, otro la mente y el último el alma. Cada uno irradiaba un aura distinta: cálida, brillante y etérea, respectivamente. Estas ofrendas eran parte del ritual sagrado para mantener el equilibrio del mundo, y quienes las reunieran demostrarían ser dignos del conocimiento divino.
Al llegar al final del pasillo, Kalen encontró una cámara completamente distinta: un laberinto de paredes cristalinas que reflejaban su imagen una y otra vez. La luz mágica se fragmentaba, creando un efecto hipnótico. En el centro del laberinto, podía ver desde la distancia tres pedestales dispuestos en forma triangular, y más lejos, una gran puerta cerrada con símbolos grabados en su superficie.
—Bien… al parecer tengo que abrir los cofres y colocar lo que haya dentro en los tres pedestales en el orden correcto para poder abrir la puerta —murmuró Kalen para sí mismo.
Entre los reflejos distorsionados del laberinto, vislumbró tres cofres dispersos en distintos rincones. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el eco lejano de su respiración. Cada paso que daba era acompañado por el leve crujido del suelo y el reflejo múltiple de su propia figura.
Sabía que no podía equivocarse. Esta prueba no solo era de ingenio y lógica, sino también de corazón. Si el equilibrio era la clave… entonces cada ofrenda debía ocupar su lugar correcto.
Kalen inspiró profundo y se adentró en el laberinto, guiado por la promesa que ardía en su pecho y la esperanza de que, de algún modo, Ania aún estuviera cerca.
Al acercarse al primer cofre, el laberinto pareció cambiar. Las paredes se distorsionaron, y frente a él apareció una ilusión: era Ania, mirándolo con ojos fríos, llenos de reproche.
—Me fallaste, Kalen —susurró su voz, espectral.
El alfa apretó los puños. Sabía que no era real, pero dolía igual.
—No eres ella… pero mi culpa sí lo es —dijo en voz alta—. Prometí protegerla. Y no me rendiré ahora.
La ilusión se desvaneció y el primer cofre apareció. En su interior, un cristal rojo latía como un corazón.
El segundo cofre se encontraba más allá de una sala de espejos. Los reflejos comenzaron a hablar con su voz, pero todos decían cosas diferentes: uno lo insultaba, otro lo tentaba con poder, otro lloraba. Kalen respiró hondo, cerró los ojos y buscó el silencio interior. Entonces supo cuál era el camino correcto.
Al llegar al segundo cofre, encontró un cristal azul claro, que vibraba levemente con un zumbido constante: la mente.
El tercer cofre estaba en lo alto de una torre invisible. Kalen dio vueltas hasta que notó un símbolo flotando en el aire: un puente ilusorio. Cerró los ojos, confió en su instinto… y saltó.
Sus pies tocaron superficie firme. Había acertado. En la cima, el tercer cofre contenía un cristal dorado, que brillaba como si respirara: el alma.
De regreso en el centro del laberinto, Kalen inspeccionó los pedestales. Uno emitía calor suave, otro zumbaba como una sinapsis, y el tercero parecía desvanecerse al tacto. Con calma, colocó los cristales:
Corazón en el pedestal cálido. Mente en el que zumbaba. Alma en el etéreo.
Un sonido profundo recorrió la cámara. Los cristales brillaron al unísono, y la gran puerta al fondo comenzó a abrirse lentamente. Justo antes de cruzar, Kalen creyó escuchar un susurro familiar:
—Kalen…
Se detuvo. Su corazón se aceleró. Pero el pasillo frente a él lo llamaba. Sin mirar atrás, cruzó el umbral, sabiendo que la verdadera prueba aún no había terminado.
Aún no puedes morir…
La voz resonó como un eco en su mente. Ania abrió los ojos. Seguía cayendo.
—¿Kail? ¿Eres tú? —susurró, aturdida por el estruendo del viento que pasaba veloz a su alrededor.
—Tienes razón… te hice una promesa…
El suelo se acercaba peligrosamente. Pero antes de impactar, vio una tenue luz azul bajo ella. Con las últimas fuerzas, conjuró un hechizo de aire que amortiguó su caída. Aun así, el golpe fue fuerte y se torció el tobillo al aterrizar.
Abrió los ojos. Estaba en una caverna subterránea que parecía sacada de un sueño antiguo. Estalactitas brillantes colgaban del techo como colmillos de cristal, y un lago sereno, de aguas limpias y profundas, reflejaba una infinidad de hongos luminiscentes de tonos azulados y violetas. El resplandor pulsaba con un ritmo natural, como si respirara. Aquel brillo se esparcía por las paredes curvas, donde enredaderas y líquenes mágicos parecían crecer en patrones sagrados. El aire era húmedo, fresco y perfumado con un aroma silvestre difícil de describir… una mezcla de tierra mojada y magia pura.
—Es… hermoso —murmuró Ania, con los ojos brillando por la emoción.