-LOS ECOS DE ALBAGARD-

1576 Words
Los primeros diez días del matrimonio fueron una mezcla asfixiante de belleza, control y desgaste emocional; el Duque, aunque era cierto que no era un hombre de buen corazón, a los ojos de su esposa parecía hacer un esfuerzo genuino por conquistarla, obsesionado con modelar a su Duquesa, alternó entre noches de falsa ternura y momentos de dominio velado, creando un entorno donde la sumisión era decorada con seda, Adelaide, aún con el alma herida por la pérdida de su gran amor, procuró adaptarse al nuevo ambiente, comprendiendo que, si no mostraba resistencia ante sus exigencias, la convivencia no sería insoportable. Adelaide comenzó a fingir docilidad; su cuerpo, aún guardando en secreto la vida que crecía dentro, se convirtió en escenario de caricias estudiadas, juegos humillantes y órdenes disfrazadas de romanticismo, en una de esas noches, mientras él dormía con el pecho inflado de orgullo, ella acarició su propio vientre bajo las mantas y pensó: -Resistiré por ti, y haré que el monstruo pague por cada aliento que nos arrebató." Una tarde, mientras compartían un momento a solas en los jardines, él la abrazó con ternura, y ella, por primera vez, le correspondió sin frialdad, con voz profunda y un tono protector, el Duque susurró: -Parece que estás aprendiendo bien tu papel, esposa mía- dijo con una sonrisa fría - El ducado murmura, pero los murmullos son de admiración, dicen que eres la efigie perfecta- Adelaide, con porte impecable, apoyó una mano sobre su vientre oculto tras los pliegues del vestido, sintiendo un leve cosquilleo que apenas alcanzaba a notar, levantó la vista sin perder la compostura, -todo camina según lo previsto- respondió, con una calma estudiada. Larkin se acercó, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y deseo, mientras sus manos rozaban distraídamente la espalda de su esposa - la corte se muestra complacida, y tú has logrado imponer respeto- Adelaide sintió cómo la tibieza del gesto de su ya esposo derribaba, al menos por un instante, algunas de sus defensas, cerró los ojos y se dejó llevar por esa cercanía, no era amor, todavía... pero tampoco era odio era algo nuevo, incierto. Él Duque, notando su rendición parcial, deslizó una de sus manos por la mejilla de la princesa con una suavidad inesperada en alguien de su reputación, con un gesto lento y reverente, tomó su rostro entre las manos y, apenas rozando sus labios con los suyos, depositó un beso delicado, casi casto -así debe ser, el poder se demuestra con firmeza, y tú eres mi reflejo ante este mundo, me gusta verte... templada y a la vez delicada- Su joven esposa esbozó una sonrisa y asintió en silencio, sintiendo bajo sus dedos el latido callado de una vida nueva, sabiendo que el verdadero juego apenas comenzaba. Larkin se detuvo un instante, como si percibiera algo detrás de esa mirada -Sé que con el tiempo... me amarás, mañana tengo una sorpresa para ti… - La visita de sus padres, los Reyes de Albargad, trajo un soplo de esperanza para la recién casada, el día amaneció radiante, y el Duque, con una cortesía que rozaba lo teatral, dispuso los mejores salones, adornó el castillo con flores frescas y ordenó un festín digno de la realeza, recibió a sus suegros con la más profunda reverencia, mostrando una amabilidad genuina que sorprendió a todos los presentes. La Reina Adela con una gran sonrisa llena de amor se dirigió a su hija tomándola de sus manos con ternura -Te ves radiante, mi niña- y bajando la voz, en un susurro sólo para ella -hay un brillo en ti que no logro descifrar-, Adelaide, sonriendo tímidamente y apartando la mirada responde: - estoy muy bien, madre, solo que ... todo es tan nuevo para mí-. El Rey Theodric mirando al Duque con una mezcla de cortesía y recelo le dijo: -confío en que sabrás valorar el tesoro que has recibido, Duque Larkin, quien inclinando la cabeza respetuosamente respondió: -lo juro por mi honor Majestad, vuestra hija será amada, protegida y venerada como se lo merece, cada día de mi vida será dedicado a su felicidad- Los Reyes trajeron a su hija algunas de sus pertenencias que había dejado en Albagard dentro de estas reliquias se encontraban los presentes que Ethan le había regalado con tanto amor antes de que el Duque apareciera en sus vidas… Durante la comida, Larkin no dejó de atender a su joven esposa: acomodaba su asiento, llenaba su copa y la miraba con un afecto que, aunque sincero, parecía demasiado estudiado; ante los Reyes, afirmó solemnemente: -Vuestra hija está en las mejores manos, juro que haré de su felicidad mi mayor empresa. La Reina Adela, observadora como siempre, no pudo evitar notar algo distinto en su hija, su piel tenía un resplandor inusual, sus ojos brillaban de una manera que escapaba a la simple emoción de una recién casada, un pensamiento fugaz cruzó su mente: - ¿Podría estar embarazada? - Pero enseguida se reprendió: -No, es demasiado pronto para ello...-. La despedida fue cálida, hubo abrazos sinceros, bendiciones y promesas de próximas visitas, los Reyes Adela y Theodric, partieron con el corazón dividido: habían visto un hogar acogedor y a su hija aparentemente feliz, pero el Rey, curtido en mil batallas, y la Reina, con su conciencia femenina, sabían que no podían confiarse del todo; el Duque de Valdronia, a pesar de su gentileza, seguía siendo un astuto monstruo, hábil en ocultar sus verdaderos designios. La Reina Adela abrazando fuertemente a su hija antes de partir le dijo: - recuerda quién eres, hija mía, no importa dónde vivas, la sangre de Reyes corre por tus venas-, Adelaide le correspondió con un leve temblor en la voz: - jamás lo olvidaré, madre... padre...- Los Reyes de Albagard se suben a su carruaje y se alejan, mientras avanzan, el Rey murmura a su esposa, casi sin mover los labios. -El monstruo sabe sonreír... pero no por ello deja de ser un repugnante monstruo- La Reina Adela tomando el brazo de su esposo, con el rostro sereno pero el alma inquieta dijo: -Lo sé, mi amor, lo sé...- Adelaide se encontraba junto a una de las grandes ventanas, viendo cómo el carruaje real desaparecía lentamente entre los árboles, sus manos, entrelazadas con nerviosismo, descansaban sobre su regazo; su esposo se acercó en silencio, durante unos instantes, ninguno habló, el único sonido era el crepitar lejano de una chimenea, hasta que el finalmente rompió el hielo con una voz baja, casi vulnerable: - ¿Te sientes sola? – Adelaide sin volverse aún hacia él: -Un poco... es difícil dejar todo lo que uno conoce detrás- Larkin dando unos pasos más, hasta quedar a su lado: -No deseo ser para ti una prisión- pausa breve – quiero que Valdronia sea tu hogar... no tu celda- Adelaide se giró lentamente, encontrándose con los ojos del duque, había en ellos una sinceridad inesperada, casi dolorosa y dijo titubeando: -no sé aún qué sentir, todo es tan distinto... tan rápido...- El Duque tomando con suavidad sus manos y con un leve suspiro: -no te apresuraré, sé que mi sombra puede ser pesada y sé que mi amor... no siempre será fácil de entender- Ella bajó la mirada, sintiendo cómo el calor de sus manos aliviaba un poco el frío de su ansiedad, había en él algo contradictorio: ternura y peligro, promesas y amenazas veladas - ¿Me prometes que seré libre... aquí? -, el apretando sus manos, sin apartar la vista de ella: -te lo prometo- después de una pausa, su voz se torna más profunda -libre... para elegir amarme... o para odiarme- La Duquesa parpadeó, confundida por la dualidad de sus palabras, y en ese momento, el Duque inclinó su frente para rozarla apenas con la de ella, un gesto íntimo, cargado de una promesa oscura e inevitable. Adelaide tembló, no de miedo, sino de emoción, sus manos, sin pensarlo, se aferraron ligeramente al tejido de su capa, como quien busca algo firme en medio de una tormenta interior. Permanecieron así unos segundos eternos, en un silencio donde sólo sus corazones se escuchaban; finalmente, la Duquesa se separó un poco, abrumada por sentimientos que aún no podía nombrar diciendo en voz baja: -Necesito... tiempo. - El Duque inclinando la cabeza con una sonrisa enigmática le responde: -este es tu hogar ahora, tienes todo el tiempo que necesites- Adelaide se retiró a sus aposentos, su mente y su corazón en un caos dulce y aterrador. Cuando los Reyes Theodric y Adela finalmente cruzaron los portones de Albagard, una punzada invisible los atravesó por dentro, ver a su hija, ahora transformada en una dama de semblante sereno pero mirada apagada, les heló el alma, la corona en su cabeza no lograba ocultar el peso de lo vivido ni el velo sutil de resignación que la envolvía. Ysme, la joven hechicera, se acercó con cautela a la Reina y, en un susurro, preguntó cómo había encontrado a Adelaide, la Reina guardó un breve silencio, observando a su alrededor, antes de responder con voz suave pero tensa: -se muestra entera… más no ilesa- pero en este Reino… su partida forzada está dejando grietas- sus ojos se posaron con tristeza en el caballero real, Ethan, quien, apoyado contra una columna del patio, apenas lograba mantenerse en pie, el aroma amargo del licor lo delataba, y su mirada perdida hablaba de batallas que ya no eran del cuerpo, sino del alma.
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