Pronto, el camino los llevó hasta un río de corriente violenta, imposible de cruzar nadando. El agua rugía como una bestia salvaje, estrellándose contra las rocas. La humedad se elevaba como una niebla helada.
—Maldición… ¿cómo vamos a cruzar esto? —gruñó Kalen.
—Déjamelo a mí —dijo Ania, dando un paso al frente.
Se arrodilló con serenidad. Un resplandor azul envolvió su cuerpo mientras sus manos trazaban un símbolo arcano en el aire. La temperatura descendió súbitamente. El agua comenzó a crujir al contacto con la magia. Cristales de hielo emergieron desde la orilla, extendiéndose en una danza hipnótica que congelaba la superficie con precisión perfecta.
El río, que segundos antes era un monstruo desatado, ahora yacía inmóvil, convertido en una brillante alfombra de hielo que reflejaba el cielo como un espejo encantado.
—¡Wow! Eso fue increíble, Ania —exclamó Kalen, asombrado—. Nunca había visto algo así. Tu magia es impresionante.
Kalen fue el primero en intentar cruzar, pero el hielo era traicioneramente resbaladizo. Dio unos pasos, patinó y, con un gracioso tropiezo, cayó de bruces con un sonoro golpe.
Ania soltó una carcajada cristalina.
—Vaya… esa es una forma muy elegante de caer para un alfa tan temible como tú.
—¿Te divierte, omega? ¿Por qué no lo intentas tú? —replicó Kalen, aunque una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios.
Ania alzó la barbilla con fingida seriedad.
—Te mostraré cómo lo hace una profesional…
Pero apenas puso un pie sobre el hielo, resbaló estrepitosamente hacia atrás y terminó justo encima de Kalen, que aún se recomponía.
—¡Auch! Eso dolió —murmuró, sobándose la cabeza mientras ambos reían.
Kalen soltó una carcajada sincera.
—¡Eso sí que fue profesional! Señorita experta en caídas sobre hielo.
Entre risas, intentaron ponerse de pie. Cada vez que uno se incorporaba, el otro caía, provocando nuevas carcajadas. La tensión que los había acompañado hasta entonces se deshacía en ese momento como escarcha al sol.
Finalmente, Kalen se levantó primero, extendiendo una mano para ayudarla. La tomó con firmeza, sus dedos entrelazándose un segundo más de lo necesario. Luego comenzaron a deslizarse cuidadosamente sobre el hielo, tomados del brazo para mantener el equilibrio.
Justo cuando estaban por llegar a la otra orilla, Ania volvió a resbalar, jalando a Kalen consigo. Él giró en el aire y cayó de espaldas, amortiguando la caída de Ania sobre su pecho.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros… y entonces, sus labios se rozaron suavemente. Fue un beso breve, casi accidental, pero cargado de una electricidad que hizo que el tiempo se congelara más que el río bajo ellos.
Cerraron los ojos, y por un instante, todo lo demás desapareció.
Al separarse, se miraron sin saber qué decir. Kalen se aclaró la garganta, su voz más grave que de costumbre.
—Vaya… parece que por fin cruzamos al otro lado.
Ania solo sonrió, el rubor en sus mejillas más cálido que el hechizo más poderoso. Y en sus corazones, algo nuevo comenzaba a nacer, tan real como el hielo bajo sus pies… y mucho más difícil de ignorar.
Siguieron su camino y, con el paso de las horas, el terreno comenzó a cambiar. El follaje se volvió más espeso, los árboles más altos y retorcidos. Entraron en un bosque denso y oscuro, envuelto en una neblina tan espesa que apenas podían ver un par de metros por delante.
—No te separes —dijo Kalen en voz baja, con tono protector.
Caminaron juntos, hombro con hombro. Pero la neblina los engulló lentamente y, en un descuido, Ania perdió de vista a Kalen.
—¡Kalen! —gritó, con creciente inquietud—. ¿Dónde estás?
El silencio del bosque le devolvió el eco de su propia voz. Un crujido a su derecha la hizo girar bruscamente.
—¿Kalen? ¿Eres tú? —preguntó, aguzando los sentidos.
Pero lo que emergió entre la neblina no fue Kalen. Era un lobo enorme, de pelaje oscuro y ojos rojos brillantes, completamente desconocido. Sin dudarlo, Ania alzó una barrera mágica justo a tiempo para evitar el primer zarpazo.
—¡Maldición! —exclamó, retrocediendo.
La neblina dificultaba la visión, por lo que cerró los ojos y se concentró únicamente en los sonidos. Su respiración se calmó. El leve crujir de hojas, el goteo lejano de humedad… y un paso a su izquierda.
—¡Ahí estás! —gritó, y giró rápidamente, lanzando un tajo con su katana. Escuchó el gemido del enemigo al recibir el impacto.
Pero no había tiempo para saborear la victoria. Un segundo sonido, esta vez detrás de ella. Instintivamente giró y lanzó su otra katana con fuerza. El filo atravesó algo blando. Un gruñido agudo, seguido de un silencio espeso… y el sonido de sangre salpicando sobre las hojas.
Ania jadeaba, aún en alerta, cuando otro sonido la hizo girar de nuevo, lista para atacar.
—¡Ania! ¡Espera! —La voz de Kalen rompió el silencio justo a tiempo.
Ella se detuvo con el filo a centímetros de su cuello. Kalen alzó las manos.
—Soy yo. Me di cuenta de que ya no estabas tras de mí y regresé.
Ambos bajaron la guardia. Kalen observó el cuerpo sin vida de la criatura a sus pies: un lobo monstruoso, oscuro, con colmillos anormalmente largos.
—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó con el ceño fruncido.
Ania todavía respiraba con dificultad, con la adrenalina bajando poco a poco.
—Me atacaron. No vi de dónde salieron… pero no eran normales. Este bosque… está encantado o corrompido por algo. La niebla, los sonidos… todo es ilusorio. Nos están cazando.
Kalen miró alrededor con los sentidos a tope, colocándose al lado de ella.
—Entonces, de ahora en adelante… nos quedamos juntos. Cueste lo que cueste.
Ania asintió, y entonces, sin pensarlo demasiado, Kalen tomó su mano. Ella lo miró por un segundo, sorprendida, pero no se apartó. Aquel contacto fue cálido, seguro… y cargado de una energía que les recorrió la espalda como una chispa de electricidad.
Caminaron así, tomados de la mano, alerta a cualquier sonido, avanzando por el sendero oculto entre la niebla. El bosque parecía observarlos.
De pronto, Kalen detuvo el paso.
—Estamos rodeados —dijo en voz baja.
Los sonidos se multiplicaron, pasos ágiles, respiraciones pesadas… lobos.
—No te separes de mí —añadió.
—Tengo una idea —dijo Ania, apretando su mano antes de soltarla. Formó un escudo mágico alrededor de ambos justo cuando una jauría de lobos emergía de la neblina.
Kalen desenvainó su pesada espada de hierro, y Ania sacó sus katanas. Se colocaron espalda con espalda, moviéndose con sincronía instintiva.
—¡A tu izquierda! —gritó Kalen.
Ania lanzó un hechizo de fuego. El lobo alcanzado chilló, envuelto en llamas. Kalen no dudó y lo atravesó con su espada.
La batalla fue brutal. Los enemigos no cesaban, atacaban desde todas direcciones. Kalen y Ania peleaban como si hubieran entrenado juntos toda la vida.
—¡Kal! Voy a lanzar un corte mágico. Ponte detrás de mí —advirtió Ania.
Kalen obedeció al instante. Ania cerró los ojos, canalizó energía hacia su katana y la envolvió en una ráfaga de viento. Con un giro preciso, lanzó un corte horizontal que barrió la niebla frente a ellos. Un rugido místico acompañó el corte, disipando la oscuridad y revelando un camino oculto.
—¡Ahora! ¡Corramos! —gritó Ania.
Ambos corrieron lo más rápido que pudieron mientras la neblina se cerraba tras ellos y los lobos los perseguían. El aire parecía pesado, espeso de magia. Las zarpas de los enemigos apenas rozaban sus espaldas cuando, finalmente, alcanzaron el límite del bosque.
En cuanto cruzaron la línea de árboles, la luz del sol los envolvió como un manto protector. La niebla se disipó, y los lobos quedaron atrás, incapaces de salir del bosque encantado.
Solo entonces se dieron cuenta de que aún seguían tomados de la mano. Como si el calor del contacto se hiciera de repente insoportable, ambos se soltaron rápidamente, como si se hubieran quemado. Se miraron de reojo, incómodos, pero con el corazón latiendo con fuerza, y sin decir palabra, siguieron adelante.
Por fin, al fondo del paisaje, se alzaba imponente el monte Rezo. Pero antes de enfrentarse a su ascenso, decidieron detenerse a descansar en un claro que encontraron junto a un hermoso lago cristalino. El lugar parecía encantado, rodeado de flores silvestres y árboles altos cuyas hojas danzaban con la brisa suave.
Ania, fascinada por el entorno, se descalzó y sumergió los pies en el agua. Cerró los ojos, dejando que la calma del lugar se apoderara de ella. En Loren no existían lugares así. Abrió los ojos y miró su reflejo en el agua.
—Ojalá Kail hubiera podido ver esto —susurró, más para sí que para el viento, mientras un atisbo de melancolía asomaba en su mirada.
Mientras tanto, Kalen regresaba con una presa recién cazada. Al verla allí, en silencio, sumergida en aquel paraíso natural, sintió cómo su lobo interior se agitaba. Era la primera vez que veía ese lado tan pacífico y vulnerable de ella. No quiso interrumpirla, así que comenzó a preparar el campamento en silencio mientras el cielo se pintaba de tonos naranjas y morados.
Ania, notando su regreso, se acercó para ayudar.
—No era necesario que me ayudaras. Yo puedo hacerlo. Es mejor que descanses —dijo Kalen mientras encendía la fogata.
—Está bien, ya descansaré en la noche —respondió ella con una sonrisa suave.
Juntos levantaron las tiendas y organizaron el campamento. Luego se sentaron frente al fuego, viendo cómo las llamas danzaban y escuchando el canto lejano de un ave nocturna.
—¿Sabes? —dijo Kalen, rompiendo el silencio—. Aún hay muchas cosas que quisiera saber sobre ti. Eres tan diferente de todo lo que he conocido. Has cambiado por completo la percepción que siempre tuve de los omegas.
Hizo una pausa, ligeramente avergonzado.
—Nuestras tradiciones dicen que solo los alfas pueden ser guerreros, cazadores, protectores… y entonces llegaste tú. Me hiciste sentir incómodo, incluso molesto. Pero ahora… ahora no sé cómo sentirme.
Ania lo miró en silencio, sin juicio. Solo esperando a que él encontrara sus propias palabras.