Cuando por fin llegaron a la aldea, Kalen alzó la voz con autoridad:
—¡Lleven a los esclavos con los curanderos! Que los revisen, los alimenten y los hidraten.
Los guerreros asintieron de inmediato, guiando a los rescatados hacia el interior de la aldea.
Luego, Kalen se giró hacia Ania.
—Acompáñame. Tenemos que hablar con Roem y los ancianos. Deben saber todo lo que ocurrió.
Al llegar a la sala del consejo, Roem y los ancianos ya los esperaban. Sentados en semicírculo sobre plataformas de piedra cubiertas con pieles, su presencia imponía respeto. El silencio reinaba mientras Kalen y Ania se acercaban al centro de la sala.
Kalen se adelantó, haciendo una reverencia solemne.
—Honorables ancianos, regresamos del monte Ember. La misión fue un éxito, pero solo gracias a la intervención de Ania. Su conocimiento de la magia y su valentía fueron esenciales para lograr la victoria y salvar a los esclavos.
Roem asintió lentamente, observando a Ania con una mirada inquisitiva. La sala se mantuvo en silencio mientras los ancianos murmuraban entre ellos.
Ania dio un paso al frente, sin miedo.
—Con su permiso —dijo con voz firme—, me gustaría proponer algo. Los guerreros del Rey n***o usan magia poderosa. Necesitamos prepararnos. Necesitamos entrenar a nuestros guerreros en defensa mágica, incluso si eso significa desafiar las tradiciones. Sé que no todos son aptos para ser hechiceros, pero incluso un simple omega puede ser útil si posee la afinidad adecuada. El tiempo apremia, y no podemos desperdiciar ningún recurso.
Kalen asintió y dio un paso junto a ella.
—Lo que propone Ania va en contra de lo que siempre hemos creído. Lo sé. Pero también sé que lo que enfrentamos es distinto a todo lo que hemos conocido. No podemos proteger nuestras tierras ni nuestra paz si seguimos aferrándonos a una visión del mundo que ya no funciona. Les pido que confíen en mí… y en ella. Debemos adaptarnos si queremos sobrevivir.
Los ancianos se miraron unos a otros. La deliberación fue silenciosa, pero cargada de intensidad. Finalmente, el más anciano de todos, de barba blanca y ojos profundos, se levantó.
—Kalen, hijo de la luna —dijo con voz pausada pero poderosa—. Hemos escuchado tus palabras y visto tus actos. Creemos en ti. Es hora de abrir nuestras mentes. El cambio será difícil, y muchos se resistirán. Pero si queremos preservar Feralis, debemos evolucionar. Por eso, te encomendamos a ti y a Ania la tarea de preparar a nuestra gente para lo que viene. Entrénalos. Guíalos. Y dales esperanza.
Kalen inclinó la cabeza, solemne.
—No los defraudaremos, honorables ancianos. Yo mismo me encargaré de que todo esté listo.
Ania, junto a él, asintió con determinación. Por primera vez, sentía que tal vez... estaba encontrando un lugar al que pertenecer.
Al día siguiente, Kalen y Ania reunieron a toda la comunidad en el claro central de la aldea. Guerreros, omegas, jóvenes y ancianos se congregaron con expectación. El ambiente estaba cargado de curiosidad y una nueva esperanza comenzaba a asomar entre las miradas.
Ania avanzó al frente, portando una pequeña caja de madera que contenía fragmentos de adamita transparente.
—Necesito que se concentren lo más que puedan mientras sostienen esta piedra —dijo con serenidad, su voz clara resonando en el silencio.
Los presentes hicieron lo indicado. Tras unos minutos, solo algunas piedras comenzaron a brillar con distintas tonalidades: algunas rojas, otras verdes, otras azules.
—¿Qué significa esto, Ania? —preguntó Kalen, intrigado.
—Si la piedra brilla, significa que tienen afinidad mágica. Y el color indica el tipo de magia que pueden usar —respondió ella, extendiéndole una piedra a Kalen—. Toma, concéntrate.
Kalen aceptó la piedra con algo de escepticismo, pero también con curiosidad. Cerró los ojos y se concentró... Nada. La piedra permaneció inerte.
—¿Eso significa que no soy adepto a la magia? —preguntó, con un tono entre decepción y alivio.
—Así es, Kalen. No eres afín —dijo Ania con suavidad—. Pero hay algo en ti, algo poderoso. Lo puedo sentir. Tal vez no sea magia, pero es igual de valioso. Ahora es momento de comenzar el entrenamiento.
Los entrenamientos comenzaron al amanecer. Ania se encargaba de enseñar el uso de la magia, mientras Kalen dirigía el combate físico. Día tras día, más guerreros llegaban de otras manadas, respondiendo al llamado de unidad.
Ania separó a los nuevos adeptos por colores de piedra: los de piedra verde para conjuros de curación, los de piedra azul para protección, y los de piedra roja para ofensiva. Les enseñó a concentrar su energía vital en las piedras mágicas, a visualizarlas, a liberar la magia con intención.
—No basta con desearlo —decía—. Deben visualizar el resultado. El poder no está solo en la piedra, sino en ustedes.
Mientras tanto, Kalen entrenaba a los guerreros con dureza. Lucha cuerpo a cuerpo, técnicas con espada, lanza, arco y flecha. Sus métodos eran exigentes, pero efectivos. El sudor y las caídas eran constantes, pero también lo era la mejora.
Entre ejercicios y hechizos, las miradas entre Kalen y Ania se cruzaban con frecuencia. Kalen no podía dejar de observarla: cómo se movía, cómo lideraba, cómo enseñaba. Verla, tan fuerte y delicada al mismo tiempo, despertaba algo en él que no comprendía del todo... algo que agitaba su lado lobo, que lo hacía sentir alerta y vivo.
Por su parte, Ania a veces lo miraba desde lejos mientras él entrenaba. Había algo en su porte, en su forma de dar órdenes, que le recordaba al pasado. A su antiguo mentor, a Kail. A aquella promesa de protección que alguien una vez le hizo... y que ahora Kalen, sin saberlo, comenzaba a revivir.
Así, día tras día, el campo de entrenamiento se llenaba de nuevos lazos, poder, disciplina y algo más que aún no se decía en voz alta: la esperanza de que, por primera vez, Feralis podría estar preparado para resistir lo que se avecinaba.
Hombres y mujeres dispuestos a luchar por la paz de sus manadas llegaban desde todos los rincones del continente. Con cada día que pasaba, el ejército crecía. Los nuevos hechiceros aprendían a un ritmo sorprendente, y los guerreros perfeccionaban sus habilidades bajo la estricta guía de Kalen. Pronto, contaban con un ejército de más de dos mil entre guerreros y hechiceros.
Se organizaron grupos especializados, se desplegaron mensajeros hacia puntos estratégicos vigilados por los enemigos, y todas las manadas contaban ya con protección mágica y física. En el centro de la estrategia, estaba el grupo de élite comandado por Kalen.
Durante un breve descanso, mientras el sol comenzaba a descender sobre las montañas, Ania se acercó a Kalen, quien afilaba su espada en silencio.
—Sabes, Kalen... —comenzó ella, mirando al horizonte—. En Loren hay una leyenda. Se dice que, en algún lugar de este continente, se encuentra la Masamune.
Kalen alzó la vista, curioso.
—¿La Masamune? He escuchado que esa espada puede cortar cualquier cosa —respondió—. ¿Quieres buscarla?
Ania asintió.
—El Rey n***o posee la Murasama. Es una espada maldita. Le otorga un poder inmenso a su portador, pero consume su alma, lo transforma en una criatura sedienta de sangre. La Masamune es su opuesta. Equilibrada. Pura. Si el Rey n***o la encuentra primero… estaremos perdidos. Pero si nosotros la conseguimos, estaremos en igualdad de condiciones.
Kalen frunció el ceño con seriedad.
—Entiendo. Preguntaré a los ancianos si saben algo más. No podemos dejar que esa espada caiga en las manos equivocadas.
Kalen se dirigió de inmediato a la cabaña de Roem. Lo encontró revisando mapas y notas sobre los campamentos enemigos.
—Jefe, tenemos una nueva misión —dijo con urgencia—. Ania me habló sobre la Masamune. ¿Sabe algo sobre ella o dónde podríamos encontrarla?
Roem entrecerró los ojos, pensativo. Luego se levantó y rebuscó entre una colección de antiguos papiros. Tras unos minutos, sacó uno amarillento y lo extendió sobre la mesa.
—Aquí está —dijo—. Según este escrito, la Masamune es una espada que puede cortar cualquier cosa, pero no cualquiera puede portarla. La espada elige a su portador.
—Lo sé —asintió Kalen—. Ania también mencionó eso. Pero si el Rey n***o quiere apoderarse de ella… debemos adelantarnos.
Roem asintió con gravedad.
—Entonces irán ustedes dos. Al amanecer. La localización es incierta, pero los textos indican que podría hallarse en algún lugar del monte Rezo.
Al día siguiente, con el cielo aún cubierto por la niebla del alba, Kalen y Ania partieron en dirección al monte Rezo. Armados, equipados y con provisiones suficientes, sabían que el viaje sería largo y peligroso.
—Según este mapa —dijo Kalen mientras ajustaba su capa—, la Masamune se encuentra en algún lugar entre las cavernas del monte. ¿Estás lista para esto?
Ania esbozó una sonrisa confiada.
—Kalen, vengo de un continente en guerra. Puedo manejar cualquier cosa que nos espere en ese monte.
Y así, con pasos decididos, ambos se adentraron en una nueva búsqueda… una que podría cambiar el destino de Feralis para siempre.
Llegó la noche y montaron un pequeño campamento al pie de una colina. Encendieron una fogata que crepitaba suavemente bajo el cielo estrellado. Mientras el fuego avivaba su calor, cocinaban unos conejos que habían cazado durante el día. El aroma llenó el aire, reconfortante tras la larga caminata.
Kalen no podía evitar observar a Ania. La luz danzante del fuego resaltaba los delicados rasgos de su rostro. Había en ella una combinación de fuerza y serenidad que lo desarmaba. Era tan distinta a las omegas de su manada, y eso lo fascinaba.
—Dime, Ania —rompió el silencio—, ¿has pensado en lo que harás cuando esta guerra termine?
Ania lo miró por un momento, luego desvió la vista hacia las estrellas.
—Honestamente… no —dijo con voz suave—. Crecí en un mundo de guerra. Siempre he soñado con la paz, pero… si te soy sincera, me da miedo. ¿No es tonto? Luchar por un ideal que nunca has conocido. ¿Y si no puedo adaptarme a ese nuevo mundo? ¿Y si descubro que no pertenezco a él?
Kalen bajó la mirada, pensativo. Luego, con voz firme y sincera, respondió:
—No te preocupes, Ania. Ya no estás sola. Me tienes a mí… —se aclaró la garganta— A mi manada.
Un leve rubor tiñó sus mejillas, que disimuló mirando al cielo.
Ania sonrió con ternura.
—Gracias, Kalen. Saber que tengo un lugar, una oportunidad de empezar de nuevo… me da esperanza.
A la mañana siguiente, desayunaron y desmontaron el campamento. Retomaron su camino hacia el monte Rezo. El aire era fresco y el cielo comenzaba a despejarse. Ania caminaba en silencio, reflexionando sobre la conversación de la noche anterior. ¿Cómo sería un mundo en paz? ¿Un lugar donde pudiera vivir sin miedo?