-EL PACTO QUE SELLA UN DESTINO-

1624 Words
El Duque de Valdronia acude a Albagard con un gesto solemne a ultimar las condiciones del matrimonio fingiendo ante los Reyes sorpresa y falsa humildad: "Jamás creí que el amor lograría doblegar al orgullo... pero celebro que los ilustres padres de la princesa hayan optado por lo más sensato: convertirla en el emblema viviente de esta conveniente versión de la paz, desposarla es mi anhelo, pero el invierno me exige en el ducado. La primavera marcará, sin falta, el inicio de nuestra sagrada unión… tan necesaria como inevitable." Dijo con una mirada helada que no permitía réplica, como quien dictara una sentencia irrevocable, el astuto Duque, para asegurar la alianza con los Reyes de Albagard y evitar cualquier intento de que otro desposara a la princesa o le tendieran trampas durante su ausencia, exigió que el compromiso se anunciara de inmediato con una celebración abierta a todos los reinos y nobles de los rincones más lejanos. Los Reyes no tuvieron otra opción que aceptar sin demora, los ojos del Duque se cruzaron con los de Adelaide, quien permaneció inmóvil, sin parpadear, esa fría actitud encendió en Larkin la chispa del desafío, dirigiéndose con mordaz ironía a su padre, el Rey, exclamó: -Excelente decisión, Theodric, he renunciado a tu reino por algo mucho más valioso que tu reino-. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se marchó… Al oír esas palabras cargadas de cinismo, Adelaide dejó caer silenciosamente un par de lágrimas, atrapada en la impotencia ante la tormenta de incertidumbre que se avecinaba. Para anunciar el compromiso, los Reyes organizaron una gran ceremonia en el salón del trono, nobles, embajadores y emisarios de reinos vecinos fueron convocados; los heraldos resonaban con trompetas mientras un escriba real leía en voz alta el anuncio oficial: “Por el bienestar del Reino de Albagard y la prosperidad de nuestro pueblo, proclamamos el compromiso de nuestra amada hija, la Princesa Adelaide Raventhorn, con el honorable Duque de Valdronia Larkin Edelwyn Que esta unión traiga estabilidad y asegure la paz en nuestras tierras. Que el reino prospere y que los dioses bendigan esta alianza.” Firmado: Theodric y Adela Raventhorn, Reyes de Albagard. El pergamino fue sellado con cera de un profundo púrpura real, brillante como la noche estrellada, el sello mostraba en relieve tres criaturas míticas entrelazadas en una danza eterna: un fénix dorado con plumas que irradiaban un resplandor cálido de renacimiento, un unicornio plateado cuyas crines ondulaban con la suavidad y misterio de la luz lunar, y un león alado de melena plateada y ojos de amatista, símbolo de la fuerza, la nobleza y la vigilancia mágica que protege el Reino de Albagard. El Rey Barham arde en silencio, su furia un fuego oscuro y punzante se dirige a su hermano: -Has entregado la sangre real al verdugo que mancha nuestra estirpe- su voz es un filo helado, cargado de condena. No desata la guerra, porque sabe que aún no es el momento, pero en las sombras, empezaría a forjar su venganza. Se acerca a la princesa, su mano firme como el hierro, y susurra al oído: -No todos se doblegan ante la oscuridad, sobrina. Afila tu coraje, porque solo así podrás resistir- El gran salón de Albagard resplandecía bajo el brillo dorado de cientos de candelabros, mientras las columnas de mármol y los estandartes reales eran testigos mudos del compromiso anunciado aquella última semana de otoño, aromas exóticos de inciensos lejanos se mezclaban con el murmullo nervioso de nobles que especulaban sobre el destino de la princesa Adelaide, forzada a aceptar una unión para evitar la guerra. Larkin, junto a ella, sostenía una copa de vino, su sonrisa arrogante y sus ojos fríos revelaban más que diplomacia: una obsesión calculadora tras la máscara de nobleza. La fiesta seguía, pero el aire cambió, entre risas y vino, Larkin vigilaba con ojos fríos la figura que acababa de entrar: el Rey Barham de Empirian, imponente y silencioso, apagando murmullos con solo su presencia. Larkin había creído tener el control, pero frente a ese monarca, la sombra de su ambición tembló, la dignidad y el peso de años de guerra del Rey eran un muro que podría destruir sus planes, el Duque sintió, por primera vez, el filo frío de la verdadera amenaza. Larkin jamás imaginó que se encontraría cara a cara con ese Rey, en su mente, las piezas de su plan se alineaban perfectamente: el compromiso con la princesa lo estaba acercando a un imponente soberano inalcanzable para los ambiciosos deseos del Duque. El Rey de Empirian, caminó hacia el duque con una dignidad que cortaba la respiración, no era solo el poder del reino lo que irradiaba de él, sino la sabiduría y el peso de los años de batallas ganadas y traiciones desbaratadas; Larkin, al verlo, sintió una incomodidad que no podía disimular, un hombre como ese podría desbaratar cualquier intento suyo de expansión, especialmente si se interponía en el camino hacia su dominio total. —Duque de Valdronia — pronunció el Rey con voz cortante, sus ojos eran cuchillas de hielo, -por fin te observo en persona, aunque en estas mezquinas y “familiares” circunstancias que delatan la sombra oscura que tú mismo arrojas sobre la nobleza que te rodea. - El Duque forzó una sonrisa, pero en su interior, su mente daba vueltas a todo lo que había aprendido sobre este monarca: El Rey de Empirian no solo era un gobernante temido, sino un hombre que había derrotado a más de un enemigo en su tiempo. - ¿Todo en orden, Rey de Empirian? - preguntó Larkin con voz suave, pero sus ojos vacíos delataban una amenaza implícita. —En cuanto a la ceremonia, todo está… correcto —respondió Barham con frialdad— pero, han llegado a mis oídos ciertos rumores sobre actividades ilícitas en sus dominios; actos que no reflejan ni el honor de nuestra casa ni el de los Reinos aliados-, el Duque, incapaz de ocultar su incomodidad, se tensó ligeramente, su rostro endureciéndose, su mirada, fría como el acero, se clavó en Barham -Rumores-, contestó Larkin, su voz como un susurro peligroso. -Nada más que eso…- Mientras tanto, la Reina Valkiria observaba en silencio, sus ojos fijos en la escena, conocía bien el impacto que su sola presencia causaba en el Duque, y se deleitaba en la eficacia de su estrategia invisible, para ella, aquella desdichada alianza no solo garantizaba la protección del Reino de Albagard, sino que también la acercaba, sigilosa y decidida, a las fortalezas de Valdronia, su presa ansiada en la sombra de una venganza largamente aguardada. La música seguía, pero el aire se tornó denso y oscuro tras el crudo intercambio con Barham y las miradas gélidas de Valkiria, el Duque percibió que aquella unión forzada con la princesa no solo lo ataba a Albagard, sino que también lo lanzaba de lleno bajo la sombra de Empirian y Ravenclair, los dominios de sus poderosos tíos, Barham y Valkiria, también captó con la lucidez de un jugador que ha apostado más de lo que admite, que los Reinos de Albagard, Empirian y Ravenclair no solo compartían lazos de sangre, sino un apellido que tejía alianzas ancestrales, al tomar a la princesa, no solo adquiría poder… también se internaba en un nido de leones con memoria larga y garras aún afiladas. Con paso lento y amenazante, se retiró rodeado de aliados, dejando tras sí una sombra implacable, todas las miradas lo siguieron, sorprendidas por su salida teatral cargada de desafío. Antes de partir, Larkin se inclinó hacia su prometida, con su sonrisa gélida como un filo cortando el aire como sellando un pacto de sombras que ningún sol podría disipar. —Hasta la primavera, mi flor —susurró Larkin con voz gruesa, sujetándola por su cintura con una firmeza innecesaria. Adelaide no tuvo tiempo de retroceder cuando él se inclinó y estampó un beso forzado sobre sus labios, no fue un gesto romántico ni afectuoso; fue una marca, un gesto de propiedad, el silencio entre los nobles fue más ruidoso que la música. Ethan lo vio todo desde la distancia, sus puños se cerraron con rabia contenida, la mandíbula apretada, sabía que no podía hacer nada sin desatar una guerra en ese instante… pero los ojos de Adelaide lo buscaron. y eso bastó. Cuando el Duque finalmente dio la orden de retirada, los mantos negros de sus acompañantes desaparecieron entre la niebla nocturna. La princesa se giró, caminando como en trance hacia los jardines del palacio con su respiración temblorosa, su pecho oprimido por la impotencia... pero también, por el ardiente deseo de romper todas las cadenas. El joven caballero la siguió, siempre lo hacía. —No quiero que esto sea el último recuerdo que tenga de ti esta noche —murmuró ella, apenas girando el rostro hacia él. Juntos apresuraron su paso allí, bajo los faroles de cristal, rodeados de cortinas de seda y música lejana, él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí contemplando en silencio, no había tiempo para dudas ni razones, sólo la urgencia de dos almas negadas por la política, pero unidas por un amor que ningún compromiso podía quebrar. El beso que él le dio fue todo lo contrario al del Duque: embestía ternura, fuego, redención y amor verdadero, grito silencioso de libertad. —Ámame esta noche como si no existiera el mañana, como si el mundo se hubiese detenido en este instante — susurró ella, acariciándole la mejilla con temblor en los dedos, el caballero solamente pudo responder con un tono de voz agitado: -lo que usted ordene majestad- Porque si el compromiso con el Duque era una prisión... ellos dos estaban decididos a burlarla con cada beso, cada mirada, cada latido robado.
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