-LA DUQUESA DE VALDRONIA-

1676 Words
En el salón principal del ducado, esperaba una pequeña comitiva de sirvientes y doncellas, alineadas con estricta corrección, al pie de las escaleras, se detuvo, sus palabras claras como el filo de una espada: -La nueva señora del Ducado aún descansa, cuando despierte, la tratarán con toda la deferencia que merece una esposa mía- Los murmullos apenas contenidos y las miradas entre los sirvientes hablaban por sí solos, algunos sonreían por lo bajo, otros desviaban la vista con fingida humildad. La luz del amanecer filtraba una calidez engañosa por las cortinas pesadas del dormitorio nupcial; Adelaide dormitaba inquieta, su cuerpo aún enredado entre las sábanas, el rostro crispado por sueños febriles, se movía con sobresaltos, como si su mente estuviera atrapada en una escena que no lograba dejar atrás. Un crujido suave se oyó cuando se abrió la puerta, Larkin entró sin anunciarse, impecable en su atuendo de seda oscura, el cabello peinado con precisión y el porte de un hombre que se sabe dueño de todo lo que pisa, sus ojos recorrieron el cuerpo de Adelaide, aún dormida, y una sonrisa sesgada se dibujó en sus labios. -Hoy conocerás tu nuevo hogar- dijo con voz baja y segura, como si le ofreciera un regalo envenenado-, las cortes esperan verte, no podemos hacerlos esperar más. Adelaide no respondió, se limitó a sentarse, sujetando la tela contra su pecho con una dignidad silenciosa. -Necesitaré una mucama para vestirme- murmuró al fin. El Duque sonrió, con esa calma siniestra que la envolvía como un anillo invisible. -He dado la orden: nadie verá desnuda a la Duquesa. nadie, excepto yo- Se mantuvo de pie, cruzado de brazos, contemplándola sin recato, Adelaide contuvo el temblor de sus manos mientras se incorporaba, sabía que cada gesto suyo era evaluado, saboreado como parte de un poder que él se había otorgado a sí mismo, no tenía alternativa dejó caer las sábanas y caminó hasta el baño, él la siguió con la mirada, no como un esposo, sino como un cazador que vigila su presa tras el disparo. La bañera ya la esperaba, colmada de agua tibia y esencias de jazmín., Adelaide entró sin decir palabra, sintiendo el ardor en la piel, los rastros de una noche que preferiría olvidar, él no se movió del marco de la puerta. -Quiero verte- dijo con voz grave -quiero grabarme cada parte de ti, ya eres mía, no hay nada que ocultar- Adelaide no respondió, se limitó a lavarse lentamente, como quien realiza un rito de purificación, no lo miró, pero sintió el peso de sus ojos a cada segundo, al salir del agua, tomó la toalla y se cubrió con rapidez él se acercó entonces y abrió la caja de terciopelo: un vestido oscuro, elegante, con detalles de encaje y una gargantilla de oro incrustada con zafiros. -Póntelo, es tu primer traje de como la Duquesa de Valdronia, mi vida- Con manos tensas, la ahora Duquesa se vistió bajo su mirada, no hubo ayuda, solo los dedos fríos de su esposo ajustando la cinta de su corsé, cuando estuvo lista, él le ofreció el brazo. -Vamos, que todos te admiren, que vean la belleza que ahora me pertenece- y la beso en los labios. Bajaron juntos por las escalinatas del ala este, a cada paso, los murmullos crecían; nobles, sirvientes, invitados... todos se volvieron al verla, ella mantenía la cabeza erguida, el rostro sereno. nadie debía ver que su corazón temblaba. -Aquí vivirás, señora- dijo -Bienvenida a Valdronia, mi hermosa señora no es tan espléndido como Albagard, pero mis esfuerzos y conquistas lo encaminas a ser un imperio enorme- El Duque la presentó con una sonrisa triunfal, alzando su copa ante los presentes. -Con ustedes, la nueva Duquesa Adelaide Edelwyn de Valdronia, mi esposa y mi victoria. - Cuando Adelaide apareció, pálida y erguida como podía, notó esas miradas que la desnudaban más que cualquier vestido roto; Larkin se acercó a ella por detrás, rozándole apenas el cuello con la yema de los dedos y frente a todos, le colocó en las manos el antiguo sello del Ducado: un anillo de oro oscuro con una piedra roja, símbolo de su poder… y de su nuevo encierro. Mmientras las copas tintineaban y los vítores llenaban el salón, Adelaide solo pensaba en una cosa: no era un hogar lo que acababa de pisar era una absurda jaula dorada. La tarde caía como un suspiro tibio sobre Valdronia, desde los ventanales, el paisaje del Ducado se extendía en colinas tranquilas, pero para Adelaide, cada rincón del castillo era una jaula de sombras tan distinto a su amado Albagard. Larkin apareció en el umbral del salón privado con una copa de vino en la mano, vestía ya con elegancia sobria, sin armadura ni capa, solo una túnica ligera que dejaba ver la musculatura de sus antebrazos, su mirada se suavizó apenas al posarse en ella. - ¿Te agrada el balcón? - preguntó, acercándose lentamente. Adelaide asintió con frialdad, sin apartar la vista del horizonte, pero su cuerpo se tensó cuando él colocó la copa a su lado y, sin pedir permiso, se sentó tras ella, rodeándola con un brazo, apoyó el mentón en su hombro, como si fueran amantes de años. -Pensé que después de nuestra unión, estarías más... sumisa pero aún tienes tensión y eso me intriga. - murmuró, rozándole el cuello con los labios. Ella giró apenas el rostro, los ojos brillantes por la contención, pero no respondió, su respiración se volvió irregular, cada gesto suyo, incluso los que podían parecer tiernos, estaban impregnados de dominio. -Adelaide- dijo él, con tono más suave -No todo tiene que ser guerra entre nosotros, puedes elegir quererme con el tiempo- Ella apartó la vista, fingiendo una sonrisa que notoriamente era de tensión. -Quizás con el tiempo- susurró. Larkin la besó en la mejilla con un gesto lento, luego se alejó sin más, dejando tras de sí una fragancia intensa y el peso de su presencia. La noche había caído sobre el ducado con una quietud casi artificial, en lo más recóndito del ducado, tras un corredor oculto entre muros antiguos, se encontraba el Salón de los Espejos: una cámara vasta y opulenta donde altos espejos con sus marcos finamente tallados cubrían cada pared, reflejando no solo los cuerpos, sino también los pensamientos, las intenciones y los deseos más oscuros de quienes se aventuraban dentro, aquel salón era el santuario privado de Larkin, un lugar prohibido al resto del mundo, donde se entregaba a celebraciones hedonistas, ritos íntimos y en muchos casos castigos silenciosos, para el Duque, era más que un salón: era un altar de poder, donde el placer se entrelazaba con la magia, y cada reflejo duplicaba tanto su dominio como su decadencia. La Duquesa entró con paso lento, obligada por los designios del protocolo… o por la voluntad inquebrantable de su esposo, lo que encontró no fue la crudeza de la noche anterior, sino una belleza perfectamente diseñada: velas de cera de miel titilaban con delicadeza sobre las repisas, una sinfonía suave flotaba desde un laúd invisible, y la estancia había sido perfumada con jazmín y mirto, todo parecía preparado para un encuentro romántico. Pero el alma de la sala estaba rota desde su origen. El Duque estaba de pie junto al centro, vestido con un jubón oscuro bordado con hilos de plata, en sus manos sostenía una copa de cristal tallado, sonrió, con ese gesto que fingía ternura, pero no conocía compasión. -He pensado que esta noche merece un matiz distinto- dijo con voz baja, como si la sedujera. Adelaide, enfundada en un vestido lila de seda que él mismo había mandado confeccionar, sabía que la calma era solo otra forma de dominio, el avanzó hacia ella lentamente, no hubo violencia en sus gestos, pero sí una precisión que hablaba de posesión se detuvo a pocos centímetros de su rostro y alzó una mano para tomar un rizo suelto de su cabello. Las manos de él eran suaves, pero temblaban apenas, no de nerviosismo, sino de un orgullo mal disimulado, el de quien cree haber moldeado a su esposa con fuego y ritual, comenzó a deslizar los dedos por sus hombros, bajando lentamente los tirantes del vestido. La tela cayó con gracia, deslizándose como agua sobre mármol, el cuerpo de Adelaide fue revelado con una lentitud casi ceremonial, como si cada centímetro de piel descubierta fuera un acto religioso. Adelaide cerró los ojos por un instante, conteniendo un escalofrío, en su pecho, el pequeño secreto que aún protegía la vida que crecía en silencio era lo único que le daba fuerza; quería hablar, dejar escapar una súplica o un reproche, pero en cuanto abrió los labios, el Duque posó dos dedos sobre ellos, sellando su voz. -No digas nada- ordenó -Esta noche… solo obedeces - Y obedecer significaba ceder a un juego que él creía galante, pero que para ella era otra jaula, más elegante, sí… pero igual de cruel, él la llevó con delicadeza hacia el diván tapizado en azul marino, no con brutalidad, sino con la intensidad de quien cree que el amor se demuestra por la belleza del encierro. Allí, bajo las luces suaves, entre música e incienso, el duque exploró su poder de forma distinta: no con fuerza, sino con una lentitud inquietante, las caricias, las órdenes susurradas al oído, los suspiros que él exigía… cada gesto era parte del espectáculo íntimo que él deseaba dirigir. Al final, cuando el ambiente estaba cargado de silencio y tensión, la miró como si la hubiera vencido sin batalla, le acarició la mejilla con una ternura que no le pertenecía y, al separarse, pronunció: —Ahora que ya todos saben que eres mía, que has sido dócil en tu primer día en mi Ducado, has logrado que te conceda tener mucamas como la gran señora que llegarás a ser: La flamante Duquesa de Valdronia, Te amo- Y con eso, salió de la estancia sin mirar atrás, dejando a su esposa sola, rodeada de flores, luz y un vacío que pesaba más que la oscuridad misma.
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