Al llegar, fue directo al consejo.
—Roem, ancianos —dijo, haciendo una reverencia—. Encontramos el campamento donde dijo la omega. Están allí. Los mapas lo confirman. El olor de los invasores es como el de Ania. Hablan un idioma que no comprendo. Estos documentos muestran nuestras posiciones y recursos. Creo que Ania puede ayudarnos a traducirlos.
Roem asintió.
—Tráiganla de inmediato.
Ania fue llevada ante el consejo. Kalen no pudo evitar mirarla con una mezcla de emociones. Había algo en su aroma que lo perturbaba. Algo que no sabía identificar.
—Bien, omega —dijo—. Lo que dijiste era cierto. Necesitamos que nos digas qué dicen estos pergaminos. Y cuidado con mentir.
Se acercó peligrosamente. Su voz se volvió baja. Amenazante.
Luego retrocedió. Observó cada gesto de ella.
Ania tomó los documentos, leyó rápidamente.
—Son listas de materiales. Qué necesitan, dónde extraerlos. Montañas del norte, bosque del este, desiertos del oeste, estepa del sur. No podemos dejar que lo hagan.
Kalen se volvió hacia Roem.
—Propongo enviar escuadrones para emboscar en esos puntos.
Roem asintió.
—Buena idea. Pero no tenemos suficientes hombres. Llamaremos a los aliados. Convocaré una asamblea.
—Entendido. Y ¿qué hacemos con la omega?
—Vuelve a la celda hasta que decidamos.
Los guardias la tomaron del brazo. Ella forcejeó.
—¡No! ¡Necesitan un hechicero! ¡Ellos usan magia!
Kalen se giró, esbozando una sonrisa desdeñosa.
—¿Magia? Nosotros no necesitamos trucos. Somos guerreros. La magia va contra nuestras tradiciones.
Y se marchó.
Ania fue encerrada nuevamente. Golpeó la pared con frustración.
—¡Maldita sea! ¡No saben en lo que se están metiendo!
Al día siguiente por la tarde, los líderes de las manadas aliadas se presentaron en el salón de juntas para discutir la información sobre Loren y el peligro potencial que se estaba presentando. El salón era imponente: una cámara amplia construida con madera de roble n***o, con techos altos sostenidos por vigas talladas con símbolos de cada manada. Las paredes estaban cubiertas de trofeos de caza, mapas antiguos, lanzas ornamentales y escudos marcados por generaciones de historia. En el centro, una mesa redonda de roble pulido ocupaba la mayor parte del espacio, rodeada por sillas igualmente robustas, cada una con el emblema de su clan tallado en el respaldo.
El ambiente estaba cargado de tensión. Los alfas presentes hablaban con vehemencia, sus voces resonando en la cámara.
—¿Y si es una trampa? —decía uno—. ¿Y si esa omega vino a desestabilizarnos desde dentro?
—¿Acaso no hemos visto ya pruebas suficientes? —intervino otro—. ¿Vamos a esperar a que lleguen a nuestras puertas?
Roem, desde la cabecera de la mesa, alzó la mano para pedir silencio.
—Escuchemos a Kalen. Él fue quien lideró la misión al norte.
Kalen se puso de pie. Su presencia llenó el salón de inmediato. Con voz firme y clara, comenzó:
—Estimados líderes alfa, sé que nuestras tradiciones nos han servido durante generaciones. Pero hoy, enfrentamos un enemigo diferente. Un enemigo que no honra los pactos ni respeta las jerarquías. Vienen por nuestros recursos, por nuestras tierras, por nuestro pueblo. Discutir entre nosotros es inútil. Es hora de unirnos.
Caminó lentamente alrededor de la mesa, mirando a cada uno de los presentes.
—Lo he visto con mis propios ojos. Tienen esclavos trabajando en condiciones inhumanas. Están armados con magia. Con estrategias que jamás habíamos enfrentado. Si no actuamos ahora, todo lo que hemos construido caerá. Propongo alianzas formales, un consejo de guerra y una respuesta conjunta. Ya no se trata de una manada. Se trata de todo Feralis.
Un murmullo recorrió la sala. Los más escépticos intercambiaron miradas. Algunos asintieron en silencio.
—¿Y qué papel jugará la extranjera? —preguntó un alfa de barba plateada—. ¿Confiamos en una omega de Loren?
—Confianza no significa ingenuidad —respondió Kalen—. La vigilaré personalmente. Pero gracias a ella, ganamos nuestra primera victoria. Y sin su ayuda, habríamos fracasado. La magia puede ser peligrosa, sí… pero también puede ser nuestra aliada si se usa con sabiduría.
Roem asintió, golpeando la mesa suavemente con la palma.
—Entonces es unánime. Cada clan enviará a sus mejores guerreros. Comenzaremos a trabajar en una estrategia global. Y se convoca al Consejo de Alianza de Emergencia. La guerra ha comenzado, y Feralis no luchará dividido.
Una a una, las voces de los alfas se alzaron en acuerdo.
—Por Feralis —dijeron al unísono.
El primer paso hacia la resistencia acababa de consolidarse. Ahora, la batalla por el futuro del continente estaba oficialmente en marcha.
El primer grupo de guerreros, liderado por Kalen, partió hacia las tierras del norte, donde se encontraba el volcán Ember. El viaje fue largo, atravesando senderos montañosos cubiertos de neblina, bosques de árboles retorcidos por el viento y planicies heladas que crujían bajo sus pasos. A medida que se acercaban al volcán, el suelo comenzaba a templarse, y un olor a azufre impregnaba el aire.
El monte Ember se alzaba imponente ante ellos, una mole oscura que escupía columnas de humo desde su cima. La tierra temblaba levemente con su respiración, y desde kilómetros a la redonda se podía ver la niebla caliente elevarse como un presagio.
Kalen detuvo a su grupo en una colina cercana. Desde allí podían observar un campamento enemigo asentado en las faldas del volcán. Había torres improvisadas, carpas marcadas con símbolos oscuros y guardias armados patrullando el perímetro.
—Debemos ser cuidadosos —dijo Kalen en voz baja—. Tomaremos posiciones y esperaremos mi señal.
Los guerreros se desplegaron como sombras entre la vegetación. Con precisión silenciosa, fueron eliminando a los centinelas uno por uno. Al terminar, Kalen dio la orden de avanzar hacia la entrada de la cueva.
El calor del interior era sofocante. El aire denso y cargado dificultaba la respiración. La piedra brillaba con vetas rojizas que pulsaban como si el corazón del volcán latiera en sus profundidades. Algunos guerreros comenzaron a marearse y tuvieron que salir.
Kalen intentó resistir, pero el calor era inhumano. Tosiendo, salió a la superficie, frustrado.
—¿Cómo demonios pueden ellos soportar esto? —gruñó, golpeando el suelo con el puño.
—Porque usan magia —respondió una voz conocida.
Kalen alzó la vista y vio a Ania, de pie entre la bruma.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo escapaste?
—No importa. Estoy aquí porque me necesitan. Si quieren entrar, necesitan mi ayuda.
Kalen entrecerró los ojos, estudiándola.
—No te confío, Ania. Pero no tengo opción.
—Si quisiera traicionarlos, no habría regresado —dijo ella con firmeza—. Sus tradiciones no sirven contra enemigos como estos. Esta vez, necesitan algo más.
Kalen respiró hondo. El orgullo le pesaba más que la armadura.
—De acuerdo. Pero estaré vigilándote.
Ania levantó la mano y trazó símbolos en el aire. Un círculo mágico dorado envolvió al grupo, aliviando de inmediato la temperatura.
—Podrán soportarlo ahora —aseguró.
Adentrándose nuevamente, avanzaron hasta lo más profundo de la cueva. Allí encontraron lo impensable: esclavos encadenados, extrayendo minerales relucientes bajo el látigo de soldados invasores.
Los ojos de Kalen ardieron de furia.
—Esto… esto es monstruoso.
Ania colocó una mano en su brazo.
—Esto es lo que hace el Rey n***o. A los más débiles los rompe… hasta que no queda nada.
Kalen asintió con rabia contenida.
—Liberémoslos.
Diseñaron un plan. Ania lanzaría una niebla ilusoria para cubrir el ataque sorpresa. Kalen y sus hombres eliminarían a los soldados. Pero el enemigo estaba preparado. Un hechicero disipó la niebla con un contrahechizo, revelando su posición.
—¡Ania! ¡Te necesito aquí! —rugió Kalen.
Ania actuó rápidamente. Reunió a los esclavos y lanzó un escudo protector sobre ellos, luego corrió hacia el centro del conflicto.
—Debo anular al hechicero. Es su magia la que los fortalece.
Mientras Kalen luchaba con fiereza, Ania se enfrentó al mago enemigo. Hechizo tras hechizo, el duelo se volvió cada vez más intenso. Finalmente, Ania cargó su katana con energía mágica y rompió el escudo del enemigo con un corte preciso. El hechicero cayó muerto, y con él, la protección mágica desapareció.
Los soldados que dependían de esa magia cayeron en segundos, asfixiados por el calor.
—¿Qué pasó? —preguntó Kalen, atónito.
—La magia que los protegía murió con él —explicó Ania.
—¿Y los esclavos…?
—Están a salvo. Los protegí antes de atacarlo.
Fuera de la cueva, los heridos fueron atendidos. Ania curó a los más graves, mientras los guerreros ofrecían agua y comida a los rescatados.
Kalen se acercó a ella, bajando la cabeza levemente.
—Gracias, Ania. Sin ti… esto habría sido un desastre.
Ania sonrió, apenas.
—Lo importante es que ahora entienden lo que enfrentamos. Y lo que necesitamos para vencerlo.
—Regresaremos a la aldea. Hay mucho que contar. Y llevaremos con nosotros lo que los invasores extrajeron. Nos será útil.
Por primera vez, Kalen miró a Ania sin recelo. No como una amenaza. Sino como una aliada.
Una vez que recogieron los materiales y reunieron a los esclavos, emprendieron el viaje de regreso a la manada de Kalen. El camino tomó más tiempo del previsto, ya que muchos de los esclavos aún estaban débiles, caminaban con lentitud y necesitaban constantes pausas para recuperar fuerzas. A pesar de todo, nadie se quejaba. El aire estaba cargado de una nueva esperanza.
Mientras avanzaban, Kalen no podía evitar lanzar miradas furtivas a Ania. Para él era extraño ver a una omega tan poderosa. En su manada, las omegas eran responsables de la crianza, la cocina y otras labores domésticas. Nunca había imaginado que una omega pudiera blandir una katana, usar magia y enfrentarse a un hechicero.
Su curiosidad era demasiada. Finalmente, se acercó a ella.
—Ania… yo… quisiera que me contaras más sobre ti. Sobre Loren. Sobre el Rey n***o. —Hizo una breve pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Quiero ser de más ayuda. Esta vez… quiero hacer las cosas bien.
Ania lo miró con suavidad, sin juzgarlo.
—Crecí en un mundo de guerra. El Rey n***o ha reinado desde que tengo memoria. Nunca conocí la paz. Solo hambre, miedo y muerte. Aprendí a esconderme para sobrevivir, hasta que el alfa Wade me encontró. Él era el líder de la resistencia. Me entrenó en el arte de la katana, el arco... Me enseñó a hacer de mi cuerpo un arma ágil y letal. A los diez años descubrí mi afinidad por la magia, y los hechiceros del grupo me enseñaron todo lo que sabían. Por mi tamaño y rapidez, me especialicé en infiltración. Así fue como descubrí los planes de invasión… y por eso estoy aquí.
Kalen la escuchó con atención, sin interrumpir. Sus cejas se fruncieron, y su expresión se suavizó con una mezcla de tristeza y admiración.
—No tenía idea de que en otras partes del mundo la vida fuera tan dura —dijo finalmente, con sinceridad—. Estoy… realmente impresionado por lo que has logrado. Eres fuerte, Ania. Muy fuerte. —Su voz se tornó más baja, más íntima—. Pero quiero que sepas que ya no estás sola. Me tienes a mí… y a mi manada. Vamos a protegerte. Y juntos… liberaremos Feralis y Loren del Rey n***o. Te lo prometo.
Ania sintió que su corazón se apretaba ante esas palabras. Bajó la mirada, sonriendo con dulzura.
—Gracias, Kalen. Significa mucho para mí saber que no estoy sola.
El resto del viaje continuó en silencio. Pero un nuevo vínculo se había formado entre ambos. Kalen no podía evitar observarla de reojo. Había algo en esa omega que despertaba algo profundo e inquieto en su interior. Algo que su parte lobo reconocía… aunque él aún no se atrevía a aceptarlo.