La nieve había cubierto los caminos, silenciando los pasos y los rumores, el palacio, envuelto en brumas, se convirtió en un santuario de murmullos y miradas esquivas, Adelaide pasaba más tiempo entre libros, hierbas y los secretos compartidos con Ysme con el fin de aprovechar sus últimas semanas en este Reino; mientras ella caminaba entre los pilares del jardín envuelto en penumbra, con el corazón palpitando aún por la rabia y el aborrecimiento que el Duque le había dejado con su desdén en la fiesta del compromiso, pensaba en que sería de su destino tan cobardemente impuesto, en el futuro de su amado caballero; y en ese preciso instante, sintió una presencia tras ella, cuando escuchó el crujido de su capa acercándose, supo que ya no podía seguir evitándolo.
—No me acostumbro a estar sin ti — murmuró Ethan, sin acercarse del todo — que haré cuando ya no te vuelva a ver en este Reino dijo con un tono de voz sollozante. -
Adelaide se giró, sus ojos estaban húmedos, no de dolor… sino de furia contenida y un deseo ardiente como una llama, que se negaba a apagarse, él se acercó con lentitud, pero con la firmeza de quien ha esperado demasiado, Ethan con sus manos abordó la cintura de la princesa, y ella se aferró a su cuello como si fuera la única verdad en medio del engaño.
El primer beso fue un alivio, el segundo, una promesa el tercero... una declaración silenciosa de guerra contra el destino, guiados por la pasión, sus cuerpos los llevaron hasta su guarida, se escondite secreto, allí, entre sábanas cubiertas por polvo de luna y cortinas que danzaban con el viento, la princesa nuevamente se entregó en brazos del único hombre que deseaba y amaba.
Él la adoró como si tuviera el alma en llamas, cada caricia era un rezo, cada beso un sacramento, con una ternura reverente, deslizó el broche de su vestido y lo dejó caer, sin apuros, contemplándola como si estuviera viendo el cielo por última vez.
-Eres mi condena más dulce- susurró temblando -Y si esta es la última noche que me queda, juro que haré sangrar al tiempo para que no se lleve ni un segundo de ti. -
Ella lo despojó de la armadura como quien libera a un guerrero de su carga, y cuando sus pieles finalmente se encontraron, fue como si recordasen haberse amado por primera vez.
Se amaron despacio al principio, como si no existiese el tiempo, luego con la urgencia de quienes no saben si tendrán otra oportunidad; entre jadeos, lágrimas y suspiros, se pertenecieron el uno al otro sin restricciones, sin protocolos, sin miedo.
En el clímax de esa unión, cuando sus cuerpos temblaban y sus almas se entrelazaban, la princesa sintió que esa noche viviría para siempre dentro de ella, no importaba el matrimonio, la corona, ni los pactos políticos, Ethan era su verdad.
Finalmente cayeron rendidos, se miraron en silencio, sabiendo que esa noche sería su refugio eterno, su secreto más sagrado… y, quizás, su mayor tragedia.
Horas después, cuando la madrugada comenzaba a acariciar los cristales del cielo, la princesa dormía en brazos del caballero, con su cuerpo aún tibio, envuelto en el aroma del deseo compartido y la paz efímera, Ethan la miró, como si quisiera memorizarla para siempre.
Mientras tanto, el Duque de Valdronia viajaba para reorganizar discretamente sus negocios secretos, sus pensamientos giraban en torno a su futura esposa.
Aunque su rostro no mostraba ternura, su mente sí la idealizaba: -Tan pura… tan perfecta, no hay hombre que la haya tocado, nadie más que yo la poseerá. -
Se complacía en imaginar la gran alianza que sellaría con su matrimonio: no solo obtendría el control sobre Albagard en un futuro, sino que se enlazaría con las casas reales más antiguas y nobles, y eso lo irritaba y lo estimulaba por igual.
-Sus tíos me vigilan-, pensó con una sonrisa torcida. - Jamás imagine que los imponentes Reinos de Albagard, Empirian y Ravenclair tengan en común con mi bella esposa el apellido Raventhorn, presuntuosos…creen tener a todos bajo sus pies, pero pronto no tendrán más remedio que ser mis aliados, o mis piezas…
El recuerdo del compromiso lo perseguía como una maldición recurrente, siempre la misma escena, clavada como un puñal entre las costillas: ella girando el rostro, negándole el beso… como si pudiera desafiar lo que ya estaba escrito.
-Aún se oculta detrás de su orgullo- murmuró con una sonrisa oscura -Pero cuando pise el umbral de mis dominios, ese beso que negó le arderá en la memoria… Y entonces no habrá voluntad que la salve, se rendirá, aunque tenga que quebrarla para que lo haga. -
Días después de aquel apasionado encuentro con su amado caballero, Adelaide caminaba nerviosa por los jardines del palacio, acompañada Edme
—Estás segura —susurró Adelaide, su voz apenas un murmullo entre el viento.
—Lo confirmé tres veces —respondió Ysme con solemnidad — No hay error, estás embarazada-
Adelaide cerró los ojos, sintiendo el peso de la revelación hundirse en su pecho, su corazón latía con fuerza, no solo por el miedo, sino también por el amor que sentía por el joven caballero real, el hombre al que realmente pertenecía su corazón; pero ahora, este secreto podría significar su ruina.
—Nadie debe saberlo —dijo con firmeza—.
Ysme asintió, sus ojos brillando con la chispa de la determinación, la hechicera no permitiría que su amiga y él bebe cayera en manos de aquel monstruo sin luchar.
—Idearemos un plan —dijo Ysme con convicción.
Adelaide exhaló lentamente, aferrándose a esa esperanza ahora no tenía otra opción, por el honor de su Reino ahora debían jugar con astucia y engañar a su futuro esposo antes de que él los destruyera...
El rechinar de las ruedas de la carroza del Duque y el galope monótono de los caballos rompían el silencio; de pronto, en el horizonte, surgió una polvareda y gritos desesperados algo inusual en ese camino.
Uno de los soldados se aproximó a la ventanilla:
—Mi señor... un ataque, son salvajes, cazando mendigos. ¿Ordenamos intervenir? -
El Duque, apoyado con desgano en su asiento de terciopelo oscuro, esbozó una sonrisa cruel.
—¿Intervenir? —rió con un deje de desdén — No, déjenlos, prefiero deleitarme viendo cómo los infelices se defienden como ratas acorraladas. -
La carroza se detuvo en la cima de una colina baja, permitiéndoles una vista privilegiada, el Duque entrecerró los ojos, con un gesto divertido, abajo, los salvajes arrastraban a una mujer joven por el cabello, sus ropas eran harapos, algo extraño en ella no encajaba con los demás, una belleza extraña y una finura inusual en su aura.
La ataron a un madero improvisado y encendieron un círculo de fuego alrededor.
El Duque soltó una risa ronca.
—Mírenla... pobre de ella— comentó con ironía, mientras levantaba una copa de vino para brindar en el aire — Qué espectáculo tan entretenido-
Los gritos de la mujer no eran gritos de súplica comunes, no eran insultos ni ruegos, era un cántico, gutural y antiguo similar al lenguaje de los vikingos, que vibraba en el aire como una marea oscura.
El Duque palideció levemente.
—¡Detenerlos Ahora! — bramó, lanzando su copa contra el suelo de la carroza.
Los soldados, desconcertados pero obedientes, cargaron cuesta abajo, el fuego fue sofocado, los salvajes abatidos o dispersados, y los mendigos, salvados.
La mujer, medio inconsciente, fue llevada a la carroza, cuando abrió los ojos, aún brillaban con un resplandor extraño, mezcla de miedo y furia contenida.
Temblando, ella se inclinó y besó la mano enguantada del Duque.
—Gracias... mi señor... — susurró en una voz rasposa, como el roce de alas quemadas.
El Duque la observó en silencio unos segundos, luego, su voz, cálida pero llena de veneno, la acarició:
—¿De dónde vienes, criatura? -
La mujer cerró los ojos un instante, como si escarbara entre ruinas olvidadas en su mente.
—Recuerdo... un reino hermoso... vasto... de torres doradas y ríos de fuego... — su voz se quebró -Ya no existe. -
Los labios del Duque se curvaron apenas, se inclinó, tomando un mechón chamuscado de su cabello entre sus dedos.
—Entonces eres como yo —murmuró, casi para sí mismo — Un fragmento perdido... una reliquia de poder-
La soltó, como se suelta algo valioso que aún no sabes cómo usar.
—Descansarás esta noche bajo mi protección, mañana... hablaremos de tu futuro. -
Y mientras la carroza retomaba su camino bajo el cielo ennegrecido, el Duque miró a la mujer, tejiendo planes como arañas invisibles, quizás la noche le había traído más que un entretenimiento macabro, quizás le había traído un arma.
La nieve caía sin prisa sobre los jardines dormidos de Albagard, todo el mundo parecía ocultarse del invierno, menos ellos.
Adelaide se había escabullido por la galería de mármol hasta encontrarlo, Ethan estaba junto a la fuente congelada, envuelto en su capa de piel, con el cabello cubierto de nieve, como una estatua de otro tiempo.
—No deberías estar aquí — susurró él, sin mirarla, aunque ya conocía sus pasos de memoria.
—Lo sé —respondió ella con una voz tan tenue que parecía formar parte del viento -pero no podía dejar pasar esta noche… no sin verte-.
Él giró por fin, sus ojos ámbar se encontraron con los de ella, había tormenta y resignación en sus ojos …
—Cada vez te siento más lejos —dijo él, casi con dolor — Como si tu alma ya hubiese cruzado el umbral hacia otra vida-
Adelaide se acercó, sus manos temblaban, no por el frío, sino por la verdad que aún no podía decir, Ethan la tomó del rostro, la besó con reverencia, pero algo era distinto, algo en ella había cambiado, y él lo sintió.
Cuando se separaron, la miró con más atención, sus ojos… brillaban no como antes, tenían un brillo más profundo, más vivo.
—tu mirada- susurró él - tiene fuego, como si llevases dentro algo más grande que tú misma. -
Adelaide bajó la mirada, mordiéndose los labios, no podía decir su secreto, no ahora...