Contratada. 1

4656 Words
El despertador sonó antes de que amaneciera por completo. Elena abrió los ojos con algo de pereza, pero sin esa pesadez emocional que la había acompañado durante semanas, se quedó unos segundos mirando el techo, ubicándose en el día. Trabajo, segundo día, se levantó antes de que pudiera convencerla la idea de quedarse cinco minutos más en la cama y fue directo a la cocina, abrió el refrigerador y sacó uno de los paquetes de comida preparada que había comprado en oferta. No era mala, pero tampoco se comparaba con la comida casera que ella solía preparar cuando tenía tiempo y ánimo, sin embargo, ahora debía ser práctica. Tiempos de crisis, decisiones prácticas. Metió el recipiente al microondas mientras preparaba café y revisaba mentalmente lo que debía hacer ese día; llegar temprano, organizar la agenda, conocer mejor los sistemas y no cometer errores. El sonido del microondas la sacó de sus pensamientos, sacó el recipiente, dejó que se enfriara un poco y luego lo guardó en un contenedor para llevarlo al trabajo. Se duchó rápido, se vistió con ropa limpia y sencilla, pero presentable; pantalón de vestir oscuro, blusa clara y un blazer ligero, no necesitaba impresionar a nadie, pero sí verse profesional. Se perfumó ligeramente, como siempre hacía, y se recogió el cabello en una media coleta que le daba un aspecto ordenado y fresco. Antes de salir, revisó que las nuevas cerraduras estuvieran bien aseguradas, el clic firme de la puerta volvió a darle tranquilidad. Caminó hacia la parada del autobús mientras el sol comenzaba a iluminar las calles, el aire fresco de la mañana despejó el resto de sueño que le quedaba. Esta vez el autobús no iba tan lleno. Subió y, para su sorpresa, encontró un asiento libre junto a la ventana, se sentó y acomodó su bolso en las piernas. La mayoría de la gente que trabajaba en el centro prefería el tren por ser más rápido, así que el autobús iba más tranquilo, apoyó la cabeza contra el vidrio y observó la ciudad despertar lentamente, personas caminando apresuradas, cafeterías abriendo, estudiantes cruzando calles, repartidores iniciando su jornada. Elena respiró hondo, por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo del día que tenía por delante, tal vez aún no tenía todo resuelto, pero estaba avanzando y eso era suficiente por ahora. A una cuadra del edificio, Elena notó una pequeña cafetería abierta en la esquina. El aroma a café recién hecho escapaba por la puerta cada vez que alguien entraba o salía, se detuvo un segundo e hizo cálculos rápidos en su cabeza, todavía podía permitirse un pequeño gusto, revisó su reloj de muñeca, tenía tiempo suficiente antes de fichar su entrada. — Bueno... uno no me va a arruinar. — murmuró para sí misma. Entró a la cafetería y pidió un frappé de café con crema batida. Mientras lo preparaban, observó a la gente entrar y salir con prisa matutina, cada uno atrapado en su propia rutina. Le entregaron el vaso frío y agradeció con una sonrisa antes de salir nuevamente a la calle. El frío del frappé contrastó con el aire fresco de la mañana cuando dio el primer sorbo, cerró los ojos un segundo, disfrutándolo, pequeños placeres. Llegó al edificio de la empresa y entró con paso seguro, saludó al personal de recepción con amabilidad, como el día anterior. — Buenos días. — algunos ya la reconocían y respondieron con sonrisas. Mientras avanzaba por el lobby, vio al conserje luchando con un par de trapeadores y escobas que se le resbalaron de las manos, cayendo al suelo con ruido, sin pensarlo, se acercó y le ayudó a recogerlos. — Gracias, señorita. — dijo el hombre, algo apenado. — No hay problema. — le acomodó los implementos en el carrito y siguió su camino. Al llegar a los elevadores, sacó la tarjeta de acceso y la pasó por el lector. La luz verde indicó acceso permitido, entró al ascensor casi vacío y presionó el botón del último piso de la torre, las puertas se cerraron suavemente. Mientras el elevador ascendía, Elena dio otro sorbo a su café helado y dejó escapar un pequeño suspiro, segundo día, nueva oportunidad. Cuando las puertas del elevador se abrieron en el último piso, Elena salió con paso tranquilo, aún terminando su frappé. El ambiente era distinto al de los pisos inferiores; silencioso, elegante, con ese lujo discreto que no necesitaba mostrarse para imponerse, saludó con un gesto a un par de empleados que ya estaban instalándose en sus cubículos y caminó hacia la pequeña oficina que ahora era su espacio de trabajo, pero al entrar, se detuvo en seco. Su escritorio estaba cubierto de cajas, parpadeó, confundida. Miró a ambos lados del pasillo, como si esperara encontrar a alguien explicándole qué estaba pasando, pero nadie parecía prestarle atención, se acercó con cautela. Las cajas estaban perfectamente acomodadas en una torre ordenada sobre el escritorio, en la parte superior descansaba una caja delgada y elegante. La abrió primero y encontró un teléfono completamente nuevo, aún protegido con plásticos. Debajo había otra caja más grande, la abrió y descubrió una tableta, de unas doce pulgadas, también nueva, su sorpresa aumentó, siguió bajando y encontró una laptop de alta gama, ligera y moderna, claramente destinada para trabajo ejecutivo. A un lado del escritorio vio otra caja más pequeña que parecía haberse deslizado y caído parcialmente, la recogió y la abrió con curiosidad. Un reloj inteligente, Elena parpadeó varias veces, eso era demasiado, mucho más de lo que había imaginado cuando Félix Noirval mencionó implementos de trabajo, observó nuevamente todo el conjunto, teléfono, tableta, laptop. Reloj inteligente, todo de la misma marca, perfectamente integrado, se quedó unos segundos en silencio, tratando de procesarlo, ella solo esperaba un teléfono corporativo y quizá una computadora básica, no un ecosistema completo de dispositivos. Sintió un pequeño nudo en el estómago, eso implicaba una cosa, el puesto no era sencillo y su jefe claramente esperaba eficiencia absoluta. Dejó su bolso sobre la silla y, con cuidado, comenzó a abrir cada caja para encender y revisar los equipos, mientras retiraba los plásticos protectores, no pudo evitar pensar. «Bueno... al menos ahora sí parece que tengo un trabajo de verdad.» Elena tomó primero el teléfono y lo encendió. La pantalla iluminó el escritorio con un brillo limpio y moderno mientras el sistema iniciaba por primera vez, apenas terminó de cargar, comenzaron a llegar notificaciones en cadena. Mensajes de configuración de red, activación de servicios, correos de bienvenida del departamento de sistemas, parpadeó sorprendida. Revisó la información y entendió rápidamente; el dispositivo ya tenía un chip corporativo instalado, con paquete mensual de datos y llamadas ilimitadas. «Teléfono empresarial,» comprendió. Revisó la agenda y notó que ya había algunos contactos guardados; departamentos internos, números prioritarios y, en la parte superior, uno marcado como contacto principal. Señor Noirval. El corazón le dio un pequeño salto involuntario. Sacudió la cabeza y se concentró en lo importante, descargó las aplicaciones que sabía que iba a necesitar; gestor de correos, agenda corporativa, plataformas internas y herramientas de comunicación del trabajo. Luego tomó la tableta y comenzó a encenderla también, admirando lo ligera que era, todo estaba sincronizado para funcionar en conjunto; teléfono, computadora y tableta. Mientras examinaba las opciones, intentando entender cómo se integraba todo, escuchó el suave sonido de la puerta de cristal abrirse, levantó la vista, Claire entraba en ese momento. La jefa de Recursos Humanos la observó unos segundos y una sonrisa divertida apareció en su rostro al verla rodeada de cajas y dispositivos abiertos. — Parece mañana de Navidad. — comentó. Elena sintió que la habían atrapado haciendo algo indebido y se apresuró a ponerse de pie. — Buenos días. — Claire se acercó, todavía sonriendo. — Buenos días, Elena, veo que ya encontraste tus herramientas de trabajo. — Elena miró el escritorio lleno. — No esperaba... tanto. — Claire soltó una pequeña risa. — El señor Noirval no trabaja a medias. — Elena se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. — Supongo que eso significa que debo estar disponible todo el tiempo. — Claire la miró con cierta simpatía. — Solo cuando sea necesario, pero sí, él se mueve rápido y necesita que su agenda también lo haga. — la mujer dejó una carpeta sobre el escritorio. — Tu contrato fijo, léelo con calma y cuando termines bajas a firmarlo. — Elena tomó la carpeta con ambas manos, como si pesara más de lo normal. — Gracias... por la oportunidad. — susurro, emocionada. Claire negó suavemente. — Te la ganaste ayer. — y tras dedicarle una última sonrisa, salió de la oficina dejándola nuevamente sola. Elena miró el contrato, luego los dispositivos, luego la puerta del despacho del jefe y entendió que su vida estaba cambiando mucho más rápido de lo que esperaba La mañana comenzó a moverse con rapidez. Apenas se sentó, las llamadas empezaron a entrar una tras otra, Elena abrió la laptop, conectó el teléfono y comenzó a organizar correos, informes y solicitudes de reunión casi al mismo tiempo. Mientras respondía a un departamento que pedía reagendar una junta y recibía documentos digitales para el señor Noirval, intentaba leer por encima el contrato que Claire le había dejado, pero era imposible concentrarse, no tenía ni un minuto libre. Ordenaba dos informes impresos cuando el nuevo celular vibró sobre el escritorio, sin mirar la pantalla, respondió automáticamente. ________________________________________________________________________________ — Oficina del señor Noirval, buenos días. — se hizo un breve silencio. Luego escuchó una risa baja al otro lado de la línea, Elena se quedó congelada, reconocía esa voz, miró rápidamente la pantalla. Señor Noirval, sintió calor subirle por el cuello. — Señor Noirval... buenos días. — corrigió con cierta torpeza. La risa suave volvió a escucharse. — Veo que ya estás completamente en modo secretaria ejecutiva. — Elena se aclaró la garganta, intentando recuperar compostura. — Lo siento, respondí en automático. — explico. — Eso es bueno... — respondió él — Significa que estás concentrada. — ella acomodó los papeles nerviosamente. — Estoy intentando poner todo en orden. — hubo un breve silencio antes de que él preguntara. — ¿Te gustaron tus implementos de trabajo? — Elena miró la laptop, la tableta y el teléfono alineados frente a ella. — Sí, señor, son... excelentes. — una pausa. — ¿Cambiarías algo? — la pregunta la tomó por sorpresa. Pensó un segundo y decidió ser honesta. — Bueno... sí. — confeso. Hubo un leve silencio curioso del otro lado. — Dime. — Elena habló con cautela. — La agenda corporativa digital... no me resulta muy cómoda, estoy acostumbrada a organizarme con agenda física y marcadores de colores, me ayuda a ordenar mejor los pendientes... — se mordió el labio antes de continuar — Quería saber si podía comprar una agenda nueva y usar mis propios marcadores de doble punta para organizar el trabajo. — silencio. Dos segundos, tres, Elena pensó que quizá había dicho algo tonto, entonces Félix habló nuevamente. — Mándame el modelo de marcadores que quieres usar. — Elena parpadeó. — ¿Perdón? — no entendió bien. — Y cambia la agenda por la que te resulte más cómoda, lo importante es que el trabajo funcione. — Elena no pudo evitar sonreír. — Muchas gracias, señor. — esta vez su tono sonó más animado, incluso un poco emocionado. Él pareció notarlo. — Mientras el trabajo esté organizado, puedes hacerlo a tu manera. — Elena sintió un pequeño alivio. — Lo estará. — le aseguro. Un segundo de silencio cómodo se instaló entre ambos, luego él añadió. — Sigue así, Elena. — la llamada terminó. ________________________________________________________________________________ Ella dejó el teléfono en el escritorio y soltó el aire, no sabía exactamente por qué, pero hablar con él la dejaba con una extraña sensación de energía, sacudió la cabeza y volvió a los informes, todavía tenía demasiado trabajo como para distraerse pensando en la voz de su jefe. Félix le escribió poco después de la llamada. El celular vibró sobre el escritorio mientras Elena intentaba coordinar dos informes al mismo tiempo y responder preguntas del jefe del departamento de logística, que hablaba demasiado rápido para su gusto, pidió disculpas un segundo, tomó el teléfono y leyó. Félix: Envíame la foto de los marcadores que quieres. Elena parpadeó, sorprendida de que hubiera respondido tan rápido a algo tan trivial, tecleó con rapidez. Elena: Claro, señor Noirval. Son unos que tengo en casa. Mañana puedo traerlos. Dejó el celular a un lado y siguió trabajando hasta que tuvo un pequeño respiro. Aprovechó para buscar en su galería una foto que había tomado hacía semanas, cuando organizó sus cosas tras que él abandonara la casa. Eran marcadores de doble punta, ordenados por colores dentro de una caja transparente, le envió la imagen, pasaron apenas unos segundos. Félix: Recibido. Nada más, ella esperó algún comentario, pero no llegó. Encogió los hombros y volvió al trabajo, dos horas después, el ritmo del día era aún más frenético, Elena estaba fuera de su oficina hablando con el jefe de mantenimiento sobre un desperfecto en una de las salas de reuniones. — Necesitamos saber si se puede arreglar hoy... — decía ella, revisando su tableta — El señor Noirval tiene una videoconferencia mañana temprano. — le mostro una imagen. — Podemos intentarlo, pero... — en ese momento vio a Sophie salir del elevador acompañada por un hombre alto que cargaba una caja enorme. Ambos caminaron directo hacia su oficina, Elena frunció el ceño. — Disculpe un momento. — le dijo al jefe de mantenimiento. Se acercó justo cuando el hombre entraba a su despacho y dejaba la caja sobre el escritorio con un golpe sordo. — ¿Ocurre algo? — preguntó Elena. Sophie sonrió con esa expresión elegante y profesional que siempre parecía llevar puesta. — Claro, traemos sus implementos de trabajo. — Elena parpadeó. — ¿Mis implementos? — pregunto, confundida. — Sí... — respondió Sophie, señalando la caja — El señor Noirval pidió que se entregaran lo antes posible. — el hombre saludó con un leve gesto de cabeza y salió de la oficina sin decir palabra. Elena entró despacio, aún confundida. — Pero... yo dije que los traería mañana. — Sophie cruzó los brazos, divertida. — El señor Noirval no suele esperar cuando algo puede resolverse hoy. — Elena dejó la tableta en el escritorio. — ¿Todo esto es por los marcadores? — no estaba entendiendo muy bien. — Ábralo y verá. — Elena levantó las cejas y abrió la caja con cuidado. Dentro había varias cajas nuevas, perfectamente organizadas, sacó una, era exactamente la misma marca y modelo de sus marcadores, luego otra y otra. Había al menos diez cajas, además, una agenda corporativa nueva, pero personalizada; cubierta negra, hojas de mejor calidad, separadores de colores, etiquetas adhesivas, resaltadores y hasta clips decorativos, Elena abrió la boca lentamente. — Esto... esto es demasiado. — Sophie apoyó una mano en el respaldo de la silla. — Le sugeriría que se acostumbre. — dijo con tono divertido. — Pero solo pedí permiso para traer los míos. — dijo mientras sacaba una lampara de escritorio portátil. — Y el señor Noirval decidió que era más práctico tenerlos aquí. — Elena tocó los marcadores como si fueran un objeto sagrado. — ¿Compró todo esto hoy? — pregunto. — Hace una hora. — la chica asintio. — ¿En serio? — Elena quería desaparecer de la vergüenza. — En serio. — ella soltó una risa nerviosa. — Esto es... es absurdo. — negó con la cabeza. — ¿Le disgusta? — Sophia ya iba sacando su celular. — ¡No! Solo... no estoy acostumbrada a que alguien resuelva cosas tan rápido. — Sophie la observó con curiosidad. — ¿Nunca trabajó en una empresa grande? — le dio curiosidad. — No en una así. — susurro mientras sacaba unas gomas de borrar en forma de helado. — Entonces tendrá que adaptarse rápido. — Sophia le guiño un ojo. Elena sacó otra caja. — Ni siquiera sabía que vendían tantos colores. — eran bolígrafos. Sophie sonrió. — El señor Noirval pidió la gama completa. — Elena dejó caer la tapa de la caja. — ¿La gama completa? — eran cuarenta y ocho colores. — Para que pueda organizar todo a su gusto. — Elena suspiró. — Esto me da vergüenza. — se llevó las manos a las mejillas. — ¿Por qué? — Sophie se la estaba pasando bien. — Porque es demasiado para algo tan simple. — vio a la mujer encogerse de hombros. — El señor Noirval cree que, si alguien trabaja mejor con herramientas específicas, debe tenerlas. — Elena miró su escritorio ahora lleno de material nuevo. — Nunca nadie se preocupó por eso antes. — hubo un pequeño silencio. Sophie la observó unos segundos, luego habló con suavidad. — Considérelo una inversión, su trabajo facilita el suyo. — Elena asintió lentamente. — Lo entiendo. — claro que lo entendía, ella prácticamente seria su mano derecha. Sophie caminó hacia la puerta. — Por cierto...— Elena levantó la mirada. — ¿Sí? — espero sus palabras. — Si necesita algo más, pídalo, antes de que él decida comprar medio París. — Elena soltó una risa. — Lo tendré en cuenta. — Sophie le guiñó un ojo y salió de la oficina. Cuando la puerta se cerró, Elena se dejó caer en la silla y miró todo sobre el escritorio, marcadores nuevos, agenda nueva, material de oficina que jamás habría podido comprar por su cuenta, tomó el celular y dudó unos segundos antes de escribir. Elena: Señor Noirval, llegó el material. Muchas gracias, pero era demasiado. La respuesta llegó casi de inmediato. Félix: ¿Le gusta? Ella sonrió sin darse cuenta. Elena: Sí. Mucho. Félix: Entonces no es demasiado. Elena mordió su labio, pensando. Elena: La próxima vez intentaré pedir menos. Pasaron unos segundos. Félix: La próxima vez pida lo que necesita. Yo decidiré cuánto es demasiado. Elena soltó una risa suave y dejó el celular sobre el escritorio, luego comenzó a organizar sus nuevos marcadores por colores, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo en su vida empezaba a acomodarse. Elena respiró hondo al recordar que aún tenía pendiente el problema de la sala de reuniones. Miró el reloj en la esquina de su pantalla y sintió esa presión silenciosa que ya empezaba a reconocer como parte del trabajo; todo debía resolverse rápido, sin margen de error. Volvió a llamar al jefe de mantenimiento. ________________________________________________________________________________ — Perdone ¿En qué punto estábamos? — preguntó, retomando la conversación. — En que el daño no es simple... — respondió él — Parece un problema con los cables de fibra óptica, necesitamos especialistas. — Elena asintió, aunque sabía que él no podía verla. — Entiendo ¿Tiene algún proveedor recomendado? — era nueva en ese mundo. — Sí, pero debe solicitar cotización y autorización. — por supuesto, nada era tan simple. ________________________________________________________________________________ Colgó y se sentó frente a la computadora, moviendo los dedos con rapidez sobre el teclado. Buscó en la base de datos de proveedores, seleccionó tres agencias especializadas y redactó correos formales explicando el problema técnico, solicitando visita urgente y cotización inmediata. Luego abrió otra ventana y comenzó el procedimiento interno, aviso al personal del piso, solicitud de cambio de sala, notificación a logística, actualización de agenda ejecutiva. Cada correo tenía que seguir el protocolo de la empresa; asunto correcto, copia a departamentos correspondientes, número de incidencia, referencia de mantenimiento, prioridad asignada, mientras enviaba mensajes, su teléfono y correo no paraban de recibir respuestas. — Perfecto. — murmuró, concentrada. El siguiente paso fue reorganizar la reunión del día siguiente. Revisó el calendario de todas las salas disponibles y encontró una que quedaría libre justo a la hora necesaria, movió reservas, envió avisos automáticos y luego escribió a los asistentes. "Debido a un inconveniente técnico, la reunión se trasladará a la sala Boreal. El horario se mantiene sin cambios. Agradecemos su comprensión." Presionó enviar, cinco minutos después comenzaron a llegar confirmaciones. Elena soltó un pequeño suspiro de alivio, luego llegaron las cotizaciones de las agencias técnicas, comparó precios, tiempos de reparación y garantías. Armó un resumen claro y lo envió a gerencia y finanzas para aprobación, mientras esperaba, comenzó a ordenar otros pendientes, convencida de que aquello tardaría al menos un par de horas, pero no, diez minutos después llegó la primera respuesta. Departamento de Finanzas: Aprobado. Procedan con la empresa de menor tiempo de ejecución. Elena alzó las cejas. — ¿Tan rápido? — susurro. Casi al instante llegó otra confirmación desde operaciones. — Vaya... — sin perder tiempo, llamó a la agencia seleccionada. ________________________________________________________________________________ — Buenos días, llamo de HydraNet Security, necesitamos intervención urgente por falla en fibra óptica. — dijo, su voz profesional y calmada. — Sí, recibimos su correo, podemos enviar técnicos esta tarde. — dijo la mujer que le respondió. — Perfecto, les esperamos. — colgó y anotó todo en la agenda nueva, usando uno de los marcadores recién estrenados. ________________________________________________________________________________ Cuando terminó, miró el reloj, solo habían pasado treinta minutos desde que retomó el problema. Treinta, se dejó caer contra el respaldo de la silla, sorprendida, el jefe de mantenimiento apareció por la puerta. — ¿Entonces? — pregunto, algo ansioso. — Técnicos hoy por la tarde, sala nueva reservada, presupuesto aprobado. — el hombre abrió los ojos. — ¿Ya? — se escuchó realmente sorprendido. Elena sonrió, orgullosa por primera vez en el día. — Ya. — el hombre negó con la cabeza, impresionado. — Trabaja rápido. — comento. — No... — respondió ella, mirando su escritorio lleno de pendientes que seguían llegando — Aquí Todos trabajan rápido. — cuando él se fue, Elena tomó su café, que ya estaba medio derretido, y dio un sorbo. Seguía frío, sonrió levemente, tal vez ese trabajo sería agotador, pero sentía que su vida volvía a avanzar en lugar de derrumbarse y apenas era su primer día real. Elena aprovechó el silencio inusual de la oficina, las llamadas estaban calmadas, los correos al día y las reuniones reorganizadas, miró el reloj en la esquina de la pantalla y frunció el ceño, todavía faltaba una hora para el almuerzo. — ¿En serio ya terminé todo? — murmuró para sí misma. Decidió entonces hacer lo que había estado posponiendo desde la mañana; leer su contrato con calma. Sacó el documento del sobre y comenzó a revisar página por página. Cláusulas sobre confidencialidad, horarios laborales, vacaciones, permisos médicos, códigos internos de conducta, todo parecía bastante estándar. Nada fuera de lo común, pasó otra página y otra. Hasta que llegó al apartado del salario, al principio leyó sin procesar realmente la cifra, su mente tardó unos segundos en asimilarla. Volvió a leer, setenta y dos mil euros brutos al año, parpadeó. Bajó la vista para verificar que no estaba confundiendo números, seis mil euros brutos al mes, pagados en quincenas, sintió que la sangre le bajaba de la cabeza. — ¿Qué? — susurró. Se llevó una mano al escritorio para no perder el equilibrio, de verdad sintió que podía irse hacia atrás de la impresión. Hizo cuentas rápidas, incluso descontando impuestos, seguía siendo muchísimo dinero, muchísimo. Era, literalmente, el triple de lo que Armand le había entregado alguna vez trabajando jornadas completas, encargándose de casa, cuentas y hasta ayudándolo con asuntos de su propio negocio y él siempre decía que no alcanzaba, que debían ahorrar, que ella gastaba demasiado. Elena apretó los labios, sintiendo una mezcla amarga entre rabia y alivio, volvió al contrato, había más. Bonos por disponibilidad, frunció el ceño y leyó la explicación; acompañar al director ejecutivo en eventos empresariales, galas, viajes corporativos o reuniones fuera del horario laboral cuando fuese necesario, sus ojos se abrieron lentamente. Viajes, galas, eventos de alto nivel. Miró su ropa sencilla, su escritorio recién ocupado y luego el documento otra vez. — ¿Yo en una gala? — susurró, incrédula. Nunca en su vida había asistido a algo así, lo más elegante que había hecho era acompañar a Armand a cenas con clientes donde terminaba sirviendo café mientras él hablaba de negocios. Volvió a leer la cifra, solo para asegurarse de que no estaba soñando, no lo estaba, el contrato era real, el trabajo era real, el sueldo también. Se dejó caer contra el respaldo de la silla, todavía procesando todo, no sentía miedo por el futuro, sentía posibilidades, respiró hondo, intentando calmar el latido acelerado en su pecho, luego tomó un bolígrafo y firmó, y al hacerlo, una sonrisa pequeña, pero genuina, apareció en su rostro, tal vez perder a Armand había sido, sin saberlo, lo mejor que pudo pasarle. Elena fotocopio la última página firmada, ordenó el contrato dentro del sobre y, tras asegurarse de que no dejaba pendientes urgentes en su escritorio, tomó el ascensor hacia el piso de Recursos Humanos. Mientras descendía, volvió a mirar la carpeta como si en cualquier momento las cifras fueran a cambiar por arte de magia, todavía no terminaba de creérselo. Las puertas se abrieron y caminó por el pasillo hasta la oficina de Claire, tocó suavemente antes de asomar la cabeza. — ¿Señora Claire? ¿Tiene un momento? — Claire levantó la vista de su computadora, con expresión cansada, esperando seguramente otra consulta, otra queja o algún inconveniente administrativo. — Sí, adelante. — asintio. Elena entró y extendió el sobre con una sonrisa sincera. — Vengo a entregar el contrato firmado. — Claire lo tomó con naturalidad, pero al abrirlo y ver la firma, frunció el ceño ligeramente. — ¿Ya? — se confundió un poco. Revisó las hojas, esperando encontrar algún comentario, una anotación, una cláusula señalada, nada, alzó la mirada hacia Elena. — ¿No quiere discutir ningún punto? — Elena parpadeó, confundida. — ¿Discutir? — pregunto. — Sí... — Claire apoyó el contrato en el escritorio — Normalmente las secretarias quieren renegociar algo, horarios, bonos, beneficios... y sobre todo el salario, siempre piden más. — Elena tardó unos segundos en reaccionar, y luego soltó una pequeña risa nerviosa. — No, no, está perfecto, más que perfecto. — Claire la observó con detenimiento, como si intentara descifrarla. La joven frente a ella parecía feliz, demasiado feliz, como si no tuviera idea de dónde se estaba metiendo. — ¿Estas segura de que lo leíste todo? — preguntó con cierto escepticismo. — Sí, señora, todo. — Claire cruzó los brazos. — Trabajar con el señor Noirval no es sencillo, las jornadas pueden extenderse, las urgencias aparecen sin aviso y la presión es constante, no todos resisten. — Elena asintió con calma. — Lo imagino. — pero no parecía asustada. Claire la miró en silencio unos segundos más, la mayoría de las personas que llegaban ahí ya mostraban señales de estrés antes de empezar; ansiedad, exigencias, miedo a equivocarse. Elena, en cambio, parecía alguien que acababa de recibir un salvavidas después de estar a punto de ahogarse. — Bueno... — Claire suspiró, finalmente guardando el contrato — Bienvenida oficialmente al equipo. — Elena sonrió, aliviada. — Muchas gracias por la oportunidad. — afirmo. Claire apoyó los codos sobre el escritorio. — Solo un consejo, Elena. — ella se detuvo antes de salir. — Sí. — asintio. — No dejes que la emoción te haga bajar la guardia, aquí todo se mueve rápido, si te equivocas, se nota. — Elena asintió con respeto. — Lo tendré en cuenta. — se dio media vuelta y salió de la oficina, todavía con esa sonrisa luminosa que contrastaba tanto con el ambiente serio del piso. Claire la observó marcharse y negó con la cabeza suavemente. — Pobrecilla... — murmuró para sí — Todavía no sabe dónde se metió. — dudo que después de quince días siguiera sonriendo. Mientras tanto, Elena regresaba al ascensor con una sensación completamente distinta, su vida se acomodaba y ni siquiera sospechaba que aquello apenas era el comienzo.
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