Entrevista. 3

3244 Words
Elena se quedó unos segundos mirando la puerta cerrada, escuchando cómo el sonido del auto de Armand se alejaba hasta desaparecer por completo. Entonces reaccionó. Sacó el celular del bolso y buscó rápidamente un cerrajero, sus dedos se movían con urgencia; no quería darle tiempo a arrepentirse ni a cambiar de opinión, encontró uno que ofrecía servicio las veinticuatro horas, marcó. ________________________________________________________________________________ — Servicio de cerrajería, buenas tardes. — respondió la recepcionista. — Buenas tardes... — respondió, intentando sonar calmada — Necesito cambiar la cerradura de mi casa. — le pidieron dirección y algunos datos, luego de unos segundos le confirmaron. — En aproximadamente una hora podemos enviar a alguien. — Elena soltó un suspiro aliviado. — Perfecto. — respondió. — El cambio completo cuesta doscientos euros. — dolía gastar ese dinero, pero la tranquilidad no tenía precio. — Está bien, los espero. — colgó y se apoyó un segundo contra la pared. ________________________________________________________________________________ Doscientos euros por recuperar su paz, valía cada centavo, dejó el bolso sobre la mesa y subió las escaleras decidida. Era momento de terminar con aquello de una vez, entró al dormitorio principal, todavía olía a perfume masculino mezclado con el aroma que alguna vez fue suyo, la cama seguía igual, pero la sensación del lugar había cambiado, ya no era un refugio; era un recuerdo sucio. Abrió el armario. Ropa de Armand seguía ocupando espacio, camisas caras, chaquetas, pantalones perfectamente colgados, todo eso ya no pertenecía a su vida, bajó al cuarto de lavandería y tomó dos bolsas grandes de basura, subió de nuevo y comenzó a meter ropa sin cuidado. Camisas, cinturones, pijamas, zapatos. Todo iba dentro, sin doblar, sin delicadeza, cada prenda que desaparecía del armario le devolvía un poco de aire al pecho, era como limpiar una herida. Encontró perfumes, relojes, algunas cosas olvidadas en los cajones de la mesita de noche, todo terminó en las bolsas, cuando terminó, el armario se veía vacío, libre. Se sentó un momento en la cama, respirando hondo. Aún tenía que cambiar colchón y sábanas, pero al menos ya no tendría que ver sus cosas todos los días, tomó el celular y escribió un mensaje. Elena: Se te quedaron cosas. Pásalas a buscar. No tardó en recibir respuesta. Cucaracha: Voy para allá. Elena rodó los ojos, por supuesto, seguramente pensaba que era una excusa para verlo. Se levantó, arrastró las bolsas hasta la sala y las dejó junto a la puerta, luego fue a la cocina y comenzó a ordenar distraídamente mientras esperaba al cerrajero, no pasaron ni veinte minutos cuando escuchó un auto detenerse afuera. Armand era rápido cuando le convenía, el timbre sonó, Elena caminó hasta la puerta y abrió apenas lo suficiente para verlo, Armand miró las bolsas en el suelo y luego a ella. — ¿Todo eso es mío? — preguntó sorprendido. — Sí. — respondió. — ¿Lo metiste en bolsas de basura? — ella alzó una ceja. — No encontré cajas. — él bufó, molesto, pero entró de todos modos y tomó una bolsa. — No tienes que ser tan dramática. — le dijo, con evidente disgusto. Elena cruzó los brazos. — Tú ya no vives aquí. — sus palabras fueron firmes. Armand se inclinó para recoger la segunda bolsa. — Sabes que puedes llamarme si necesitas algo. — Elena soltó una risa seca. — No, gracias, me las arreglaré. — él la observó unos segundos, como si intentara descifrarla. Tal vez esperaba verla peor, pero ya no estaba suplicando, no estaba llorando, eso parecía incomodarlo. — Bueno... — murmuró — Cuídate. — ella abrió más la puerta. — Adiós. — él salió cargando las bolsas. Esta vez no hubo intento de quedarse ni de decir algo más, Elena cerró la puerta en cuanto se subió al auto y justo cuando veía el vehículo desaparecer nuevamente por la calle, su celular vibró, un mensaje del cerrajero. Cerradura: Estamos llegando. Elena miró la puerta, y sonrió apenas, una hora más y Armand no volvería a entrar nunca más. La camioneta del cerrajero llegó puntual, estacionándose frente a la casa con el logotipo del servicio claramente visible en las puertas. Elena ya lo esperaba en la entrada, abrazándose a sí misma para protegerse del frío que comenzaba a caer junto con la noche, el hombre bajó del vehículo, un señor de cabello canoso y manos curtidas por años de oficio, que le dedicó una sonrisa amable. — Buenas noches, señorita. — la saludo. — Buenas noches. — respondió Elena con educación. El cerrajero abrió la parte trasera de la camioneta y comenzó a sacar su caja de herramientas y algunos equipos adicionales. — ¿Cuáles cerraduras vamos a cambiar? — preguntó, ajustándose los lentes, Elena señaló. — La puerta principal y la trasera, la que da al patio. — el hombre asintió. — Perfecto, comenzamos por la delantera. — puso la caja en el suelo. Mientras él se arrodillaba frente a la cerradura y empezaba a desmontarla con movimientos expertos, Elena se quedó en el porche, observando distraídamente la calle silenciosa, hasta que una patrulla apareció y se estacionó justo delante del camión del cerrajero. Elena sintió un nudo en el estómago, no necesitaba ver quién bajaba para saberlo, la puerta del vehículo policial se abrió y René Dubois descendió con la seguridad arrogante que siempre lo acompañaba. Uniforme impecable, gesto severo y esa mirada que siempre parecía buscar pelea. El padre de Camille, el hombre que más la había estado acosando desde que el escándalo familiar estalló, René cruzó la calle con paso lento y seguro, como si estuviera de visita en su propia propiedad. Se detuvo frente a la pequeña puerta de reja y la golpeó con los nudillos, el sonido metálico resonó, el cerrajero levantó la mirada, curioso, pero Elena le hizo un gesto tranquilo para que continuara trabajando. Luego giró hacia René, su expresión se volvió fría, seria, no iba a mostrar miedo, no frente a él, René apoyó las manos en la reja. — Buenas noches, Elena. — ella no respondió al saludo. — ¿Qué quiere, señor Dubois? — él sonrió con suficiencia. — Vine a hablar contigo. — Elena mantuvo la distancia, sin acercarse. — No tengo nada que hablar con usted. — su voz sonó más firme de lo que estaba, René soltó una risa corta. — No seas descortés, somos familia. — eso hizo que la sangre le hirviera. — No, nunca lo fuimos. — el hombre la miró con dureza. — Camille está muy afectada por todo esto. — dijo, con cierto tono lastimero. Elena casi no pudo creer lo que escuchaba. — ¿Afectada? — repitió, incrédula — ¿Por acostarse con mi esposo? — René frunció el ceño. — No fue solo culpa de ella. — intento darle vuelta a las cosas, como siempre. — Claro, siempre encuentran cómo justificarla. — el hombre apretó la mandíbula. — Deja de comportarte como una víctima. — su tono fue brusco. Elena sintió un golpe de indignación en el pecho. — ¿Perdón? — se inclinó un poco hacia adelante. — Armand ya eligió, no puedes arruinarle la vida ahora. — ella soltó una risa amarga. — ¿Arruinarle la vida? Me engañaron durante meses y usted viene a pedirme que no les incomode. — René bajó un poco la voz, pero su tono seguía siendo amenazante. — Lo único que te pido es que no armes escándalos, esto puede volverse muy desagradable para todos. — Elena lo miró fijamente. Ahí estaba, la amenaza velada, siempre la misma estrategia, presión, miedo, silencio, pero algo dentro de ella había cambiado, se cruzó de brazos. — Está parado frente a mi casa, intentando intimidarme mientras cambio cerraduras para que su hija y mi exmarido no vuelvan a entrar ¿Y la que arma escándalos soy yo? — el cerrajero carraspeó, incómodo, intentando concentrarse en su trabajo. René bajó la voz aún más. — Sabes que puedo hacerte la vida difícil. — Elena respiró lento. No iba a llorar, no iba a temblar. — Y usted sabe que no puede entrar aquí sin permiso, oficial... y menos provocar un incidente, los periodistas aman este tipo de historias. — el rostro de René se endureció. Ella tenía razón, cualquier escándalo mediático mancharía su carrera y él lo sabía, el silencio se tensó entre ambos, finalmente, René dio un paso atrás. — Solo quería hablar. — dijo, aún con la voz sería. — Ya habló, buenas noches. — Elena se dio la vuelta, dándole la espalda con total intención. Escuchó la reja sonar y luego la puerta del vehículo policial cerrarse, no miró, no quería darle la satisfacción, solo cuando la patrulla se marchó, el cerrajero habló en voz baja. — ¿Todo bien, señorita? — preguntó el cerrajero. Elena exhaló lentamente. — Sí... solo problemas familiares. — explicó, el hombre negó con la cabeza mientras terminaba de ajustar la nueva cerradura. — A veces los extraños son mejor familia que la de sangre. — ella sonrió con cansancio. — Supongo que sí. — el cerrajero se levantó. — Puerta principal lista, vamos por la trasera. — Elena abrió la puerta para dejarlo pasar. Y mientras caminaba hacia la cocina, entendió algo con claridad, ese día no solo había conseguido trabajo, había empezado a recuperar su vida de soltera. El cerrajero terminó de instalar la segunda cerradura en la puerta trasera y probó varias veces la llave para asegurarse de que funcionara correctamente. — Listo... — anunció finalmente, limpiándose las manos con un trapo — Ahora nadie entra si usted no quiere. — Elena probó la cerradura también, abriendo y cerrando un par de veces. El sonido firme del mecanismo le produjo una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo. — Gracias, de verdad. — el hombre asintió y luego miró alrededor con gesto profesional. — Si quiere, puedo revisar las ventanas del primer piso, muchas veces quedan flojas y es por ahí por donde entran. — Elena dudó un segundo, pero terminó aceptando. — Claro, por favor. — sonrió. Entraron a la casa y el hombre comenzó a revisar cada ventana, en la cocina encontró una ligeramente suelta; el seguro no ajustaba bien. Sacó sus herramientas y en pocos minutos la dejó firme. Después pasó a la sala y ajustó otra que también tenía un pequeño juego en el marco. — Ahora sí... — dijo finalmente, guardando sus herramientas — Todo está perfecto, su casa está segura. — Elena soltó el aire sin darse cuenta de que lo había estado reteniendo. — Se lo agradezco mucho. — el hombre sonrió y, como buen vendedor, añadió. — Si quiere un nivel extra de seguridad, nosotros también instalamos cerraduras inteligentes, puede abrir con el teléfono, huella o códigos temporales, y manejamos sistemas de cámaras también. — Elena escuchó con interés mientras él le explicaba las opciones y los precios aproximados. Hasta que escuchó la cifra, más de mil quinientos euros, su corazón se hundió un poco, era demasiado, apenas estaba empezando de nuevo y tenía que cuidar cada gasto, sonrió con educación. —Suena excelente, pero ahora mismo no puedo permitírmelo. — confeso. El hombre comprendió enseguida. — Lo entiendo, igual le dejo la tarjeta, cuando quiera o pueda, nos llama. — ella la tomo con agradecimiento genio. — Claro, muchas gracias. — caminaron hasta la puerta principal. Elena sacó el dinero que había preparado y le pagó el servicio, doscientos euros, dolía, pero valía la pena, el hombre guardó el pago y cargó su caja de herramientas. — Que tenga buena noche, señorita, y no se preocupe, ahora puede dormir tranquila. — Elena le dedicó una sonrisa sincera. — Eso espero, gracias otra vez. — el cerrajero subió a su camioneta y se marchó, dejando la calle nuevamente en silencio. Elena cerró la puerta, giró la llave, escuchó el nuevo clic firme de la cerradura, y desde que Armand se había ido, se sintió realmente a salvo. Con la casa finalmente en silencio y las cerraduras nuevas instaladas, Elena fue a la cocina y abrió el refrigerador. Tenía comida sencilla; algo de pasta que había preparado el día anterior y verduras salteadas, nada especial, pero suficiente. Encendió la cocina y comenzó a calentar la cena mientras su mente volvía, inevitablemente, al siguiente problema que debía resolver. El divorcio, ya no quería seguir atada legalmente a Armand ni un día más, sacó su celular y buscó entre sus contactos hasta encontrar el número que necesitaba. Marc Dubois. Amigo de su padre desde hacía años y uno de los abogados de divorcio más temidos en el bufete Laurent, un hombre elegante, irónico y despiadado cuando tenía que defender a sus clientes. Su padre siempre decía que, si Marc estaba de tu lado, podías dormir tranquilo, y sus historias lo confirmaban. La más famosa era la de una mujer que engañó a su esposo durante años y terminó contagiándolo de una enfermedad, Marc la dejó prácticamente en la calle durante el proceso legal. Otra, igual de comentada, fue la de un hombre que despilfarró el dinero matrimonial en prostitutas y hoteles, cuando el juicio terminó, el tipo perdió propiedades, cuentas y hasta el coche. — Marc lo dejó hasta sin calzones. — bromeaba su padre. Elena sonrió ligeramente al recordarlo, Marc no tenía piedad cuando veía injusticias, respiró hondo y marcó, contestaron después de tres tonos. ________________________________________________________________________________ — ¿Sí? — se escuchó la voz del hombre. — ¿Señor Mercier? Buenas noches, habla Elena Laurent. — hubo un breve silencio y luego su voz cambió a un tono más cálido. — ¿La hija de Henry? Claro que te recuerdo ¿Cómo estás? — Elena removía distraídamente la comida mientras respondía. — He estado mejor. — el abogado pareció entender enseguida. — Problemas matrimoniales, supongo. — imagino que no era una llamada social. Ella suspiró. — Voy a divorciarme. — del otro lado se hizo un breve silencio. — Entiendo ¿Qué necesitas? — Elena dudó un segundo antes de responder. — No quiero pelear nada, no quiero dinero ni negocios ni nada suyo, solo quiero el divorcio y conservar mi casa, es herencia de mi abuela y está fuera del matrimonio. — Marc respondió con tono seguro. — Entonces será sencillo. — le aseguro. Elena sintió un peso menos en el pecho. — ¿De verdad? — pregunto algo dudosa. — Sí, si la propiedad fue heredada y nunca se mezcló legalmente con bienes matrimoniales, nadie puede quitártela. — apagó la cocina y sirvió la comida mientras hablaba. — Ellos creen que la casa es de ambos. — Marc soltó una risa corta. — Muchos creen cosas hasta que aparece un abogado. — Elena se sentó en la mesa. — No quiero escándalos ni guerras, solo terminar esto. — la voz del abogado se volvió seria. — Escúchame bien, Elena, aunque no quieras pelear, debes protegerte, si él intentó sacarte de cuentas y quitarte cosas, puede intentar algo más... — ella guardó silencio, sabía que tenía razón — Mañana ven al despacho... — continuó Marc — Trae documentos de la casa, cuentas, cualquier prueba de que la herencia es solo tuya, yo me encargo del resto. — Elena sintió por primera vez que aquello tenía salida. — Gracias, señor Dubois, de verdad. — susurro con alivio y esperanza en su voz. — Dime Marc, y no te preocupes, tu padre me mataría si no te ayudara. — eso le arrancó una sonrisa genuina. ________________________________________________________________________________ Colgó y se quedó mirando su plato unos segundos, ese día había conseguido trabajo, había cambiado las cerraduras y había iniciado su divorcio. No estaba mal para alguien cuya vida parecía destruida hacía apenas una semana, tomó el primer bocado y cenó en paz, en su casa, en su vida, sin Armand. Elena se hundió en la bañera con un suspiro largo, dejando que el agua caliente relajara los músculos tensos de sus hombros, había sido un día interminable tal vez, solo tal vez, las cosas comenzarían a mejorar. Cerró los ojos un momento, disfrutando del silencio del baño y del vapor que empañaba el espejo, pensaba en acostarse temprano para poder levantarse con energía al día siguiente cuando su celular comenzó a sonar. Frunció el ceño ¿Quién llamaba a esa hora? Estiró el brazo fuera de la bañera y tomó el teléfono del lavamanos, la pantalla mostraba un número desconocido, dudó, quizá era publicidad o el cerrajero por alguna cosa, o tal vez Marc desde algún otro número, dejó sonar dos segundos más y finalmente respondió. ________________________________________________________________________________ — ¿Hola? — hubo un breve silencio antes de que una voz masculina contestara. — Buenas noches, Elena. — la piel de sus brazos se erizó. No por miedo, por algo más. Siempre había tenido una debilidad personal; las voces masculinas profundas, graves, seguras. No esas voces roncas de recién despierto, sino una voz naturalmente profunda, firme, y aquel hombre tenía exactamente ese tipo de voz, sintió un ligero calor subirle al rostro y carraspeó, intentando recomponerse. — Buenas noches ¿Con quién hablo? — del otro lado respondió con calma. — Félix Noirval. — Elena se enderezó en la bañera, sobresaltada. Su jefe, el dueño de la empresa, el hombre cuyas oficinas ocupaban todo el último piso. — ¿Señor Noirval? — preguntó, incrédula. — Así es. — se apresuró a sentarse mejor, como si él pudiera verla. — Buenas noches, señor, no esperaba su llamada. — una leve pausa. — Me informaron hoy de tu desempeño. — Elena sintió un vuelco en el estómago. ¿Había hecho algo mal? — Solo hice lo mejor que pude. — respondió con cautela. Él soltó una leve exhalación que casi pareció una risa contenida. — No seas modesta... — Elena se mordió el labio, nerviosa — Claire y varios departamentos me confirmaron que organizaste en horas lo que llevaba semanas siendo un caos, las llamadas dejaron de acumularse y las agendas volvieron a funcionar. — Elena se quedó sin palabras unos segundos. — Solo... ordené lo que encontré. — susurro. — Precisamente, hiciste lo que nadie más logró hacer... — el silencio se extendió un instante, luego él continuó — Mañana recibirás tu contrato fijo. — Elena parpadeó. — ¿Contrato fijo? — pregunto, incrédula. — Sí, también recibirás tus herramientas de trabajo; una laptop, una tableta y un teléfono corporativo exclusivo para comunicarte conmigo. — su corazón empezó a latir más rápido. Eso no parecía una prueba temporal, era un puesto real, seguro. — Gracias... señor Noirval, de verdad. — los ojos se le llenaron de lágrimas. — No tienes que agradecer, solo sigue trabajando así. — Elena tragó saliva. — Lo haré. — se produjo un breve silencio cómodo, como si ninguno tuviera prisa por cortar. Finalmente, él habló otra vez. — Descansa, Elena, mañana será un día largo. — ella respondió en automático. — Igualmente, señor. — la llamada terminó. ________________________________________________________________________________ Elena bajó lentamente el celular, todavía sorprendida, se quedó mirando la pantalla unos segundos, escuchando el eco de esa voz profunda en su memoria, sacudió la cabeza. No, no iba a pensar en eso, era su jefe y ella tenía suficientes problemas sentimentales para agregar otro a la lista. Apoyó el teléfono otra vez sobre el lavamanos y volvió a recostarse en el agua caliente, pero, a pesar de su intento por relajarse, la voz de Félix Noirval siguió resonando en su cabeza un buen rato antes de irse a dormir.
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