-BODA FORZADA-

1804 Words
Los días se acortaban mientras los preparativos de la boda avanzaban como una maquinaria sin alma. Finalmente, el día llegó. El cielo, encapotado por densas nubes grises, parecía un presagio; ni un rayo de sol se atrevía a colarse por los vitrales de la catedral imperial, afuera, el pueblo celebraba, pero dentro, el aire olía a incienso, rosas frescas y resignación, las campanas repicaron solemnemente. El Duque de Valdronia ingresó con un paso seguro y solemne, caminó hasta el altar, erguido y de complexión robusta, imponiendo presencia, no era un hombre guapo en el sentido clásico, pero su rostro anguloso, mandíbula marcada y cejas pobladas mostraban una rudeza atractiva, sus ojos grises, fríos y calculadores, parecían ver más de lo que deberían, y su sonrisa torcida dejaba dudas sobre si se burlaba o disfrutaba demasiado el momento, su cabello oscuro, algo largo y peinado hacia atrás, dejaba caer mechones que enmarcaban su expresión sombría, pequeñas cicatrices, discretas pero visibles, contaban historias de una juventud turbulenta, orondo, esperaba a su prometida con una mezcla de lujuria y triunfo, satisfecho de haber conseguido lo que jamás imaginó: una esposa de sangre real, un trofeo que consolidaría su poder, vestía de azabache con bordes dorados, como si el altar fuera su trono. Adelaide avanzaba lentamente por el largo pasillo de mármol, envuelta en un vestido blanco bordado con hilos de oro, parecía una diosa encadenada a un destino cruel, mantenía la vista baja; su rostro era sereno, pero no había dicha en sus ojos, solo la resignación callada de quien camina hacia una prisión emulando a una divinidad, acompañada por el retumbar seco de tambores que parecían preludio de guerra, cada paso pesaba como una sentencia, las miradas la seguían, pero nadie osaba cruzar su mirada; nadie quería contemplar la tristeza de una soberana que se dirige al abismo. Los Reyes Theodric y Adela sus padres, observaban la escena con rostros serios, su hija se entregaba a un hombre cruel y, aunque sabían que no había alternativa, el dolor los consumía por dentro, la Reina apretaba el brazo de su esposo, conteniendo las lágrimas, mientras el Rey mantenía la mirada fija en el altar, como si con solo no parpadear pudiera evitar que la ceremonia continuara. Las campanas cesaron y el sacerdote alzó la voz: —Ante los ojos de la nobleza reunida y por la estabilidad de nuestras tierras, hoy unimos dos almas en sagrado vínculo, en nombre de la paz entre los Reinos de Albagard y el Ducado de Valdronia.- ¿Aceptas , Adelaide Raventhorn, princesa de Albagard, ser esposa del Duque Larkin Eldewyn, señor Duque de Valdronia? Un silencio tan denso que ni el viento se atrevía a colarse por las grietas se hizo presente. La princesa tragó saliva, sus labios temblaron. Entonces, alzó el mentón. —Acepto —la palabra salió suave, firme... y vacía. Nadie notó, tras la sonrisa del Duque, cómo sus dedos se aferraban al anillo con una fuerza casi temblorosa, ni cómo una mirada se cruzó en secreto desde la multitud: Madame Rufia Fletcher, su amiga y cómplice, le sostuvo la mirada apenas un instante; luego, entre las sombras del salón, los ojos del Duque encontraron a su gran amigo, y pintor de la corte, Malaki Esposito, cuya expresión decía más que mil palabras: una mirada ladeada, entre irónica y resignada, como quien reconoce sin celebrar; que su cofrade, una vez más, se ha salido con la suya. Entre los nobles que brindaban y sonreían para mantener las apariencias, estaba Ethan, su verdadero amor, su corazón se partía en mil pedazos al verla pronunciar sus votos con voz temblorosa, sabía que no podía hacer nada, que el honor y la política habían decidido el destino de Adelaide mucho antes de que el amor entre ellos floreciera, sentía rabia, impotencia, y, sobre todo, una profunda tristeza al ver cómo su amada era entregada a un hombre que no merecía ni siquiera rozar su piel. La ceremonia continuó, pero no todos escuchaban al sacerdote; los verdaderos votos se tejían en silencio, y aunque fue un espectáculo deslumbrante, detrás del brillo de las joyas y la grandiosidad de la ceremonia, el aire estaba cargado de tensión, dolor y resignación. El ambiente tenso se rompió por un momento inusual cuando los recién casados salían: el Duque, con paso firme y la altivez que lo caracterizaba, salió de la capilla tras la ceremonia, observando con altivez la decoración con los colores y símbolos de Valdronia que adornaban cada fachada, dejando claro a todos que aquella boda no era un simple arreglo político, sino una unión que marcaría la historia, pero justo cuando alzó la mirada para recibir las miradas de la nobleza, su pie se enganchó en un pliegue de la alfombra bordada con la letra de su Ducado, por poco y cae al suelo, salvándose sólo gracias a la rápida mano de Froilán, su leal soldado, que lo sostuvo antes de que la vergüenza lo aplastara. Los hermanos gemelos de la princesa no pudieron evitar un susurro divertido, que pronto se transformó en risitas contenidas entre los asistentes. nadie dijo nada abiertamente, pero en el aire flotaba la sospecha de que aquel tropiezo no había sido casualidad, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en algunos labios mientras las miradas furtivas se cruzaban entre los asistentes, era como si una fuerza invisible estuviera jugando en la sombra, haciendo que los orgullosos pasos del Duque tropezaran en el momento menos esperado. Horas más tarde, ya en la recepción del Castillo de Albagard, las copas tintineaban bajo la luz dorada de los candelabros, los músicos tocaban una melodía solemne y el perfume de flores blancas colmaba el aire como una promesa muerta, el salón estaba repleto de cortesanos, nobles y emisarios de distintos reinos, todos sonreían: algunos por cortesía, otros por conveniencia, solo unos pocos conocían la verdad oculta tras el velo nupcial. El Rey Theodric de Albagard alzó su copa e inició el brindis con voz grave: —Por la paz, por la unión entre dos casas, y por el futuro- El Duque de Valdronia, erguido junto a su flamante esposa, recibió los aplausos con una sonrisa que no era de alegría sino de victoria, su mirada recorría la sala como la de un general sobre territorio conquistado: la tenía a ella... a la princesa... y, de algún modo, al Reino entero. Ysme, aprovechando el letargo del insoportable Duque, le ofreció una copa con una pócima mágica destinada a engañarlo sobre la pureza de su esposa en la primera noche, Larkin bebió todo el contenido sin dudar, y mientras lo hacía, Ysme guiñó un ojo a la princesa, señal de que el plan había tenido éxito. Adelaide seguía con la vista baja, sin rastro de gozo, a su lado, su tía, la Reina Valkiria, observaba con el ceño fruncido, sin disimular su desagrado, sus labios no se alzaron en aplauso y su copa quedó intacta, su mirada era una promesa de guerra. En la mesa principal, durante la cena, los cuchillos cortaban la carne con un ritmo casi marcial, Larkin apenas probaba bocado; su atención estaba fija en su nuevo trofeo: Adelaide, cada segundo era una tortura, la deseaba, no por amor, sino por derecho, su impaciencia crecía como una sombra en sus pupilas. Ya, en la pista de baile, los cuatro hijos de la Reina Valkiria giraban al compás de la música, riendo con complicidad desafiante, y juntos, con elegancia disimulada, empujaban ligeramente al Duque cada vez que se cruzaban, lo hacían reír, sí... pero de nerviosismo, él fingía ignorarlo, aunque su ceño se tensaba con cada roce. Entonces, el Rey Barham, tío de la princesa, se acercó a Larkin con la copa en mano, sonrisa cortés y voz baja: —Espero que sepas tratarla como merece, tiene sangre de reyes y el alma de su madre. ¿Seguro que estás a la altura de algo tan grande? - Hizo una pausa. —Y si algo le llegara a ocurrir... se dice que en tus tierras hay ciertas... prácticas oscuras que podrían volverse más que rumores... —Tengo serias intenciones de hacer las cosas bien, señor —sonrió con aparente cortesía — Lo verá por usted mismo.- Poco después, el Duque decidió que era hora de partir, su paciencia había llegado al límite, alegó la distancia como pretexto para comenzar su viaje hacia el ducado cuanto antes, y dejó que las festividades continuaran sin ellos. La princesa asintió con un leve gesto, sumisa, aunque la incomodidad se notaba en la rigidez de sus hombros, caminó junto a él mientras las miradas de los suyos la seguían como si la arrancaran de un santuario. Sus primas la abrazaron entre lágrimas, sus tías le susurraron promesas de protección. —Resiste... —No estás sola... —Confía. Siempre te encontraremos... El Duque los observaba desde la carroza, los dedos tamborileando con impaciencia, aquella muestra de afecto lo perturbaba, ¿acaso no entendían que ella ya le pertenecía? Cuando Adelaide estuvo finalmente a su lado, la ayudó a subir sin ternura, al cerrar la puerta tras ellos, los caballos partieron desde la entrada del palacio. La Reina Adela cayó de rodillas, rompiendo en un llanto que partió el corazón de los presentes, el Rey, a su lado, no lloró, solo apretó los puños y la mandíbula, mientras el fuego del odio ardía en sus ojos. Entonces, como enviado por los dioses, un grito rasgó el cielo. Todos alzaron la vista, un hipogrifo de alas negras volaba en lo alto, girando sobre la cúpula del palacio como presagio, algunos creyeron ver en sus ojos una advertencia, otros, una promesa. El sonido de las ruedas del carruaje aún resonaba en el eco del atrio de piedra mientras cruzaba campos, bosques y riscos hasta llegar al oscuro ducado de Valdronia. Una oscuridad envolvía todo: altos muros de roca volcánica, cortinas pesadas, tapices que narraban historias de guerra y conquista, era su reino, su trono... y ahora, también, tenía su consorte. La había deseado desde que la vio en la corte, no por amor nunca entendió ese concepto inútil sino porque ella era símbolo de poder, belleza y desafío, tomarla por esposa era sellar su dominio, no solo sobre ella, sino sobre todos aquellos que creían que podían detenerlo. Al llegar al ducado, la recepción fue gélida: ninguna antorcha encendida, ningún criado dispuesto, ningún festejo. El Duque bajó sin decir palabra y aplaudió dos veces, con fuerza, del interior de la fortaleza surgieron dos mucamas, no saludaron, no preguntaron, se acercaron a la novia y, con una reverencia seca, la tomaron por los brazos. Larkin, sin mirarla, ordenó con voz seca: —Llévensela, ya saben lo que tienen que hacer- Adelaide no entendió, ¿Qué tenían que hacer? ¿Dónde estaba su habitación? ¿Por qué la trataban como una prisionera?
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