Elena salió casi corriendo de la ducha cuando el despertador volvió a sonar desde la habitación. El vapor aún cubría el espejo del baño y el agua resbalaba por su espalda mientras buscaba a tientas una toalla.
— ¡Maldición! — murmuró, envolviéndose rápidamente.
El reloj marcaba las ocho y diez, la entrevista era a las nueve y el tráfico parisino a esa hora no perdonaba a nadie. Salió del baño dejando pequeñas huellas mojadas sobre el suelo mientras se dirigía al armario, su cabello húmedo caía sobre sus hombros y una leve ansiedad comenzaba a apretarle el pecho. No podía llegar tarde, no podía darse el lujo de fallar.
Tres años.
Tres malditos años dependiendo económicamente de Armand. La idea la llenaba de vergüenza y rabia al mismo tiempo, nunca había querido convertirse en ese tipo de mujer, pero poco a poco él había logrado convencerla de que no necesitaba trabajar.
— Concéntrate en la joyería, en nuestra imagen, en la casa... yo me encargo del dinero. — le decía siempre.
Y ella, ingenua, creyó que era amor y no control, hace una semana todo había explotado. El maldito bastardo decidió abandonarla sin siquiera tener el valor de mirarla a los ojos, le dejó un mensaje frío, seco, casi administrativo; necesitaba "espacio", necesitaba "reorganizar su vida", necesitaba "empezar de nuevo".
Con Camille, por supuesto. Porque ni siquiera había sido discreto, y como si eso no bastara, en cuestión de horas la sacó de todas las cuentas compartidas, las tarjetas dejaron de funcionar, el acceso a plataformas de streaming desapareció, y hasta intentó cancelar servicios de la casa. Internet, televisión, suscripciones, incluso el plan del teléfono.
Un intento infantil de castigarla, de hacerla sentir dependiente, pero Armand había olvidado algo importante, la casa no era suya. Era herencia de su abuela materna, un bien que legalmente quedaba fuera del matrimonio, él no podía tocarla, no podía echarla, no podía reclamarla y aquello había sido su salvación.
Lo que Armand tampoco sabía era que Elena llevaba tiempo preparándose para algo así. Desde el primer engaño, recordó el día en que descubrió la infidelidad con la empleada de la joyería. El dolor, la humillación y el miedo que sintió entonces, fue en ese momento cuando comprendió que algo se había roto para siempre, no dejó de amarlo de inmediato, pero sí dejó de confiar y empezó a protegerse en silencio.
Cada mes, pequeñas cantidades desaparecían de la cuenta conjunta, nada exagerado, nada que despertara sospechas, dinero suficiente para crear un colchón secreto. Lo enviaba a una cuenta a nombre de su madre, Isabella, quien nunca hizo preguntas, solo le dijo.
— Por si algún día necesitas empezar de nuevo. — ese día había llegado.
Y ahora ese fondo era lo único que la mantenía a flote, salió del dormitorio envuelta en la toalla y abrió las cortinas. La luz de la mañana entró iluminando la casa que, por primera vez en años, se sentía demasiado grande y demasiado silenciosa. Sin Armand, sin discusiones, sin miedo, pero también sin estabilidad.
Abrió el armario y repasó rápidamente las opciones. Necesitaba verse profesional, segura, alguien que merecía el puesto, sacó una blusa color crema y un pantalón oscuro de corte elegante, nada llamativo, pero adecuado. Mientras se vestía, su mirada cayó sobre la cómoda donde aún quedaban algunas cosas de Armand, un reloj, un par de gemelos y un perfume casi vacío, sintió un nudo en la garganta.
Tres años de matrimonio.
Tres años intentando salvar algo que él ya había decidido destruir, se obligó a apartar la mirada y concentrarse, necesitaba ese trabajo, necesitaba recuperar su independencia. Encendió el secador y comenzó a arreglar su cabello con movimientos rápidos, mientras tanto, su mente repasaba las últimas semanas; la pelea final, el portazo, el silencio posterior y la sensación de haber sido arrancada de su propia vida.
Lo peor no fue que se fuera. Lo peor fue la tranquilidad que sintió cuando la puerta se cerró, como si hubiera estado esperando ese momento sin admitirlo, tomó su maquillaje y cubrió las ojeras que el estrés había marcado en su rostro, se observó en el espejo.
Seguía siendo bonita, aunque más delgada, con una mirada cansada que no tenía años atrás, pero también había algo nuevo. Determinación, bajó a la cocina, tomó un café rápido y revisó por última vez su bolso; documentos, currículum, identificación, cartera.
Perfecto, cuando salió de la casa, el aire frío de la mañana la hizo reaccionar del todo, cerró la puerta con llave y caminó hacia la parada del transporte, intentando no pensar demasiado en el futuro.
No sabía cuánto dinero le quedaba exactamente, no sabía cuánto tardaría en encontrar trabajo estable, no sabía si Armand intentaría complicarle la vida legalmente, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía una oportunidad.
Mientras esperaba el autobús, su teléfono vibró, un mensaje, el nombre en la pantalla hizo que su estómago se contrajera. Armand, lo abrió con manos tensas.
"Necesitamos hablar. No hagas estupideces con la casa."
Elena sintió cómo la rabia reemplazaba cualquier resto de tristeza, no respondió, guardó el teléfono en el bolso y subió al autobús cuando llegó. Se sentó junto a la ventana mientras la ciudad comenzaba a moverse a su alrededor, no sabía que ese día, esa entrevista y esa decisión de levantarse temprano para intentar reconstruir su vida serían el primer paso hacia algo completamente distinto.
Algo que cambiaría su historia para siempre y esta vez, Elena no pensaba permitir que nadie volviera a arrebatársela, eso lo presentía en los huesos.
Elena bajó del autobús con el bolso apretado contra el pecho y miró rápidamente la hora en su teléfono. Tenía margen, pero no podía distraerse, respiró hondo y comenzó a caminar; solo eran dos cuadras hasta el edificio donde tendría la entrevista.
El viento frío de la mañana le revolvió ligeramente el cabello, aún recién peinado, y la obligó a ajustarse el abrigo mientras avanzaba entre ejecutivos apresurados y estudiantes somnolientos. París se movía con su ritmo habitual, indiferente al caos personal de cada uno.
Dos cuadras.
Dos simples cuadras que, sin embargo, le dieron tiempo suficiente para pensar en todo lo que había perdido y en lo que estaba intentando recuperar. Armand se había llevado el auto sin siquiera preguntarle, llegó una tarde con Camille, entró a la casa como si aún le perteneciera y tomó las llaves del vehículo.
— El coche lo pagué yo. — dijo con esa calma irritante que usaba cuando quería provocarla.
Camille, apoyada contra la puerta, sonreía con superioridad, y luego vino el comentario que aún le quemaba en la memoria.
— No te preocupes, amor... — dijo Camille, mirando a Elena con desprecio — No creo que lo necesite, pronto tendrá que vender la casa para sobrevivir. — Elena ni siquiera respondió.
Se limitó a observarlos como si fueran dos desconocidos molestos en su propia vida, Armand la regañó delante de Camille, como si ella fuese la culpable de algo.
— Podrías al menos ser madura y aceptar que esto terminó. — madura.
Después de engañarla, después de golpear puertas, romper cosas y convertir su matrimonio en un campo de guerra emocional. Elena simplemente tomó su bolso y salió de la casa sin discutir, no iba a darles el espectáculo que buscaban, ya había tenido suficiente.
Mientras cruzaba la calle, recordó las noches posteriores, cuando Armand aún regresaba ocasionalmente a la casa antes de mudarse definitivamente con Camille. Llegaba tarde, muchas veces alterado, y cualquier comentario terminaba en discusiones que resonaban por toda la casa, puertas cerrándose, gritos, reproches. Y luego silencio.
Por suerte, para entonces Elena ya se había mudado al cuarto de invitados, no soportaba dormir en la habitación principal, solo pensar en esa cama le provocaba náuseas. Sabía perfectamente con quién la había compartido su esposo, la habitación aún necesitaba cambiarse por completo; colchón, sábanas, cortinas, incluso el olor parecía contaminado por recuerdos que prefería borrar, no había tenido fuerzas para hacerlo todavía.
No quería entrar allí. Camille, por su parte, parecía disfrutar cada pequeño golpe que podía darle, su resentimiento por la herencia de la abuela nunca desapareció, y ahora parecía decidida a vengarse arrebatándole todo lo que pudiera. Lo irónico era que ni siquiera entendía bien la situación legal, Camille estaba convencida de que la casa pertenecía a ambos por el matrimonio, Armand tampoco parecía haberle aclarado la realidad.
Tal vez porque a él le convenía mantenerla ignorante, el recuerdo de la llamada telefónica hizo que Elena casi soltara una risa amarga mientras caminaba. Fue la noche en que Armand se mudó definitivamente con su prima, apenas había terminado de cenar cuando el teléfono sonó, Camille.
Contestó por pura curiosidad y lo dejo en alta voz.
— ¿Sí? — del otro lado llegó un torrente de gritos.
— ¡¿Sabes lo estúpida que fuiste?! — vociferó Camille — ¡¿Cómo no se te ocurrió unir las propiedades al matrimonio?! ¡Armand pudo haberte dejado en la calle y quedarse con todo! — Elena parpadeó, sorprendida por la furia ajena.
Y entonces comprendió, Camille creía que Elena había perdido la casa, creía que Armand la había dejado sin nada, una risa suave escapó de sus labios antes de poder contenerla.
— ¿De qué te ríes? — exigió Camille.
Elena se apoyó contra la pared de la cocina, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una ligera satisfacción.
— Buenas noches, Camille. — y colgó.
No necesitaba explicarle nada, ni ahora ni nunca, la casa seguía siendo suya y, eso era una ventaja, Elena dobló la esquina y finalmente vio el edificio al que se dirigía. Alto, moderno, con grandes ventanales de vidrio, su corazón comenzó a latir más rápido, allí estaba su oportunidad.
No sabía qué pasaría después, no sabía cuánto tardaría en reconstruir su vida o cuánto daño más intentaría hacerle Armand, pero cada paso que daba lejos de él era una victoria silenciosa. Ajustó el bolso sobre su hombro, levantó la mirada, esta vez, su vida comenzaba de nuevo y nadie volvería a arrebatársela.
Elena se detuvo frente al edificio moderno de fachada de vidrio, elevó la mirada, repasando el nombre colocado tanto en la entrada como sobre el mostrador visible desde afuera.
HydraNet Security.
El nombre sonaba imponente, casi intimidante. Letras metálicas sobre un fondo oscuro, minimalista y elegante, como todo el edificio, empresas tecnológicas, seguramente, de esas que manejaban cosas demasiado complejas para alguien como ella.
Respiró hondo antes de entrar. El interior era igual de sobrio; iluminación blanca, líneas limpias, pantallas mostrando gráficos y datos incomprensibles, y empleados caminando con portátiles bajo el brazo y expresión concentrada, nadie parecía tener tiempo para nada que no fuera urgente. Por un segundo, Elena sintió ganas de darse la vuelta.
¿Qué hacía allí?
HydraNet Security era una empresa híbrida dedicada a la ciberseguridad, especializada en proteger la infraestructura digital de compañías grandes. Sistemas, datos, servidores, cosas que ella apenas comprendía, además, ofrecían servicios relacionados con criptomonedas y seguridad financiera digital, uniendo rapidez y protección en transacciones que movían cifras que seguramente superaban todo lo que ella había visto en su vida.
Definitivamente, no era su mundo. Ella no sabía programar ni entendía términos técnicos, no hablaba de algoritmos ni de blockchain. Apenas sabía lo necesario para manejar r************* , campañas publicitarias y comunicación corporativa, pero el puesto no era técnico, era para asistente en publicidad, y necesitaba el trabajo.
Se acercó al mostrador de recepción intentando que sus tacones no resonaran demasiado en el suelo pulido. La recepcionista, una mujer joven con audífonos discretos y una sonrisa profesional, levantó la vista.
— Buenos días. — saludo apenas la vio.
— Buenos días... — respondió Elena, intentando no sonar nerviosa — Tengo una entrevista a las nueve, Elena Laurent. — la mujer revisó su pantalla y asintió.
— Sí, la están esperando, tome asiento, en un momento vendrán por usted. — Elena agradeció y caminó hacia los sillones del área de espera.
Se sentó con cuidado, colocando el bolso sobre sus rodillas, y miró alrededor. Personas entraban y salían constantemente, algunas hablaban en inglés, otras en francés, incluso escuchó italiano y alemán, el lugar parecía un punto de conexión internacional, se sentía completamente fuera de lugar.
Pensó en la joyería, en lo distinta que era esa atmósfera. Luces cálidas, vitrinas brillantes, conversaciones suaves con clientes, allí todo parecía silencioso, elegante. Aquí, en cambio, el ambiente era eléctrico, rápido, frío, moderno, su teléfono vibró y por reflejo miró la pantalla. No era Armand esta vez, era un recordatorio automático del calendario.
Entrevista de trabajo.
Por un momento sintió un nudo en el estómago. Tres años fuera del mercado laboral, tres años trabajando solo para el negocio de su esposo, sin contratos propios ni experiencia independiente que demostrar, temía que eso jugara en su contra, se obligó a enderezar la espalda, no podía dejarse intimidar.
Había trabajado duro para la joyería. Campañas, r************* , eventos, diseño de imagen, relaciones públicas, mucho de su éxito había sido gracias a su trabajo, aunque nadie fuera del negocio lo supiera, solo necesitaba que alguien le diera la oportunidad, y entonces recordó a su abuela.
No la abuela que le dejó la casa, sino la paterna. Una mujer religiosa hasta el extremo, que siempre le enseñaba oraciones y le hablaba de santos protectores para cada situación imaginable, para los exámenes, para los viajes, para las enfermedades, para encontrar trabajo.
Elena soltó un suspiro suave y, casi sin darse cuenta, comenzó a rezar mentalmente, recordando fragmentos de aquellas enseñanzas infantiles, a todos, al santo del trabajo, al de las causas difíciles, al de los imposibles si era necesario. Cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar, necesitaba ese empleo, necesitaba empezar de nuevo.
Sus dedos juguetearon nerviosos con la carpeta donde llevaba su currículum, observó a través del vidrio cómo algunos empleados reían mientras caminaban por el pasillo, ajenos a su tormenta interna. Tal vez aquel lugar no era tan frío como parecía, tal vez podía encajar, tal vez...
— ¿Elena Laurent? — fue llamada.
Levantó la vista, un hombre de unos treinta y tantos años, traje oscuro y tableta electrónica en la mano, la observaba con una sonrisa profesional, el corazón le dio un salto.
— Sí. — respondió, poniéndose de pie rápidamente.
— Por aquí, por favor. — Elena tomó aire, acomodó su bolso y lo siguió hacia el interior del edificio.
Mientras caminaba, una sola idea cruzó su mente; por favor, que esta vez sí sea el comienzo de algo mejor.
Elena siguió al hombre por el vestíbulo hasta los elevadores, intentando acompasar su respiración al ritmo tranquilo de sus pasos. Las puertas metálicas se abrieron con un suave sonido y ambos entraron junto a otros dos empleados que descendían. Cuando quedaron solos, el hombre pasó su tarjeta por el panel y presionó el botón del piso cincuenta y ocho, Elena alzó la mirada por pura inercia.
Cincuenta y ocho. El edificio tenía sesenta pisos, sintió un leve vértigo anticipado cuando las puertas se cerraron y el ascenso comenzó, suave pero rápido. Las luces indicadoras subían de número con rapidez, y sus oídos se taparon ligeramente por la presión, se acomodó el bolso contra el cuerpo, intentando parecer tranquila, aunque por dentro se sentía como si estuviera caminando sobre hielo delgado, el hombre la miró de reojo.
— ¿A qué puesto está aplicando, señorita Laurent? — la pregunta parecía casual, pero su tono era más administrativo que amistoso.
— Asistente en el departamento de publicidad. — respondió ella, intentando sonar segura.
El silencio que siguió fue extraño. El hombre frunció apenas el ceño y luego hizo una mueca breve, casi imperceptible, pero suficiente para que algo frío se instalara en el estómago de Elena, no era buena señal.
— Oh... — murmuró él, como si acabara de recordar algo inconveniente.
Elena sintió cómo la ansiedad le apretaba el pecho.
— ¿Sucede algo? — el hombre dudó un segundo, como si evaluara qué decir.
— Lamento decirle esto ahora, pero ese puesto... ya fue ocupado. — Elena parpadeó.
— ¿Perdón? — no se lo pudo creer.
— La decisión se tomó hace aproximadamente media hora, el candidato anterior confirmó su contratación antes de que usted llegara. — las palabras tardaron un segundo en acomodarse en su mente.
Media hora, media maldita hora. Sintió que el estómago se le contraía dolorosamente, como si alguien le hubiera dado un golpe. Sus manos se tensaron alrededor del bolso y, de pronto, el elevador se sintió demasiado pequeño, demasiado silencioso.
Todo su esfuerzo, el despertar temprano, el nerviosismo, la esperanza, todo desmoronándose por treinta minutos. Se obligó a no llorar, no ahí, no frente a un desconocido, el hombre parecía sinceramente incómodo.
— Lo siento, la entrevista ya estaba programada y nadie canceló su cita, así que... pensé que Recursos Humanos querría hablar con usted de todos modos. — Elena tragó saliva.
Sintió un ardor detrás de los ojos y bajó la mirada para que él no notara el brillo que amenazaba con convertirse en lágrimas. No podía permitirse perder la compostura, no después de todo, respiró lento, intentando mantener la voz firme.
— Entiendo. — susurró.
Y, aunque dijo solo esa palabra, por dentro algo se rompía. Porque necesitaba ese trabajo, porque el dinero guardado no era infinito, porque no sabía cuánto tiempo tardaría en encontrar otra oportunidad, porque no quería volver a depender de nadie.
Las puertas del elevador se abrieron en el piso cincuenta y ocho y un pasillo amplio y moderno apareció ante ellos, lleno de escritorios, pantallas y personas trabajando concentradas, el hombre salió primero y luego se volvió hacia ella.
— De todas formas, hablemos con Recursos Humanos, a veces surgen otras vacantes. — Elena asintió, aunque la esperanza ya se había reducido a casi nada.
Salió del elevador intentando recomponerse, pero cada paso se sentía más pesado. Mientras caminaba, solo podía pensar en lo cerca que estuvo de conseguirlo y en lo lejos que volvía a estar ahora, apenas pudo murmurar, más para sí misma que para él.
— Gracias... de todas formas. — y deseó, con todas sus fuerzas, no derrumbarse antes de llegar a la oficina.
— Puede esperar aquí, por favor. — le indicó el hombre a Elena, señalando una pequeña sala contigua con paredes de vidrio esmerilado.
Ella asintió y entró con pasos silenciosos, el lugar tenía un sofá gris, una mesa baja con revistas empresariales y una máquina de café automática en la esquina. Todo demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado distante para la tormenta que llevaba por dentro. Se sentó, colocando el bolso en su regazo, y respiró profundamente, no debía hacerse ilusiones, probablemente solo le dirían formalmente que el puesto ya estaba ocupado y que guardarían su currículum en caso de futuras vacantes. La despedirían con una sonrisa amable y volvería a casa a revisar portales de empleo otra vez, intentó no pensar en cuánto dinero le quedaba, mi en cuánto tardaría Armand en intentar complicarle la vida otra vez, ni en la sensación humillante de volver a empezar desde cero.
Mientras tanto, al otro lado del pasillo, el hombre que la había acompañado entró en una oficina amplia, pero desordenada. La jefa de Recursos Humanos estaba inclinada sobre su escritorio, rodeada de carpetas abiertas, documentos y una pantalla con correos sin responder. Su cabello, perfectamente peinado al inicio del día, comenzaba a soltarse, y su expresión era una mezcla peligrosa entre cansancio y estrés, movía papeles de un lado a otro como si buscara algo urgente que simplemente no aparecía. Un pequeño tic nervioso hacía saltar el músculo bajo su ojo izquierdo.
— Claire. — llamó el hombre suavemente desde la puerta.
La mujer levantó la mirada, claramente al borde del colapso.
— ¿Qué ocurre ahora? — pregunto, la voz cargada de frustración.
— La señorita de la entrevista llegó. — la mujer se quedó quieta.
Literalmente congelada durante dos segundos, luego dejó caer los papeles sobre el escritorio.
— No tengo tiempo para eso ahora... — dijo con voz tensa — El puesto ya se ocupó ¿No? — entrecerró sus ojos.
— Sí, pero la cita estaba agendada y... — Claire se llevó una mano a la frente.
— Perfecto, justo lo que necesitaba hoy... — soltó un suspiro pesado y se dejó caer en la silla — La asistente del señor Noirval renunció esta mañana, sin aviso, sin reemplazo, sin transición... nada, y ahora todo el trabajo administrativo cayó sobre mí hasta encontrar a alguien... — señaló el montón de carpetas — Agendas, coordinación, informes, documentación, viajes, filtrado de llamadas... todo, y él no es precisamente una persona paciente. — el hombre hizo una mueca comprensiva.
Todos sabían que trabajar para el señor Noirval era... intenso. Claire volvió a revisar su pantalla y murmuró.
— No puedo perder tiempo con entrevistas que ya no sirven. — el hombre dudó un segundo antes de hablar.
— La chica... se ve bastante necesitada del trabajo. — Claire levantó una ceja.
— ¿Y? — se encogió de hombros.
— Es joven, bastante linda, y parece... responsable, no llegó tarde ni puso excusas cuando le expliqué lo del puesto. — Claire suspiró nuevamente, apoyándose contra el respaldo de la silla.
Necesitaba soluciones rápidas, no perfectas, solo funcionales. Cerró los ojos un momento, intentando organizar sus pensamientos, tenía veinte correos pendientes, dos reuniones y ahora también debía reemplazar a una asistente que había abandonado el barco sin previo aviso.
Tal vez... no necesitaba experiencia perfecta, solo alguien que pudiera aprender rápido y aliviar la carga inmediata, abrió los ojos y miró al hombre.
— ¿Dijiste que se ve responsable? — pregunto.
— Sí. — confirmo, serio.
Claire respiró profundamente y se levantó de la silla, intentando recomponer su expresión profesional mientras recogía algunos papeles.
— Bien, hablaré con ella. — si tenía un mínimo de sentido común y ganas de trabajar, podría servir, aunque fuera temporalmente.
Y, sinceramente, en ese momento cualquier ayuda era bienvenida, se alisó la chaqueta, guardó su frustración tras una sonrisa diplomática y caminó hacia la puerta.
— Vamos a ver qué puede hacer. — susurró.
La puerta de la sala se abrió suavemente y una mujer de porte elegante entró con paso firme. Su expresión era profesional, aunque el cansancio apenas disimulado en sus ojos indicaba que su día no estaba siendo sencillo.
— Buenos días... — saludó con una sonrisa educada — Soy Claire Dubois, jefa de Recursos Humanos. — Elena se puso de pie de inmediato.
— Buenos días... — ambas estrecharon manos, Claire tenía un apretón firme y seguro; Elena, aunque nerviosa, intentó transmitir confianza — Elena Laurent. — se presentó ella.
— Mucho gusto, tome asiento, por favor. — se sentaron frente a frente y Claire abrió una carpeta electrónica mientras Elena le entregaba su currículum impreso.
La mujer lo revisó rápidamente, moviendo la vista de arriba abajo con velocidad experta, el silencio se extendió unos segundos. Elena intentaba no mostrar su nerviosismo, pero su corazón latía con fuerza, sabía que el puesto ya estaba ocupado; probablemente aquello era solo un trámite antes de despedirla formalmente, aun así, una pequeña chispa de esperanza surgió dentro de ella. Quizá existía otra oportunidad, quizá cualquier cosa, incluso algo básico, incluso como conserje, solo necesitaba un comienzo, Claire levantó la vista.
— Veo aquí una brecha laboral de casi tres años. — Elena tragó saliva y asintió.
— Sí, durante ese tiempo trabajé ayudando a mi esposo con la administración publicitaria de su joyería, me encargaba de campañas, r************* , promociones y eventos. — Claire asintió mientras tomaba nota.
— ¿La joyería sigue operando? — la pregunta hizo que Elena sintiera un pequeño nudo en el estómago.
— Sí... pero ya no trabajo allí. — Claire levantó la vista nuevamente.
— ¿Podríamos pedir referencias? — Elena se quedó inmóvil por un instante.
Ahí estaba el problema, sus dedos se apretaron ligeramente sobre el bolso y, por primera vez en la entrevista, bajó la mirada con cierta vergüenza.
— No... — respondió con voz baja.
Claire inclinó ligeramente la cabeza, esperando explicación, Elena respiró hondo, no podía mentir.
— Estoy en proceso de divorcio, mi esposo y.... su nueva pareja me sacaron de la joyería, y ahora estamos... discutiendo asuntos legales sin mucho sentido. — sentía calor en las mejillas.
Odiaba exponer su vida personal frente a desconocidos, pero tampoco tenía otra opción, Claire permaneció en silencio unos segundos, procesando la información.
— Entiendo... — luego hizo la pregunta inevitable — ¿Eso podría interferir con su desempeño laboral? — Elena levantó la mirada de inmediato, esta vez con determinación.
— No... — Claire esperó, pero Elena continuó — Sé separar lo personal de lo profesional, necesito trabajar y lo haré bien, no traería problemas personales a la empresa. — su voz era firme.
Convencida, no estaba suplicando; estaba asegurando. Claire la observó unos segundos más, había visto suficientes entrevistas como para reconocer cuando alguien mentía, exageraba o simplemente necesitaba una oportunidad, Elena no parecía conflictiva, parecía agotada y decidida. La jefa de Recursos Humanos cerró la carpeta con suavidad y apoyó las manos sobre la mesa.
— De acuerdo... — dijo finalmente — Hablemos entonces de qué tan rápido aprende. — sonrió de lado.
Elena sintió como aquella chispa de ilusión crecía un poquito más porque le estaban dando la oportunidad que necesitaba para no hundirse profundamente en un pozo oscuro.