-LA CONDENA DE UNA PRINCESA-

1674 Words
A pesar de que el plazo había expirado y la única respuesta era el silencio; el Duque, con una calma tenebrosa no expresó nada al recibir solo mutismo ante la contestación de su unión con la princesa de Albagard; sin embargo, cubrió su incómoda pero ferviente impaciencia dictaminando que, un grupo de hombres encapuchados, invada los aposentos de Sir Ezra en la penumbra de la noche mientras la corte dormía. Lo sujetaron con rapidez, cubriéndole el rostro y amordazándolo antes de que pudiera alertar a nadie, lo arrastraron a los pasadizos ocultos del castillo, donde una carreta esperaba con los caballos listos para la huida, lo llevaron a una fortaleza abandonada en las delimitaciones del Ducado de Valdronia, aquel lugar estaba apartado de todo rastro, ahí los gritos del caballero Ezra no eran más que un eco disipado en la bruma. —Tu Rey juega con mi paciencia —susurró el Larkin, trazando con la punta de su daga una línea sobre el pecho ensangrentado del caballero, - y tú pagarás el precio, —no buscaba matarlo, sino quebrarlo; las sombras en la celda se alargaban y acortaban con el paso del tiempo, pero para Ezra, todo era un torbellino de sufrimiento, cuando el Duque se cansó de jugar, ordenó que lo dejaran con vida, pero apenas lo suficiente, lo envolvieron en harapos y, con cruel determinación, lo subieron a un caballo que regreso al Reinado de Albagard, escoltado por dos de los hombres del ejército de Valdronia. En la oscura madrugada, el guardia del castillo descubrió un cuerpo malherido que se arrastraba en la entrada principal, al acercarse, los gritos de alarma despertaron a toda la corte al escuchar los lamentos de Ethan quien al ver la escena a lo lejos corrió de inmediato a ver lo que ocurrió baladrando horrorizado - padreee, padre mío pero quien es capaz de hacerte esto , sir Ezra yacía sobre las frías piedras, con el rostro irreconocible por los golpes, las manos destrozadas y el cuerpo cubierto de cortes profundos; su respiración era débil pero aún vivía, en su cuello colgaba una soga con un pergamino sellado con el emblema del Ducado de Valdronia El mensaje era claro: "Retrasaron su respuesta, ahora saben lo que significa desafiar mi voluntad, sigan en silencio y no será un miserable caballero el que sufra, afrentare a la princesa y con ella arrasaré a todo su pueblo sus ancianos, sus mujeres y sus niños." La reina Adela apretó los puños, con los ojos ardiendo de furia, mientras el Rey Theodric sintió un peso helado en el pecho, aquí la guerra ya no era solo una posibilidad: era inevitable. La hechicera Ysme, con lágrimas de angustia, se arrodilló junto al maltrecho Ezra, tomando su mano herida con delicadeza. —Lo vengaremos —susurró Theodric con determinación. Y en su corazón, la certeza de la lucha se arraigó con una fuerza inquebrantable. Pero una voz irrumpió en el silencio, era Tito, el anciano consejero real, un hombre de avanzada edad que había servido al reino por décadas. —Si toman represalias, solo atraerán más desgracias —advirtió con gravedad—. -Debemos ser sabios, no impulsivos, cada acto de violencia solo lo acercará más a su objetivo-. Adelaide irrumpió al anciano — El enemigo no busca una guerra, evidentemente es a mí a quien quiere-, A la princesa se le partía el alma de ver que el padre de su amado estuvo al borde de la muerte por su causa; ella lo tenía todo pero, Ethan solamente tenía a su padre. El Rey Theodric bajó la mirada, consumido por la indecisión, La Reina Adela, en cambio, se mantuvo firme, aunque una sombra de duda se dibujó en su expresión: se miraron entre sí, la batalla entre la razón y el deseo de venganza acababa de comenzar. —¿Entonces qué debemos hacer? —exclamó uno de los nobles, con los nervios al borde del colapso—. ¿Dejar que el duque nos humille y nos arrebate a la princesa sin pelear? Y el anciano sabio insistió -Nos aplastará como a insectos si le seguimos el juego de la guerra- El silencio en la sala se volvió asfixiante, la tensión se cortaba con el filo de un cuchillo, y cada alma presente sabía que cualquier decisión marcaría el destino de Albagard para siempre. De inmediato los caballeros y los Reyes Bharam y Theodric iniciaron los preparativos para la emboscada, ya en camino, cuando la niebla aún abrazaba los campos y los árboles susurraban como viejos fantasmas, creyendo aún tener la ventaja, un velo de inquietud empezó a cernirse sobre ellos, se encubrieron con armaduras cubiertas con capas oscuras para amortiguar el sonido del metal; sus caballos, enmudecidos bajo mantas negras, nadie alzaba la voz, el momento era demasiado sagrado para romperlo con palabras vanas. Desde lo alto de la colina, a través de la neblina matinal, vislumbraron algo que no debería existir. Allí, rodeando las afueras de los caminos de Valdronia, se extendía una fortificación que parecía arrancada de otro tiempo… o tal vez… de otro mundo. Enormes alabardas de obsidiana negra, afilados como lanzas, se alzaban en un mortífero diseño que ningún hombre de su era habría imaginado, bastiones cubiertos de placas metálicas relucientes se unían con puentes suspendidos que vibraban con una energía azulada y desconocida. Y en sus murallas… no había simples arqueros o soldados de armadura tradicional: había máquinas de guerra que zumbaban, respiraban, vivían, como si hubieran sido forjadas en el infierno mismo. Cañones de cristal n***o que recogían la luz y la despedían en pulsos mortales, torretas giratorias que parecían seguirlos incluso a distancia, figuras encapuchadas, armadas con lanzas de energía pura, patrullaban incansablemente, como centinelas invocados por rituales olvidados. Evidentemente el Duque de Valdronia se dirigía hacia Albagard La emboscada que los hermanos reyes planeaban ahora parecía una batalla suicida. Un viento helado barrió la cima, llevando hasta ellos un eco de tambores de guerra con sonidos que no eran tocados por manos humanas. Ethan apretó los puños, su mirada fija en aquella monstruosidad. —No es un castillo —susurró el Rey Barham, con el rostro pálido— queremos emboscar a una trampa viviente. Aquí el Rey Theodric, entendió en ese instante: —Nuestra misión no es para ganar una guerra aquí, es acabar con el Duque, sin él, su monstruosa obra caerá-, en ese preciso instante cuando se disponían a descender, un rugido sordo estremeció el aire. Desde las murallas de la fortaleza negra, cientos de voces empezaron a corear al unísono: —¡Sacrificio! ¡Sacrificio! ¡Sacrificio!- gritaban los guerreros de Valdronia A lo lejos, pudieron distinguir una escena horrenda:, los soldados del Duque alzaban a unos prisioneros que parecían ser del grupo de hombres valientes de la tribu de los Urzhai, sin piedad la sangre corrió roja y viva cuando una daga ceremonial fue hundida en el pecho del prisionero más fornido, mientras que los ecos de sus gritos desgarraban el ambiente. Una ráfaga de viento trajo consigo un hedor a hierro y muerte. El valiente Barham tragó saliva, pálido como un espectro: -Ni acudiendo a Valkiria lograríamos vencer este infierno, no seremos los únicos que serán sacrificados si fallamos —dijo en voz baja. Y en ese instante, todos comprendieron: el Duque no defendía su fortaleza, estaba ofrendando sangre al abismo con intenciones de invocar algo peor. La verdadera guerra no era solo contra hombres, era contra algo que se gestaba en las entrañas de la oscuridad. El rugido de "¡Sacrificio!" aún resonaba en sus oídos cuando el Barham, hermano del Rey alzó su mano, deteniendo la marcha, sus hombres, aunque ansiosos, obedecieron de inmediato, el aire olía a muerte, y los tambores oscuros retumbaban como presagios ineludibles. -Debemos retirarnos- dijo en voz baja, pero con una determinación que no admitía réplica El Rey Theodric con su mirada fija en la monstruosa fortaleza que crecía ante ellos como una enfermedad. -Viviremos para luchar si esto hoy nos condena- murmuró, casi para sí mismo - algún día, será él quien suplique piedad- Ethan, mirando una última vez las almenas enrojecidas y la sangre derramada en aquel ritual, montó su caballo. —Retirada en silencio —ordenó—. Que no sepan que estamos aquí porque nos puede pesar- Uno a uno, los soldados desmontaron con precisión de fantasmas, borraron huellas, cubrieron rastros, el arte de retirarse sin ser detectados era tan vital como el arte de la guerra. Detrás de ellos, la fortaleza de Valdronia vibraba con cánticos profanos y tambores ensangrentados, pero ninguno de ellos volteó a mirar. Sus corazones ardían con la promesa de volver, con la promesa de terminar aquello que habían comenzado… —No será una emboscada —murmuró el Rey Barham apretando los dientes -será una gran batalla- A pesar de varios intentos por defender el honor del Reino de Albagard, sus soberanos se vieron obligados a ceder. Mientras tanto; en Valdronia, el Duque alzaba una copa de vino oscuro, reclinado en su trono de hierro ennegrecido; horas después llegó, un emisario arrodillado le entregaba un pergamino sellado. Con un gesto displicente, Larkin rompió el sello y deslizó la mirada sobre las palabras escritas. Su sonrisa se ensanchó con cada línea. "Los Reyes de Albagard han aceptado el compromiso, la ceremonia será al iniciar el invierno" Larkin dejó escapar una risa profunda, gutural, que resonó entre las columnas del salón vacío. -Tan altiva…- susurró para sí, dejando que la voz se humedeciera de deseo y desdén —. Creyó que podría rechazarme, como si su corona bastara para desafiar mi voluntad. - Caminó lentamente por la estancia, sus pasos resonando con eco entre las sombras. -Pero ya verá… la pequeña princesa no ha entendido aún quién mueve las piezas en este tablero- Se puso de pie, levantando la copa hacia los altos vitrales que mostraban un cielo rojo sangre. -Pronto…- susurró, como si el viento mismo pudiera llevar sus palabras —Pronto, mi querida Adelaide, serás mía ante dioses y hombres-
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