Apenas cruzó el umbral, las puertas se cerraron tras ella con un golpe seco, un sonido que no tenía eco, como si las paredes mismas supieran lo que ocurriría dentro, Adelaide exhausta por la tensión de la boda, la fiesta, el viaje, se sentó en una butaca ordenando que le sirvieran una copa de agua pero una de las mucamas la levanto fuertemente pidiéndole que permanezca de pie que su esposo no ha dado órdenes de sentarse.
En ciertos reinos, especialmente los marcados por la guerra y el poder, la preparación de la novia era un rito tan antiguo como el trono mismo, una ceremonia destinada no a honrarla, sino a doblegarla porque, en casos como este, la esposa era entregada como intercambio por un acuerdo de paz.
Aquel ritual nupcial nacido para apaciguar el deseo de los poderosos… o disfrazar sus conquistas era un espectáculo para complacer al amo… y para recordar a todos quién mandaba; aquel rito comenzaba horas antes de que el lecho fuera reclamado, un cruel comunicado que informaba que desde que el anillo de Larkin había tocado el dedo de Adelaide, ella dejo de ser la princesa de Albagard.
La Guardiana del Velo, vestida de gris, encabezó el ritual, dicen que las matronas antiguas no hablan mucho porque ya han visto demasiado, solamente ordeno que sirvan a la princesa la copa de agua, esperaron a que beba el agua y de inmediato si pedir permiso con rapidez y decisión arrancaron su velo lanzándolo al piso, tiraron abruptamente de las cintas del vestido, deshicieron los broches, abrieron los botones, rasgaban una por una, todas las capas de su vestido nupcial, una de ellas con manos firmes cortó con una pequeña daga las cintas del corsé, sin decoro.
El vestido blanco, símbolo de su antigua inocencia, cayó al suelo sin gloria y lo dejaron allí, hecho jirones, la miraron desde arriba hacia abajo para quitarle la ropa interior.
-Qué hacen… ¡Deténganse! – grito la joven y las mucamas jóvenes no pronunciaron palabra y nuevamente la mujer mayor hablo:
- señora, son ordenes de su esposo el patrono de este Ducado -
Adelaide bufó y retrocedió un paso, la mucama volvió a responder - si no colabora será la responsable de que el señor Duque nos magulle, y usted estará con nosotros-
Al menos cierren las ventoleras superiores porque permanecen abiertas, les pidió educadamente Adelaide.
La más joven en un tono picaresco respondió:
- Ni se le ocurra pedirlo princesa!! Es voluntad del Duque que su gente escuche-
Desde la sombra del corredor alto, tras una rejuela apenas abierta, Larkin observaba, no había necesidad de participar en el rito, el espectáculo le pertenecía por derecho, y esa distancia le permitía saborearlo como un dios cruel contempla a su ofrenda en el altar; sus ojos no pestañeaban, cada jirón del vestido que caía, le erizaba la piel como un placer contenido, las sirvientas cumplían su labor con precisión mecánica pero él… él degustaba cada detalle con un deleite que rozaba la fiebre, no se movió de inmediato quiso grabar esa imagen en su mente el temblor en los dedos de la joven, la forma en que sus labios se entreabrían, no por deseo, sino por miedo, se alejó sin hacer ruido, la oscuridad del pasillo pareció abrirse a su paso bajó por las escaleras de mármol sin prisa, dejando que el eco de sus botas resonara como un anuncio, en el salón, los lacayos y nobles lo esperaban con copas levantadas y risas desmedidas.
Arriba; en la habitación nupcial, Adelaide se resistía girando el cuerpo con un empujón torpe, pero era ella contra tres mujeres fuertes y cada una sabía exactamente qué hacer, se sintió atrapada, sin más remedio que ceder, nublo su mente mientras la quitaban todo lo que quedaba de sus vestidos, dejaron su piel completamente expuesta al frío del mármol, la matrona froto sus manos con una mezcla aceitosa creada solo para adormecer los nervios y despertar la piel.
- Princesa concéntrese- dijo la tercera, con un tono plano, sin emoción, las seis manos ajenas y frías se aferraban a la piel de la joven, mientras pronunciaban canticos en un idioma místico, el aceite denso y helado le escurría desde el cuello, recorriendo sus hombros, presionando sus pechos y bajando por sus muslos, como si su cuerpo fuera un diamante en bruto que estaba siendo pulido.
-Mmm… tenemos una tarea difícil- enjuició la matrona con voz firme
-más estrategia, no puede esperarlo tan fría- ordeno.
El cuerpo de la princesa, rígido y ajeno a las manos que lo recorrían, parecía resistirse a cada intento; entonces, con una mirada fría y calculadora, la anciana sacó varios objetos de piedras semi preciosas finamente pulidos, sin decir palabra, los baño en agua y paso una vela por ellos elevando una oración, de inmediato los puso sobre las zonas más sensibles del cuerpo de Adelaide, deslizándolos con masajes lentos y delicados como si buscara despertar algo enterrado bajo su piel.
—El hombre demanda pasión, no indiferencia — susurró otra, casi como un conjuro
—Al señor no le gustará que su esposa no responda — advirtió una tercera, con voz cortante.
La vergüenza ardía en su rostro, sus ojos, buscaban a los Dioses, sentía cómo el recelo se apoderaba de cada fibra de su ser, un frío paralizante que bloqueaba cualquier intento de rendición, su cuerpo, en lugar de ceder, se tensaba como un animal acorralado, atrapado entre la obligación y el rechazo, buscó en su mente un refugio divino.
—Concéntrate en tu papel, cuanto más te resistas, más larga y amarga será esta noche, suéltate, princesa deja que tu cuerpo hable y tal vez, logres un alivio inesperado- reclamaba la matrona, con la frente perlada de sudor, al ver que el cuerpo del joven rígido, Adelaide no pudo más con la tensión y derramo una lágrima.
La anciana al verla, dio con su cabeza dio una instrucción a las dos mucamas quienes la sujetaron firmemente de ambos brazos.
La matrona, impaciente y sin mostrar piedad, comenzó a deslizar con precisión las piedras pulidas y frías como el acero en los puntos más vulnerables de su piel movimientos que no eran suaves ni amables; más bien ya fueron toques sugestivos, diseñados para quebrar su voluntad y despertar una respuesta, sus dedos con una precisión cruel, bajaron hacia el centro de su cuerpo, provocando después de varios intentos, un jadeo involuntario desafiando la voluntad de Adelaide.
La matrona sintió el cambio, la rendición inevitable, una sonrisa de triunfo curvó sus labios carnosos, orgullosa y casi soberbia.
—Mira cómo responde, mi princesa — susurró con voz grave, llena de posesión y poder.
—¿Lo sientes? — susurró, como una serpiente enroscándose en su oído
- no te resistas, niña, del cuerpo de la esposa debe forjar lo que el alma no quiere aceptar-
La matrona se incorporó con una sonrisa fina y orgullosa susurrando:
—Nuestro señor estará complacido, ya está lista-
La cubrieron con la bata nupcial mientras la ataban con un lazo rosa alrededor del pecho, le soltaron el cabello, lo peinaron y perfumaron con cuidado, casi reverencia, preparando la apariencia de una esposa dócil y disponible y la obligaron a colocarse en el centro de la habitación, sobre una alfombra circular, bordada con hilos de plata, no en una silla, no en un diván… sino de pie, como se exhibe a una reliquia en un escenario ominoso, ahí debía permanecer esperando que su esposo llegue.
Antes de marcharse, la vieja se acercó al oído de Adelaide y le susurró:
-Él no necesita tu consentimiento, solo tu silencio, por tu paz haz lo que él te pida-
La puerta se cerró con un sonido metálico, más fuerte que el primero, un sello final, como un juicio, desde la ventana abierta, los graznidos de aves nocturnas resonaban, llenándola de pánico, recordándole la prisión invisible en la que ahora estaba, su espalda se erizó, sus manos se apretaron contra la tela de la bata, y obligó a su rostro a mostrar calma y sumisión, aunque en su interior todo ardía en tormenta, permaneció de pie, inmóvil, desnuda bajo la seda, aceitada como una estatua ceremonial en pie, en el centro exacto sobre su vestimenta nupcial yacía hecha trizas.
A lo lejos, el eco de risas masculinas llegaba desde el ala este del castillo, entre brindis y coros toscos, se escuchaban copas estrellarse, carcajadas desmedidas, gritos de victoria.
La voz del Duque sobresalía sobre todas, grave, altiva celebraba su matrimonio como si fuese una conquista militar sin la presencia de su nueva esposa como si ella fuera un trofeo de guerra.
—¡Esta noche no se duerme, perros! — gritó en algún momento - ¡Quiero a todos celebrando en este Ducado hasta el amanecer coman, beban y bailen sin miedo! -
El bullicio empezó a apagarse, las voces se alejaban poco a poco, como si el castillo exhalara una última risa grotesca antes de caer en el mutismo.
Miró hacia la puerta, el umbral seguía cerrado detrás de ella, vendría él no habría testigos, ni nadie para impedir nada, nadie para consolarla si gritaba, nadie para abrazarla si caía.
La espera era una tortura lenta, un suplicio que devoraba su mente más rápido que cualquier herida física, los minutos pasaban como siglos, y cada uno arrancaba un pedazo de su fortaleza.
Y sin embargo, por primera vez desde que salió del palacio de sus padres… sintió furia.