Entrevista. 2

4367 Words
La entrevista continuó durante varios minutos más. Claire cambió completamente el tono de la conversación y comenzó a hacer preguntas rápidas, precisas, casi como un interrogatorio profesional. No había agresividad, pero sí una clara intención de medir cada detalle. — ¿Sabe manejar agendas corporativas? — pregunto, directo. — Sí. — respondió Elena, sin adornos. — ¿Coordinación de reuniones y eventos? — anotó algo en el currículum de Elena. — Sí, lo hice para lanzamientos y presentaciones de la joyería. — fue sincera. — ¿Manejo de clientes difíciles? — Elena dejó escapar una leve sonrisa cansada. — Clientes... y proveedores. — Claire levantó apenas una ceja, como si entendiera perfectamente lo que implicaba esa respuesta. — ¿Nivel de inglés? — no era algo imprescindible, pero si les iba a servir mucho. — Avanzado. — Elena asintio. — ¿Herramientas digitales? Gestión de redes, documentos, hojas de cálculo. — movió su mano como un silencioso etc. — Sí, no soy experta en sistemas técnicos, pero aprendo rápido. — confeso. — ¿Sabe trabajar bajo presión? — esa pregunta hizo que Elena pensara en discusiones nocturnas, amenazas, traiciones y humillaciones. Comparado con eso, cualquier trabajo parecía sencillo. — Sí... — respondió con calma — Mucho. — asintio con calma. Claire continuó preguntando sobre organización, manejo de prioridades, comunicación con clientes, resolución de problemas y capacidad para adaptarse a cambios repentinos. Durante todo el proceso, Elena respondió con sinceridad, no exageró habilidades ni inventó experiencia, sabía que la mentira tarde o temprano se descubría. Lo único que quería era demostrar que era capaz, y, aunque Claire mantenía un rostro serio y profesional, algo indicaba que la entrevista no iba mal, finalmente, la mujer cerró la carpeta y se puso de pie. — Sígame, por favor. — Elena se levantó de inmediato, intentando controlar la ansiedad que regresaba con fuerza. Caminaron nuevamente hacia los elevadores, Claire pasó su tarjeta por el lector y presionó un número que Elena no había visto antes. Sesenta, el último piso, el ascenso fue silencioso, Elena sentía que algo importante estaba ocurriendo, pero no sabía exactamente qué. Las puertas se abrieron y el ambiente cambió por completo. Las oficinas allí eran distintas, más amplias, más silenciosas, con alfombras suaves que amortiguaban los pasos y una decoración elegante y minimalista. Grandes ventanales ofrecían una vista impresionante de la ciudad, y todo desprendía un lujo sobrio, sin exageraciones. Era el tipo de lugar donde trabajaban personas realmente importantes. Claire caminó con seguridad por un pasillo amplio, pasando junto a oficinas cerradas y cubículos discretos, algunos empleados levantaron la vista brevemente al verla pasar, pero nadie interrumpió. Elena la siguió en silencio, intentando no parecer desorientada. Finalmente, se detuvieron frente a dos grandes puertas dobles de madera oscura, elegantes, imponentes, a un lado, en la esquina del pasillo, había una pequeña oficina exterior con un escritorio vacío, Claire señaló ese espacio. — Aquí trabajaba la asistente del director general. — Elena parpadeó. — ¿Director general? — pregunto. Claire asintió. — Sí, señor Noirval... — luego la miró con seriedad profesional — Necesito cubrir ese puesto con urgencia, y no tengo tiempo para procesos largos de selección... — Elena sintió un leve vuelco en el estómago, Claire continuó — Le haré una prueba práctica, si demuestra que puede manejar lo básico, el puesto será suyo de forma provisional, si funciona... se queda. — Elena abrió los ojos, sorprendida. ¿Secretaria del jefe? Ella había venido por un puesto de asistente en publicidad, ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí, pero era una oportunidad y necesitaba trabajar, no dudó. — Acepto. — respondió casi de inmediato. Claire asintió, satisfecha por la rapidez de su respuesta. — Bien, entonces vamos a ver si puede sobrevivir aquí. — desde que entró al edificio, Elena sintió que tal vez el destino acababa de abrirle una puerta inesperada. Claire revisó rápidamente algunos correos en su tableta y luego se volvió hacia Elena. — Instálese, en unos minutos le enviaré instrucciones básicas, volveré más tarde para ver cómo va. — y, sin añadir nada más, se marchó por el pasillo con paso apresurado. Elena se quedó sola frente a la pequeña oficina, respiró hondo, bien, este era su espacio ahora. Entró y cerró suavemente la puerta de vidrio detrás de ella. El escritorio era amplio, con una computadora apagada, un teléfono corporativo, una bandeja con documentos y una silla ergonómica perfectamente acomodada, pero bastó mirar unos segundos para notar el problema. Había un ligero caos. No era un desastre total, pero sí un desorden acumulado; carpetas sin clasificar, notas sueltas, recordatorios pegados sin orden lógico, y varios documentos mezclados entre asuntos urgentes y papeles aparentemente irrelevantes. La anterior asistente claramente había estado sobrecargada o simplemente dejó de importar cuando decidió renunciar. Elena dejó su bolso en la silla y encendió la computadora, mientras el sistema arrancaba, comenzó a ordenar papeles por pura inercia. Separó facturas, solicitudes internas, agendas impresas y correos pendientes, colocó cada cosa en pequeñas pilas provisionales. Ordenar siempre la ayudaba a pensar. Todavía estaba acomodando documentos cuando escuchó unos pasos suaves y alguien se asomó por la puerta, era una chica joven, quizá de su misma edad, con cabello recogido y una expresión amable, llevaba una agenda gruesa contra el pecho. — ¿Nueva secretaria? — preguntó con una sonrisa amistosa. Elena asintió. — Supongo que sí, aún estoy en prueba. — la chica entró y apoyó la agenda sobre el escritorio. — Soy Sophie, del área administrativa, Claire me pidió ayudarte a instalarte, la empresa puede darte lo que necesites para empezar. — Elena miró alrededor. Su mente comenzó a organizar prioridades automáticamente, necesitaba ordenar primero, sin eso, sería imposible manejar agendas y solicitudes, pensó unos segundos y luego respondió. — Necesitaría dos cartapacios grandes, hojas plásticas para archivar, post-its, marcadores y bolígrafos... y una agenda temporal, al menos hasta entender el sistema digital. — Sophie anotó todo con rapidez. — Perfecto... — levantó la vista — En diez minutos lo tienes aquí... — antes de irse, añadió — Ah, y algo importante, desde ahora todas las llamadas dirigidas al señor Noirval pasarán primero por ti. — Elena levantó la mirada con sorpresa. — ¿Todas? — preguntó, sorprendida. — Sí, proveedores, clientes, socios, prensa... todos, tú filtras y organizas... — sintió un pequeño vértigo, pero asintió, Sophie continuó — El señor Noirval está fuera del país por asuntos de trabajo, regresa el viernes. — Elena soltó el aire lentamente. Una semana, tenía una semana para aprender todo antes de conocer a su jefe, tal vez era una bendición, Sophie abrió nuevamente la agenda que llevaba. — Lo más urgente ahora es reorganizar sus reuniones, muchas quedaron pendientes y otras necesitan confirmación... — pasó algunas páginas — Tendrás que coordinar juntas internas, llamadas internacionales y citas con socios estratégicos. — Elena miró la pantalla de la computadora, que finalmente terminaba de cargar el sistema. Sintió un leve cosquilleo en el estómago, era mucho, pero también era exactamente lo que necesitaba, un reto, trabajo real, independencia, Sophie sonrió levemente. — Bienvenida al caos. — salió de la oficina. Elena se quedó sola nuevamente, miró el escritorio, la agenda, la computadora y luego el pasillo a través del vidrio. Después, sin perder más tiempo, se sentó y comenzó a trabajar, porque sentía que estaba recuperando el control de su vida. Elena estuvo ocupada por tres horas. La primera se le fue casi sin notarlo, tratando de descifrar el método de trabajo de la antigua secretaria, carpetas digitales con nombres ambiguos, subcarpetas repetidas, documentos sin fecha y reuniones anotadas sin contexto, un caos elegante, pensó, de esos que solo entiende quien lo creó, pero una vez comprendió el patrón, las siguientes dos horas fueron pan comido. Organizó primero los documentos sueltos, clasificándolos por prioridad y fecha. Eliminó duplicados, corrigió nombres y creó nuevas carpetas con un sistema que le resultaba lógico; proyectos activos, pendientes legales, reuniones estratégicas, viajes y asuntos personales del señor Noirval, separar lo laboral de lo personal era esencial si quería mantener el control. Luego abrió la agenda virtual, ahí encontró el verdadero desastre. Había reuniones programadas a la misma hora, citas sin confirmar, recordatorios que nadie había seguido y compromisos anotados sin información suficiente, suspiró y comenzó a mover todo con paciencia quirúrgica. Usaba colores para organizarse. Siempre lo había hecho. Cada tonalidad tenía un significado en su mente: urgente, pendiente, confirmación, viajes, asuntos privados, clientes importantes. Era su propio idioma visual. Por suerte, Sophia apareció justo cuando empezaba a necesitar más herramientas. — Traje lo que pidió. — dijo la joven, dejando una caja sobre el escritorio. Elena la abrió y sonrió apenas, seis resaltadores, pocos para su gusto, pero suficientes para empezar. — Gracias, Sophia. — sonrió. — ¿Necesita algo más? — Elena pensó unos segundos mientras seguía mirando la pantalla. — Sí ¿Hay algún registro de clientes que llamen directamente al señor Noirval sin pasar por recepción? — Sophia negó. — Antes todas las llamadas pasaban por la antigua secretaria, ahora irán directo a usted. — explico. — Perfecto. — eso simplificaba muchas cosas. Tomó uno de los marcadores y empezó a reorganizar las citas, moviendo reuniones menos urgentes a la semana siguiente, confirmando juntas importantes y cancelando compromisos irrelevantes. En menos de una hora, la agenda dejó de parecer un campo de batalla, el teléfono sonó por primera vez, Elena respondió casi por reflejo. ________________________________________________________________________________ — Oficina del señor Noirval, habla Elena Lambert ¿En qué puedo ayudarle? — hubo un breve silencio al otro lado, como si la persona no esperara una voz distinta. — Busco al señor Noirval. — dijo con seriedad. — Se encuentra fuera por asuntos de trabajo durante una semana, puedo agendar una reunión o tomar un mensaje. — la voz dudó. — Necesito verlo antes. — insistió, Elena revisó la agenda. — Imposible antes del lunes próximo, pero puedo reservarle el primer espacio disponible. — un suspiro resignado. — Está bien. — mientras anotaba la información, Elena comprendió por qué el puesto requería mano firme., todos querían algo del jefe y todos creían que su asunto era el más importante. ________________________________________________________________________________ Colgó y siguió trabajando, diez minutos después, otra llamada, luego otra y otra. Para cuando miró el reloj, habían pasado cuarenta minutos y ya tenía reorganizada media semana de compromisos, Sophia volvió a asomarse por la puerta. — ¿Todo bien? — preguntó, sonriendo. — Sí, aunque entiendo por qué la anterior secretaria renunció. — la joven soltó una risa suave. — Duró poco, el señor Noirval es... exigente. — Elena alzó la mirada. — Eso no me preocupa. — confeso. Sophia la observó, sorprendida. — ¿Nada? — Elena volvió a la pantalla. — Si uno sabe lo que hace, no hay problema. — la joven sonrió, como si esa seguridad le resultara tranquilizadora, y salió. Elena volvió a concentrarse. Terminó de organizar la agenda virtual y luego ordenó el escritorio físico, colocó bandejas separadas; pendientes, urgentes, firmas necesarias y archivados. Etiquetó carpetas, alineó documentos y dejó un espacio limpio para trabajar. Le gustaba el orden, no solo por estética, sino porque facilitaba pensar, cuando finalmente se recostó un poco en la silla, el reloj marcaba casi la una de la tarde, no había notado el paso del tiempo. Miró la oficina, ahora parecía funcional, clara, controlada. Exactamente como debía ser, tomó su agenda temporal y comenzó a anotar tareas para el resto del día. Elena no salió a comer. Apenas dieron las doce y media, vio cómo algunos empleados comenzaban a levantarse, comentando a dónde irían a almorzar. Risas, planes improvisados, invitaciones que flotaban por el pasillo, ella simplemente abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó un pequeño recipiente plástico y una botella de agua. Comida hecha en casa. No tenía el dinero suficiente para estar comiendo fuera todos los días, y tampoco iba a empezar ahora, cuando apenas comenzaba a estabilizarse, comer afuera en esa zona era caro, y cada moneda contaba. Encendió nuevamente la pantalla mientras abría su comida, trabajaba mientras comía, no era algo nuevo para ella. Mientras masticaba, revisaba correos pendientes, confirmaba reuniones reprogramadas y respondía solicitudes de socios que buscaban fechas disponibles. El teléfono sonó varias veces, pero esta vez todo llegaba filtrado y organizado. Nada caótico, nada urgente, solo trabajo y, sin darse cuenta, su eficiencia comenzó a sentirse en todo el piso. Claire fue la primera en notarlo, durante la mañana había tenido que responder al menos quince llamadas de socios, clientes y colaboradores preguntando por el señor Noirval. Siempre era igual; dudas, reclamos, solicitudes urgentes, pero después del mediodía, silencio. Un silencio extraño, Claire levantó la vista de su computadora, esperando que el teléfono volviera a sonar, nada, revisó su celular, sin llamadas perdidas, miró su agenda, todo estaba en orden. Frunció ligeramente el ceño y volvió a trabajar, pasó media hora más sin interrupciones, luego otra. Por primera vez en mucho tiempo pudo concentrarse únicamente en su propio trabajo, sin interrupciones, sin urgencias ajenas, sin incendios que apagar. Cuando finalmente se levantó para servirse café, cayó en cuenta de lo que estaba pasando, Elena, la nueva secretaria estaba absorbiendo todo el flujo de llamadas y organización sin que ella siquiera lo notara, Claire soltó una pequeña risa incrédula. — No puede ser. — murmuro. Regresó a su oficina y continuó trabajando con una ligereza que no recordaba haber tenido en meses. Terminó pendientes atrasados, respondió correos acumulados y hasta logró adelantar asuntos de la semana siguiente, cuando miró el reloj, ya eran casi las cuatro de la tarde, la hora habitual en que el edificio comenzaba a vaciarse. Puertas cerrándose, empleados despidiéndose, ascensores llenos y el murmullo del final de jornada recorriendo los pasillos. Claire recogió algunos documentos y decidió salir, al pasar frente al escritorio de Elena, se detuvo, la joven seguía allí, concentrada. Tenía varios papeles organizados frente a ella y la agenda abierta. Anotaba pendientes del día siguiente mientras clasificaba documentos en carpetas rotuladas, no parecía cansada, parecía... satisfecha, Claire apoyó un hombro contra el marco de la puerta. — ¿Aún sigues trabajando? — pregunto. Elena levantó la vista. — Solo dejo listo lo de mañana. — respondió. — Puedes hacerlo mañana temprano. — Elena negó suavemente. — Prefiero dejar todo organizado, así empiezo el día sin correr. — Claire entró a la oficina, observando el orden que ahora dominaba el espacio. Bandejas etiquetadas, documentos clasificados, agenda digital sincronizada y notas de seguimiento claras, nada fuera de lugar. — ¿Sabes que hoy no tuve ni una sola llamada preguntando por el jefe? — Elena se encogió apenas de hombros. — Eso significa que todo está funcionando. — su respuesta fue práctica. Claire cruzó los brazos, estudiándola con más atención. — ¿Siempre trabajas así? — preguntó, ya más interesada. — Siempre intento hacerlo bien desde el inicio. — la respuesta fue simple, sin presunción. Claire sonrió. — Nos estás salvando la vida. — Elena soltó una pequeña risa. — Solo hago mi trabajo. — Claire negó suavemente. — No, nos estás quitando una presión enorme. — hubo un breve silencio mientras Elena cerraba la última carpeta y la colocaba en su sitio. Claire la observó un momento más, comprendiendo algo importante. La chica no estaba fingiendo eficiencia para impresionar, era así y eso era justo lo que necesitaban. — Bueno... — dijo finalmente — No te quedes mucho tiempo más. — le pidió, porque no quería cansarla. — Cinco minutos y me voy. — respondió Elena. Claire caminó hacia la salida y antes de irse añadió. — Buen trabajo, Elena. — ella levantó la vista, un poco sorprendida, pero sonrió. — Gracias. — respondió. Claire salió y el pasillo ya casi estaba vacío. Mientras caminaba hacia el ascensor, no pudo evitar pensar que la nueva secretaria realmente daba la talla, y cuando el señor Noirval regresara, encontraría una oficina funcionando como un reloj, lo que nadie sabía aún era que esa tranquilidad no iba a durar demasiado. Elena guardó los últimos bolígrafos en su cartera, apagó la computadora y revisó por última vez el escritorio, todo estaba listo para la mañana siguiente, no quedaban papeles sueltos ni pendientes urgentes. Soltó un suspiro largo, cansado, pero satisfecho, había sobrevivido a su primer día. Se colgó el bolso al hombro y salió de la pequeña oficina, echando un vistazo a las enormes puertas dobles detrás de ella. Aún no conocía al famoso señor Noirval, pero ya podía imaginar que debía ser alguien exigente para que su secretaria anterior hubiera renunciado de forma tan abrupta, quizá había sido demasiado, o quizá simplemente nadie soportaba la presión. Caminó hacia el elevador mientras el piso ejecutivo terminaba de vaciarse. El silencio comenzaba a dominar los pasillos, y el eco de sus pasos le dio una sensación extraña, como si estuviera saliendo de otro mundo, presionó el botón del ascensor y esperó, justo cuando las puertas se abrieron y estaba por entrar, una voz la llamó desde atrás. — ¡Elena! — se giró. Sophia corría hacia ella, ligeramente agitada, sosteniendo algo en la mano. — ¡Espera! — dijo, llegando frente a ella. — ¿Ocurre algo? — la joven levantó la tarjeta plástica. — Se me olvidó entregarte esto. — dijo entre jadeos. Elena parpadeó. — ¿Qué es? — ladeo un poco la cabeza. — Tu tarjeta temporal de acceso, sin ella mañana no podrás pasar de recepción. — Elena abrió más los ojos, sorprendida. — ¡Ah! Gracias, no sabía. — Sophia le entregó la tarjeta con una sonrisa amable. — Con eso puedes acceder a todos los pisos necesarios y también fichar tu entrada y salida, cuando Recursos Humanos termine tu contrato formal, te darán la permanente. — Elena la tomó con cuidado, como si fuera un objeto valioso. Porque lo era, era la prueba de que tenía un trabajo, de que comenzaba una nueva etapa. — Muchas gracias, de verdad. — la guardó bien dentro de su cartera, en un bolsillo con cierre, asegurándose de no perderla. Sophia sonrió. — Nos vemos mañana entonces. — movió su mano en despedida. — Hasta mañana. — susurro. Elena entró al elevador y presionó el botón de la planta baja, mientras las puertas se cerraban, levantó la mano en despedida, Sophia respondió el gesto, el descenso fue silencioso y lento, y por primera vez en días Elena se permitió relajarse, apoyó la espalda contra la pared del ascensor y soltó el aire. No había llorado, no había perdido la compostura, no había implorado, lo había logrado sola y esa sensación era nueva. Cuando las puertas se abrieron en el lobby, el edificio estaba casi vacío, el eco de sus pasos resonó mientras caminaba hacia la salida, atravesando la recepción iluminada con luz cálida. Las puertas automáticas se abrieron, y entonces, el fresco de la tarde golpeó suavemente sus mejillas. El aire frío de la ciudad la envolvió, llevándose consigo el cansancio del día, el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados mientras el sol descendía entre los edificios, Elena se detuvo un momento en la acera. Respiró profundo y sonrió. Hacía una semana su vida se había derrumbado, su esposo la había abandonado, humillado, y por un momento creyó que se quedaría sin nada, pero allí estaba, con trabajo, con un plan, con una oportunidad. Quizá pequeña, pero suya, apretó la correa del bolso y comenzó a caminar hacia la parada del autobús. Aún tenía problemas que resolver, abogados que enfrentar y un divorcio que terminar, pero por primera vez en días sentía que no estaba cayendo, estaba avanzando. El viaje en autobús fue más agitado de lo que esperaba. A esa hora, la mayoría regresaba del trabajo y el vehículo iba lleno, no encontró asiento y tuvo que sujetarse de una barra, balanceándose con cada frenazo y cada curva brusca, pero, sorprendentemente, no le molestó. Seguía sonriendo. Su primer día había salido mejor de lo esperado, tenía empleo, tenía ingresos propios otra vez, y, sobre todo, tenía la sensación de haber recuperado un pedazo de sí misma que creía perdido. Durante tres años su mundo giró alrededor de Armand, de su negocio, de sus horarios, de sus necesidades, y ahora, por primera vez, estaba pensando en ella, en su futuro. Bajó en su parada casi sin darse cuenta. El aire fresco volvió a recibirla mientras caminaba hacia su barrio, más tranquilo y alejado del ruido del centro, era una zona residencial, con casas familiares, pequeños jardines y calles arboladas. Un parque quedaba a dos cuadras, y a esa hora aún se escuchaban risas lejanas de niños jugando y perros corriendo detrás de pelotas. Ese lugar siempre le había gustado, por eso su abuela había querido que la casa quedara para ella, porque sabía que Elena amaba la tranquilidad. Doblando la esquina de su calle, buscó instintivamente su casa con la mirada, y entonces se detuvo. Frente a la reja, estacionado como si aún perteneciera a ese lugar, estaba un auto que conocía demasiado bien. El coche de Armand, su estómago se encogió, el corazón, que hasta hacía segundos latía ligero, comenzó a golpearle el pecho con fuerza, respiró profundo. Claro que iba a aparecer, no podía ser tan sencillo librarse de él, tal vez venía por cosas suyas, tal vez quería discutir, tal vez quería volver, o quizá sólo quería asegurarse de que ella siguiera sufriendo. Cerró los ojos un segundo, no iba a llorar, no iba a suplicarle nada, no iba a permitir que la humillara otra vez. Apretó con fuerza la correa de su bolso y retomó el paso, obligándose a caminar con normalidad mientras su mente se preparaba para cualquier cosa, cada paso hacia la casa pesaba más que el anterior, se acercó a la reja. La puerta principal estaba entreabierta, claro, seguía teniendo copia de la llave. Apretó los dientes y entró, cerrando detrás de ella, el jardín delantero estaba intacto, igual que siempre, las flores que había plantado con su abuela seguían creciendo, ajenas al caos humano. Subió los dos escalones del porche y empujó la puerta. La escena en la sala la recibió como un golpe, Armand estaba sentado en el sofá, revisando su teléfono con total comodidad, como si nunca se hubiera ido, como si aún viviera allí, como si nada hubiera pasado. Elena dejó las llaves sobre la mesita de entrada con un sonido seco, él levantó la mirada, sus ojos se encontraron, Durante unos segundos ninguno habló. Armand la observó de pies a cabeza, y una sonrisa ligera apareció en sus labios, esa misma sonrisa encantadora que alguna vez la enamoró y que ahora solo le provocaba rechazo. — Llegas tarde. — comentó con naturalidad. Como si fuera su derecho decirlo, como si todavía fueran marido y mujer en paz, Elena sintió la sangre hervirle. — Esta es mi casa... — respondió, con voz firme — Yo decido a qué hora llego. — la sonrisa de él se tensó apenas. — Vaya, alguien está sensible. — trato de reírse. Elena dejó el bolso en una silla sin quitarle la mirada de encima. — ¿Qué quieres, Armand? — él dejó el teléfono sobre la mesa. — Hablar. — dijo. — Habla. — no se iba a acercar, ni loca. Armand suspiró, como si ella fuera la difícil. — Las cosas se han salido de control entre nosotros. — Elena soltó una risa corta, incrédula. — ¿Se han salido de control? — preguntó con incredulidad. Él frunció el ceño. — No exageres. — de nuevo quiso desestimar todo lo que ella sufrió. Eso fue suficiente para que la calma que traía del trabajo comenzara a romperse. — Me engañaste dos veces, una de ellas con mi prima, me sacaste de las cuentas, me quitaste el auto y ahora vives con ella ¿Y dices que no exagere? — Armand se pasó una mano por el cabello, molesto. — Ya hablamos de eso. — gruño. — No, tú gritaste y yo escuché. — silencio. La tensión llenó la habitación, él la miró con irritación creciente. — Camille y yo estamos probando algo serio. — las palabras le atravesaron el pecho, pero Elena no permitió que se notara. — Entonces ve y sé serio con ella en otra parte. — Armand entrecerró los ojos. — No seas infantil. — Elena sintió ganas de echarlo a patadas. — ¿Viniste a decirme eso? — alzo una ceja y el desprecio se vio en sus ojos. Él dudó un segundo. — Necesito algunas cosas que quedaron aquí. — claro. Por supuesto, se cruzó de brazos. — Recógelas y vete. — le ordeno. Armand la miró, sorprendido por lo fácil que resultó, quizá esperaba drama, lágrimas, rogos, pero Elena estaba cansada, demasiado cansada. — Están en el cuarto principal... — añadió — Yo ya no duermo ahí. — algo cruzó por la expresión de Armand, una mezcla de incomodidad y orgullo herido. — Lo noté. — Elena no respondió. Él se levantó y subió las escaleras sin decir nada más, cuando sus pasos desaparecieron en el segundo piso, Elena dejó caer los hombros, el cansancio del día regresó de golpe. Caminó hasta la cocina, sacó un vaso y se sirvió agua con manos ligeramente temblorosas, aún le afectaba verlo, aún dolía, pero algo era diferente. Ya no sentía que el mundo se acababa, escuchó ruidos arriba, cajones abriéndose, maletas arrastrándose, respiró profundo, solo un poco más, un poco más y todo terminaría, no sabía cuánto tiempo pasó cuando volvió a escuchar pasos en la escalera. Armand apareció con una maleta mediana y una bolsa, se miraron otra vez. — Bueno. — dijo él, incómodo. Elena no respondió, abrió la puerta y esperó, el mensaje era claro, él dudó un segundo más, pero finalmente salió, antes de irse, se volvió. — Elena. — comenzó. Ella lo miró en silencio, pero ya no había súplica en sus ojos, ni esperanza, solo cansancio, Armand pareció darse cuenta, tragó saliva y se fue, la puerta se cerró. El sonido del motor del auto alejándose resonó en la calle silenciosa y Elena, por primera vez en mucho tiempo, sintió que esa casa volvía a ser suya.
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